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 Alma en Pena , Chapolas Negras de Fernando Vallejo

 

JOSE ASUNCION SILVA

 

Apartes: 

¿De dónde nació la impostura de que Silva estaba enamorado de su hermana Elvira? – le pregunta Arturo Abella a Domingo Esguerra en la entrevista que le hizo en 1968 para El Tiempo. Y Domingo Esguerra le contesta:

 

-Debió de salir de aquí. Chismes y consejas del pueblo. Elvira murió siete años antes de José Asunción. Murió víctima de una oclusión intestinal. Al respecto hay un estudio de un médico Juan Evangelista Manrique, de quien hemos hablado. En la parte baja de la cada de los Silva estaba La Pequeña Cirugía, uno de los primeros centros de practicantes, donde comenzaron sus brillantes carreras Rafael Ucrós, Zoilo Cuellar, Samuel y Eliseo Montaña, uno de los Cuervos Márquez..Tuve ocasión de hablar con ellos muchas veces y jamás se refirieron a ese aspecto de la vida del poeta. Es una conseja que no tiene ningún fundamento…

           

No murió de ninguna oclusión intestinal. Murió por un error de los médicos. ¿Cuál de esos de La Pequeña Cirugía, sus vecinos de abajo, sería el que la mató? ¿O fue Manrique, compañero de colegio de José Asunción, y años después su amigo en París? Ya había hablado Domingo Esguerra en la entrevista del doctor Manrique: de sus visitas profesionales recorriendo a Bogotá a caballo pues en la ciudad de entonces no había vehículos. Elvira no murió tampoco siete años antes de José Asunción sino cinco; en enero de 1891. Pero sean cinco o siete, por cuanto a Domingo Esguerra se refiere da lo mismo pues por esas fechas era un muchachito que andaba en Nueva York con su tío Nicolás Esguerra, destacado político liberal desterrado entonces de Colombia por el gobierno de Núñez. Es él mismo quien lo dice en su entrevista, aunque hablando de otras cosas. Y que regresaron a Colombia en 1893. O sea, no estaba en Bogotá cuando la muerte de Elvira. ¿E hablaría de esa muerte Juan Evangelista Manrique en 1908, cuando andaban ambos de diplomáticos en Europa? En ese año el doctor Manrique era Ministro de Colombia en Francia y España; y Domingo Esguerra Encargado de Negocios en la Legación colombiana en Londres. Pero si algo le pudo haber dicho Manrique de Elvira a Domingo Esguerra no fue sin duda que él la mató. ¡Qué médico lo dice! Si el paciente se cura, lo curaron ellos, si se muere, se murió solo. Nunca dicen tampoco que la mayoría de las enfermedades se curan solas. En cuanto al estudio médico de Juan Evangelista Manrique de que habla Domingo Esguerra, no lo conozco. Debe de andar traspapelado entre libros y periódicos y empleados viejos en la Biblioteca Nacional. ¡A ver si me lo busca uno de estos haraganes!

 

El estudio que sí conocemos es el del doctor Jaime Mejía, quien en sus “Historias Médicas de una Vida y de una región” le dedica unas páginas al caso de Elvira Silva. Dice que siendo él practicante en la Pequeña Cirugía (justamente en La Pequeña Cirugía) su profesor el doctor Josué Gómez le puso a su cuidado a Elvira Silva, la bella hermana del poeta, quien había caído en cama por un enfriamiento, y a quien un médico anterior le había diagnosticado tifoidea y la había tratado en consecuencia, con una dieta de hambre. “Pero en vista también de que al pasar los días no aparecían los otros síntomas propios de una afección intestinal, el mismo médico había sugerido que se llamara al Profesor para aclarar su diagnóstico”. El Profesor es el doctor Josué Gómez, quien diagnostica una neumonía del vértice del pulmón derecho y le confía a su alumno la muchacha:

 

- El colega anterior – le explica – no encontró síntomas respiratorios porque no auscultó la cima de la axila y se inclinó al diagnóstico de tifoidea, con tan mala fortuna que sometió a la paciente al régimen de hambre que se acostumbraba en esta enfermedad, y por falta de alimento ha caído en el estado de adinamia que usted puede ver.

- Le inyectaron estricnina, le dieron suero y tónico cardíacos y comida, pero del estado de adinamia no la pudieron sacar. De él salió para la tumba. ¿Cuál fue el “colega anterior”? Es lo que el doctor Mejía, muy discreto no dice. ¡Que lo iba a decir! La mafia blanca se protege a sí misma con solidaridad de criminales. Los discípulos de Hipócrates hoy son una asociación delictiva como la Compañía de Jesús y las pandillas de chinos en Nueva York. No se delatan. Todo se lo alcahuetean con un silencio tumbal de confesión.

 

Una cosa me hace pensar que el “colega anterior” no fuera Juan Evangelista Manrique: su orgullo. ¡Que le iba a entregar a otro médico su paciente reconociendo que se había equivocado Juan Evangelista Manrique cuya tesis de doctorado sobre la operación de Alexander le valió en la Facultad de París el singular honor de ser laureada! “Honor insigne que no se concede sino a los trabajos verdaderamente sobresalientes y que difícilmente es alcanzado por un extranjero”, según dicen en la nota correspondiente para el “Diccionario Biográfico” de Joaquín Ospina su panegirista E.M. ¿Eduardo Manrique, su pariente? Francisco de Paula Carrasquilla lo retrata así:

 

            De médicos es modelo,

            Hábil en el bisturí,

            Y todos dicen aquí

            Que es un médico de pelo.

