JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (Recuerdos íntimos)

 

Juan Evangelista Manrique 

 Cuando se tiene la convicción de que se está ya caminan-do en el vestíbulo de la tumba, el espíritu se inclina mucho más fácilmente a los deleites de la evocación del pasado que a la contemplación de un porvenir que, seguramente, nada tendrá qué hacer con nostros. Apenas si los prodigios del presente despertando nuestra admiración embotada, nos obligan a preguntarnos a dónde llegará la humanidad en su marcha continua hacia el progreso; pero nuestra imaginación se vuel-ve reacia a los entusiasmos sinceros y se resiste a vagar por los campos que cada nuevo descubrimiento abre a las especu-laciones del espíritu y a las realidades de la práctica. Sentimos que la vida ya se nos acaba e instintivamente anhelamos volverla a vivir con las mismas luchas, inflamadas por los mismos ideales, comulgando con las mismas almas y acari-ciando las mismas ilusiones que han constituido el fondo de nuestra existencia. Siempre se ha dicho y con razón, que se goza mucho más volviendo a leer un autor de los que contribu-yeron a formar nuestra mentalidad que leyendo un libro moderno, como es mucho más placentero departir con un amigo de la juventud que con un conocido de ayer.

 Ocasión muy placentera para evocar una página de mi pasado es la que me ofrece la Revista de América, invitándo-me a escribir unas cuartillas sobre mis recuerdos personales relativos a un amigo de mi infancia y de mi juventud, cuyo nombre figura por derecho propio, entre los poetas de genio autentico cuya fama está ya consagrada por la perduración de su nombre en los países de habla castellana, cuatro lustros después de su muerte trágica.

 Extraño a los secretos del arte de escribir, no aspiro sino a ser sincero, procurando con la sencillez del estilo, despojado de toda gala literaria, que los lectores de la Revista de América puedan apreciar mejor las dolorosas circunstancias en que le toco vivir al malogrado José Asunción Silva.

 Primogénito de una numerosa familia, bello como un Apolo, precozmente inteligente. Silva fue un niño consentido por todos los miembros de su familia. Su padre, D. Ricardo Silva, hombre muy ilustrado y que gustaba dedicar sus ocios al cultivo de las letras, se miraba en él, y lo trató desde niño como a su amigo más íntimo. Su casa era un centro refinado de la tradicional cultura bogotana, que frecuentaban todos los hombres de letras de la época, como los Pombos (Don Manuel y Don Rafael), Jorge Isaacs, Vergara y Vergara, Carrasquilla, Marroquín, Camacho Roldan y cien más. Y la exquisita cultu-ra y la imponente belleza tropical de su madre, Doña Vicenta Gómez de Silva, atraían a sus salones a lo más escogido de la sociedad bogotana. En ese medio de cultura refinada, acari-ciado, mimado y admirado por todos, pasó Silva los primeros años de su vida. En una escuelita mixta aprendió a leer en pocos meses y desde entonces adquirió la pasión de la lectura y se propuso dar cuenta y razón de cuantos libros oía hablar en su casa y hasta retener en su prodigiosa memoria capítulos enteros de muchos de ellos.

 Con el objeto de metodizar los estudios y de moderar esa fiebre de lectura que perjudicaba la salud del niño y le hacía dejar atrás los estudios de la enseñanza secundaria, tan nece-sarios en todos los casos, resolvió su padre matricularlo como alumno semiexterno en el acreditado colegio de Don Luis M. Cuervo, hermano mayor del ilustre Don Rufino. Allí lo veía-mos los alumnos a las horas de las clases y lo mirábamos con ese recelo particular que a los estudiantes inspira todo privile-gio: la corrección de su vestido, su belleza, su peinado, el aseo de sus libros y cuadernos y la pulcritud de su lenguaje, hacían un fuerte contraste con nuestra pobreza y nuestra indumenta-ria bohemianas, con nuestro lenguaje libre y nuestros precoces ademanes de hombres ya hechos a todos los secretos de la vida. Pasaba Silva entre nosotros por un orgulloso, pero un orgulloso superior, cuyo aprovechamiento y seriedad nos te-nían desesperados. Recuerdo, como si todavía lo estuviera sintiendo, el despecho que experimenté, cuando en una sabati-na del curso de inglés en que me creía el más fuerte, resulté vencido por el «niño bonito», como lo llamábamos los que nos sentíamos ser «estudiantes de veras».

 A pesar de haberse ganado la buena voluntad de todos sus maestros, no fue largo el tiempo que duró en aquel colegio el elegante niño. La mezcla completamente democrática de todas las clases sociales en las filas de los alumnos, tan útil para hacer del colegio el verdadero exponente de la patria en que se tiene que vivir y luchar, no cuadraban bien con las ideas aristocráticas que predominaban en su casa, ni con los senti-mientos estéticos del niño. De allí pasó a un colegio que recientemente se había fundado, con la mira de reunir en su claustro a la juventud privilegiada por su cuna o por su fortuna, el cual, naturalmente fracasó a los dos o tres años de existencia, haciendo naufragar las aptitudes de no pocos de los jóvenes, que cayeron en ese centro de frivolidad y de farsa, del cual se salvó Silva, gracias a su talento y a su sed insaciable por la buena lectura. 

Cerrado ese colegio, después de un ruidoso proceso, no entró a ninguno otro el joven Silva, quien quiso acompañar a su padre en sus trabajos de comercio, dedicando a la lectura los momentos que le dejaban libres sus nuevas ocupaciones. No formó, pues, Silva su mentalidad, ni orientó su sensibili-dad en el medio escolar, como lo hicimos todos sus contempo-ráneos, sino que se educó por su propio esfuerzo y asimiló solo, en sus largas lecturas nocturnas, ese tesoro de erudición literaria y filosófica que se alcanza a vislumbrar en muchas de sus composiciones.

 La circunstancia de haber muerto en la tierna edad tres de sus hermanos, redujo a dos los hermanos de José Asunción, con lo cual se aumentó el consentimiento de sus padres y la más dulce intimidad con la hermana que le seguía, la incompa-rablemente bella Elvira, cuya repentina muerte ejerció, como se verá luego, influencia decisiva en la suerte del poeta.

 Narro todos estos detalles, para que se vea que Silva pasó bruscamente de niño a hombre, que se formó departiendo, como de igual a igual, con su padre y con los amigos de su padre y que, en la edad en que las más ardientes preocupacio-nes para sus contemporáneos eran los juegos deportivos, un paseo al Tequendama o unos amores fáciles, para Silva era el curso de la Bolsa o el precio de los mercados de Manchester. 

Por poseer un juicio y un discernimiento superior a su edad, por la suficiencia y la seriedad con que trataba de las cuestiones más intrincadas y difíciles y quizá por el don natu-ral que tenía en grado sobresaliente de imitar física e intelec-tualmente a cualquier persona, con sólo haberla visto una vez, se granjeó entre nosotros la fama de pedante y pretencioso, calificativos casi siempre aplicados por la envidia o por la incomprensión de los hombres, a los seres privilegiados. Nada más sincero, ni que mejor describa las fases del desarrollo intelectual de Silva, que las palabras con que éste empieza el famoso fragmento «De Sobremesa», que se encontró en su escritorio después de su muerte: «Un cultivo intelectual em-prendido sin método y con locas pretensiones al universalismo, un cultivo intelectual que ha venido a parar en la falta de toda fe, en la burla de toda valla humana, en una ardiente curiosidad del mal. en el deseo de hacer todas las experiencias de la vida completó la obra de las otras influencias...»

 Después de varios años de incomunicación, me encontré con Silva en París, allá por los años de 1883 y 84. Había venido con su padre en viaje de negocios, pero para él, el más impor-tante vino a ser el esfuerzo permanente para asimilar todo lo que veía y oía a su alrededor. Silva, siempre ameno e intere-sante en su conversación, se tornó en fastidioso y monótono durante los primeros días de su residencia en la Ciudad Luz'. Cansaba a su interlocutor con preguntas, con apreciaciones intencionadas, con verdaderos sondeos espirituales que le permitieran averiguar la orientación mental de su interlocu-tor, lo que hacía que mis amigos esquivaran su compañía no asi yo, que siempre le tuve gran cariño y le profesé sincera admiración.

 Fue entonces cuando tuve ocasión de hacer más íntimas mis relaciones con José Asunción y comprender toda la inco-herente revolución que hervía en su portentoso cerebro Co-mo mis estudios no me permitían acompañarlo en sus paseos de turista, convinimos en comer juntos el viernes de cada semana. Nunca faltó a la cita; me esperaba siempre en mi cuarto, leyendo el libro que encontraba sobre mi mesa de trabajo, el que versaba sobre medicina por la cual mostraba siempre gran curiosidad. A pocas vueltas, después de poner-nos en marcha, procuraba hacer versar nuestra conversación sobre algún tema de fisiología o de neuropatología que yo procuraba rehuir para obligarlo a enseñarme lo que sólo con el podía aprender sobre el autor a la moda o la primera representación del Francés o de la Porte San Martín, sobre el ultimo cuento de Gil Blas, en donde entonces escribían Guy de Maupassant y Catulle Mendes, o sobre sus impresiones de los monumentos que hubiera visitado en la semana o del aconte-cimiento del día, pues siempre era original su concepto, pro-fundo su dictamen e inesperada su conclusión. Aquella comi-da era para nosotros el banquete hebdomadario en el cual con el apetito y buen humor de nuestros diez y nueve años, apelá-bamos a la experiencia del maitre-d'hotel para que nos dirigie-se al través de la interminable lista, en la elección de los platos mas refinados y suculentos. Movidos ambos por la curiosidad y por la glotonería, aprendimos en pocas sesiones los secretos gustativos del caviar y de las ranas, del pato a la ruanesa y de las truchas que exigíamos que nos las presentasen vivas para que luego las inmolasen en nuestro honor. Rociábamos nues-tros platos con añejos vinos de esos de botellas acostadas, cubiertas con incrustaciones de tierra y de telas de araña, que aun cuando hayan sido embotelladas la víspera, imponen con su indumentaria y sugestionan al consumidor. La conversa-ción de mi compañero era la música de nuestro casto festín, que se prolongaba hasta altas horas de la noche, sin haber sido seguido nunca del complemento obligado de esa clase de entretenimiento entre estudiantes de nuestra edad. 

Cansado una vez de oírlo hablar de sus poetas favoritos, resolví hacerle una superchería que en mi concepto ejerció alguna influencia en su mentalidad. Leía yo entonces, «Los Recuerdos de Juventud» de Renán y por añadidura era en aquella época uno de los contados del barrio que se atrevían a ponderar el genio de Alfredo de Musset, cuyas obras guardaba bajo llave, para evitarme la sonrisa compasiva de mis amigos. Una tarde, me pareció mi amigo dominado por no sé qué de intransigente o de dogmático, que hacía contraste con la habitual ductilidad de su carácter. Entusiasmado por los des-cubrimientos de Ramón y Cajal sobre la estructura del sistema nervioso, parecía como fascinado con un maremagnum de teorías materialistas tendientes a hacer del hombre un ente únicamente destinado a recibir impresiones que la neurona educada debía trasformar en actos o en sensaciones voluptuo-sas; la vida debía consistir en la esteriorización de las sensacio-nes que la neurona elabora bajo la influencia de las excitacio-nes que le comunican sus fibras largas encargadas de recoger en el medio ambiente toda impresión capaz de despertar una sensación o de trasformarse en un acto, y el hombre, según la teoría que se forzaba Silva en esbozar, quedaba reducido a la categoría de un piano que no puede dar más notas que las que le hizo el fabricante y que cuando más, alcanzaría darles mas o menos fuerza, según el arte de que dispusiera el ejecutante.Sarah Bernhardt, me decía, no dejará jamás de ser MargaritaGauthier, cualquiera que sea el papel que le destine el drama-turgo. No me sentía capaz de seguir a mi amigo en estas elucubraciones que, aun cuando se rozaban mucho con la especialidad de mis estudios, me inspiraban cierta instintiva repugnancia que siempre he sentido de conversar con los profanos sobre asuntos de medicina y biología, y para desviar a mi interlocutor de su apasionante tema resolví espetarle todo lo que había podido asimilar y hacer casi mío, en «Las Confesiones de un Hijo del Siglo» y en la obra de Renán.

—Pena me causa, le dije, el verte devanar los sesos por acomodar a una teoría exclusiva todos los fenómenos de la naturaleza y me contraría más ver que cada ocho días es distinta la concepción del ser y del no ser, la que te preocupa. Si vivieras en esta colmena del Barrio Latino llegarías a con-vencerte fácilmente de que la juventud actual evoluciona hacia el más plácido eclecticismo. Con Janet, el profesor del Colegio de Francia, creemos que en el fondo de toda teoría puede haber una fracción de verdad. Aquí no tienen ya curso las afirmaciones absolutas y mucho menos las inapelables nega-ciones. En las ciencias, en las artes, en política como en filosofía, aceptamos la relatividad de las verdades y creemos que el secreto del progreso futuro estriba todo en ese estado psicológico de la generación actual. Me le manifesté irónico y escéptico al apreciar las paradojas de Schopenhauer, a quien Silva llamaba «el Maestro», piadoso, compasivo y romántico en todas las cuestiones relacionadas con el amor, y como corolario obligado de mi idealismo, me le descubrí con una alma completamente mística, haciéndole ver que, verdaderos o falsos los ideales religiosos habían orientado siempre la marcha de la humanidad, consolándola en sus desgracias y engrandeciéndola en sus triunfos. Caridad, sensualismo, epi-curianismo, realismo, de todo tenemos un poco, y hasta de los números de Pitágoras retenemos lo suficiente para saber cuán-do nos sobra un franco para pagar la entrada en Bullier.

 Silva me escuchaba atento, clavando sus ojos en los míos, con un gesto admirativo que le era característico. —¿De dón-de habéis sacado, me dijo al fin, todas esas cosas? ¿Cuándo Beclard, Sappey, Magendie, o Claudio Bernard, que son los autores que veo sobre tu mesa, han dicho nada que se parezca a ese revoltillo que tienes en la cabeza?

 —No, mi amigo, le repliqué, nada de eso puede estar en mis libros porque los autores, especialmente los didácticos, casi siempre redactan sus libros con la preocupación de servir determinado sistema o de imponer determinada teoría, y noso-tros, a quienes nos ha tocado en suerte estudiar en este período de transición, los que principiamos nuestra carrera aceptando la infalibilidad de Lamarck sobre la generación espontánea con todas sus consecuencias materialistas y la vemos hoy arruinada por los descubrimientos de Pasteur, los que después de leer el libro tratamos de cerca al autor, llega-mos pronto a convencernos de que una cosa es lo que aprende-mos en los libros y otras las rectificaciones que a diario hacemos con nuestro constante comercio con profesores y estudiantes consagrados juntos a pensar en los mismos pro-blemas y a repetir las mismas experiencias. Eso es lo que yo llamo el ambiente escolar y lo que considero indispensable para lograr una educación verdaderamente universitaria y refractaria a todos los absolutismos.

 Desde aquella noche. Silva me prometió luchar por ate-nuar todas sus intransigencias que él consideraba atávicas, y así debió de ser, porque poco tiempo después, ya no me hablaba sino de los clásicos antiguos y modernos y pronto tropezó con Renán, el maestro del estilo y de la irónica misan-tropía, en donde pudo descubrir la farsa «del médico», como me llamaba habitualmente.

Mucho aprovechó Silva durante su corto paseo por Euro-pa. Surtió su librería, se dio cuenta objetiva del movimiento moderno, exaltó su gusto artístico y regresó a su país lleno de ilusiones y de buenos propósitos que el andar del tiempo y la incomprensión del público y los desgraciados acontecimien-tos políticos ocurridos en Colombia en aquella época, se encar-garon de desbaratar uno a uno.

 La guerra civil de 1885, que mantuvo incomunicada du-rante quince meses la capital de Colombia con el exterior y la imposición del papel moneda de curso forzoso, como único signo de cambio, produjeron en el comercio colombiano una tremenda crisis de la cual muy pocos escaparon. Los intereses de la familia Silva, que estaban íntimamente vinculados al buen crédito de su jefe Don Ricardo, fueron de los más comprometidos, de tal suerte que al morir éste en 1888, Silva lo que heredó fue una verdadera quiebra y el deber de sostener su familia en el mismo pie en que la había tenido su padre.

 Con valor y tenacidad incomparables. Silva afrontó la lucha, reanimó los negocios de su padre, obtuvo plazos, aumentó las ventas en su almacén, en fin, se movió por todos los caminos que su talento le mostraba como vías de salva-ción, pero todo fue en vano: el papel moneda depreciado y juguete del agio, burlaba todas sus previsiones y hacia nulos todos sus esfuerzos. Poco a poco la situación se hizo insosteni-ble, iniciándose para el aristocrático poeta una era de empre-sas descabelladas, de ensayos, de tanteos que no terminaron sino con su muerte.

 Esta monótona relación mostrará a mis lectores las con-diciones en que vivió el autor del Nocturno y del Día de Difuntos, pero no podrá decirles cuándo ni cómo encontró el poeta tiempo, en medio de su corta y atormentada existencia, para componer sus poesías.

 Cuando más complicada estaba la situación de los nego-cios de Silva, le asestó la fortuna el golpe más cruel de todos los que tenía recibidos. Su hermana, que era al mismo tiempo su amiga y confidente, a cuya belleza sólo sus virtudes le eran comparables, muere casi repentinamente, en una mañana de enero, en que se había levantado al despuntar del alba, para ver el planeta Venus que, en esa época del año, es muy visible en Bogotá y emite una deslumbrante luz diamantina. Extática en la contemplación del lucero, cayó la gentil doncella con la marmórea palidez de la angina de pecho que había de matarla dos días después. De tan rudo golpe no pudo reponerse el poeta, quien amaba a su hermana con ternura infinita y admiraba su portentosa belleza con sentimiento de artista.

 Apenas expiró la encantadora Elvira, su hermano llamó a uno de sus amigos, mi hermano mayor, hizo salir de la cámara mortuoria a toda la familia y se encerró con él, a contemplar a su Venus dormida, haciéndole homenajes, como cubrirla de lirios y de rosas y saturarla de riquísimos perfumes, lo que atribuyeron a paganismo los que jamás pudieron conocer las exquisiteces del corazón de Silva.

Desde entonces, la vida principió a hacerse pesada para el poeta, quien no volvió a tener otro paseo favorito que el del cementerio, a altas horas de la noche, a visitar la tumba de su muerta. Fue en esas excursiones melancólicas cuando compu-so El Nocturno III:

¡Oh, las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas! ¡Oh, las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas!... 

Agobiado por la sincera tristeza y cansado de luchar en faenas comerciales cada día más desgraciadas, obtuvo el nom-bramiento de Secretario de la Legación de Colombia en Cara-cas a donde llevaba la ilusión de poder editar una colección de sus poesías, la mayor parte inéditas, en las prensas de «El Cojo» de aquella capital; pero la fatalidad que por todas partes lo perseguía, le obligó a regresar prontamente a su patria, con tan mala fortuna que el buque en que venía naufra-gó en las costas colombianas, perdiendo Silva en el siniestro su equipaje, con todos los manuscritos que tenía reunidos para su libro, entre ellos una colección de sonetos que él llamaba «sus joyas», y de los cuales no había dejado copia ni en Bogotá ni en Caracas.

 Tal cúmulo de desgracias no dejó de aumentar la emotivi-dad de Silva quien, como todos los neurasténicos, principió a abrigar temores sobre su salud, a perder el sueño y a consultar médicos en busca de medicamentos hipnóticos y antiespasmó-dicos que le procurasen un sueño y una calma que seguramen-te no podría obtener sino con la realización de los ideales que en vano había buscado en su constante y precoz lucha contra la adversidad. Amaba departir con el Doctor Vargas Vega, insigne pensador, fisiólogo y psicólogo profundo, quien le quería entrañablemente y procuraba en sus conversaciones sugestionar a su joven amigo y distraerle de sus preocupacio-nes morbosas, suscitándole problemas filosóficos o refirién-dole anécdotas llenas de aticismo, de esas que hacen pensar y reír a un mismo tiempo. A este grande hombre, educador de las más brillantes generaciones de colombianos, fue a quien Silva llamó, con gran propiedad, su «confesor laico».

 Con frecuencia me buscaba en mi oficina y su consulta terminaba siempre con una amena conversación que mis que-haceres me obligaban a interrumpir a mi pesar. Un día, el 23 de mayo de 1896, vino como de costumbre a consultarme. Al entrar a mi despacho se inclinó, sacudiendo con la mano su bella cabellera. «Mira esto, me dijo, yo no puedo seguir vivien-do con esta caspa. Esto es repugnante, es horrible; ¿no saben ustedes todavía con qué se cura esta inmundicia? O ¿están esperando a que el químico Pasteur se ocupe de nosotros, y los enseñe a curarnos?» No te preocupes, hombre; eso no es nada, le dije; te voy a prescribir una loción que te ha de salvar de la calvicie prematura, y procedí a escribirle una receta con la esperanza de acortar la consulta. «Ya la práctica te está vol-viendo empírico, querido médico, me replicó, pues veo con pesar que quieres despacharme con unto que pudo servirle a Doña Fulana, que es una obesa anquilosada por vegetar sin vivir, y que para mí puede ser un depilatorio.» Ante tan justa reconvención, volví en mí, y me propuse examinar a mi amigo, como si fuera la primera vez que nos veíamos. Fue entonces cuando me preguntó si era cierto que la percusión permitía establecer, con cierta precisión, la forma y las dimensiones del corazón, y me suplicó que hiciera sobre él la demostración. Me presté gustoso a satisfacerlo y con un lápiz dermográfico tracé sobre el pecho del poeta toda la zona mate de la región precordial. Le aseguré que estaba normal ese órgano, y para dar más seguridad a mi afirmación, le dije que la punta del corazón no estaba desviada. Abrió entonces fuertemente los ojos y me preguntó en dónde quedaba la punta del corazón. Aquí, le dije, trazándole en el sitio una cruz con el lápiz que tenía en la mano.

 Complacido se despidió de mí ese día, después de haberse hecho examinar como si se tratara de una póliza de seguro de la vida ¡Era nuestra última entrevista!... Por la mañana del domingo 24 de mayo, se encontró a Silva, muerto entre su cama, abrazado de un revólver de grueso calibre, con la cara sonriente y pálida y una herida en la punta del corazón y junto a la cabecera un libro de D'Annunzio: «El Triunfo de la Muerte».

 Bastó que el incomprendido en vida muriera, para que sus compatriotas le comprendieran. Hasta la víspera de su muerte alcanzaban a contarse con los dedos de la mano las personas que reconocieran su genio y su talento. Su muerte reveló a sus contemporáneos que Silva era un genio superior a su medio y a su tiempo, una frondosa planta tropical trasplan-tada en la congelada estepa, que se marchita y se muere por falta de medio adecuado a su desarrollo.

 Dr. J. E. MANRIQUE.

De la Revista de América, París, año III, Vol. I, No. XX,enerode 1914, p. 28-41.