 

No sé qué es un médico de pelo, si eso es bueno o si eso es malo. Pero de pelo o no de pelo para mí Manrique es un necio. En sus “Recuerdos Intimos” sobre Silva, refiriéndose al interés y a la curiosidad del poeta por los temas de medicina, cuenta que en una ocasión Silva le habló en París con entusiasmo de los descubrimientos de Ramón y Cajal sobre la estructura del sistema nervioso “Parecía como fascinado con un maremágnum de teorías materialistas tendientes a hacer del hombrea un ente únicamente destinado a recibir impresiones que la neurona educada debía transformar en actos o en sensaciones voluptuosas”, dice Manrique, para agregar más adelante: “No me sentía capaz de seguir a mi amigo en estas elucubraciones que, aun cuando se rozaban mucho con la especialidad de mis estudios, me inspiraban cierta instintiva repugnancia que siempre he sentido de conversar con los profanos sobre asuntos de medicina y biología”. Esta es la soberbia de la ignorancia. La actitud de superioridad que asume instintivamente todo médico cuando alguien puede descubrir lo poco que sabe. ¡No sirven hoy para gran cosa iban a servir hace ciento diez años estos asquerosos! Cierta instintiva repugnancia. ..!Pero si cuando ellos andaban en París Ramón y Cajal aún no publicaba sus descubrimientos sobre el sistema nervioso! Los publicó diez años después, o casi. Sabrá Dios qué confusión tendría en la cabeza el desmemoriado Manrique. ¿No habla pues también en esos mismos recuerdos del “buen humor de nuestros diecinueve años? El que tenía 19 era Silva; en 1885 Manrique tenía 24, y “nuestros” pretende de abarcar aquí a los dos. En los centros de la memoria a  los 53 años Manrique tenía ya trabadas las conexiones de las neuronas.

 

Cuanta también en esos “Recuerdos Intimos” el remilgado sabio que Elvira murió casi repentinamente de angina de pecho, dos días después de haber salido al despuntar el alba a ver a Venus. ¡Claro, de angina de pecho! Hoy todo el mundo muere de paro cardiorrespiratorio o de un virus. Si el médico en la partida de defunción más precisiones, la autopsia puede revelar su error. Ni para dar una partida de defunción correcta sirven estos payasos. En fin: Apenas expiró la encantadora Elvira su hermano llamó a uno de sus amigos, mi hermano mayor, hizo salir de la cámara mortuoria a toda la familia y se encerró con él a contemplar su Venus dormida, haciéndole homenajes, como cubrirla de lirios y de rosas y saturarla de riquísimos perfumes, lo que atribuyeron a paganismo los que jamás pudieron conocer las exquisiteces del corazón de Silva”. Esto es, Juan Evangelista Manrique si estaba, y con su hermano, cerca de los Silva cuando la muerte de Elvira. El hermano en cuestión es Pedro Carlos, director entonces de la Escuela de Bellas Arte de Bogotá, y quien junto con Juan Evangelista también había coincidido con Silva en París. María hermana de los Manrique, habría de salvar después, copiándolo en asocio de Paquita Martín el cuadernito de los versos juveniles de Silva digamos que si Juan Evangelista Manrique, junto con Venus, fue el causante de la muerte de Elvira no fue el culpable. Se le murió a su pesar.

 

Aparte del doctor Manrique y los de la Pequeña Cirugía, tengo varios otros candidatos a culpables de la muerte de Elvira Silva: los doctores Flores Artega, Vera, Ujueta, Osorio y Plata Azuero, que se mencionan en las cartas de don Ricardo y José Asunción, y que atendieron a Elvira de una irritación en los labios  y a Julita de unos “dolores nerviosos”, que finalmente le curaron con  “cuidados incesantes” y “un abrigo”.  Pero la verdad la verdad, no tengo forma de incriminarlos. Uno de ésos era homeópata. Los otros eran alópatas.

 

A los Silva por lo visto les iba mal en domingo. En domingo se mató José Asunción y en domingo murió  Elvira el domingo 11 de enero de 1891 a las doce y media de la mañana de ese día santo, cuando los curas de las treinta iglesias de Bogotá estaban cantando la última misa. Andarían por la elevación …Que un protestante se muera en domingo lo entiendo, siendo Lucero el Diablo. ¿Pero un católico? Tampoco entiendo que los terremotos tumben las iglesias, y con gentecita devota adentro. ¡Que! ¿No estamos los católicos seguros ni en las iglesias, a salvo de la ira de Dios? Está uno tranquilo en una iglesia escampándose del aguacero o de la música disco cuando ¡pum! Le da al Otro por temblar, por tirarle a uno el techo encima, las torres y los candiles, el pararrayos y el reloj. Vivir en sí es peligroso y en las iglesias ni se diga con la protección de arriba.

 

Al día siguiente de la muerte de Elvira, lunes 12, cuando ni la enterraban aún, salió en El Telegrama un artículo muy hermoso y misterioso evocándola. Se titula, “Elvira Silva G.”, está fechado el día 11 y no tiene firma. Enrique Santos Molano, que fue el que lo descubrió en el maremágnum de la Biblioteca Nacional o de los zánganos, dice que es Silva, sin dar razones. Yo digo lo mismo, pero sí las doy: tiene la firma de su estilo y sus palabras: persianas entreabiertas, rayos de luz, ruidos de alas, sueños que flotan como jirones de niebla sobre la superficie de un lago.. Se divide el artículo en tres partes. Bajo ordinal primero hay una cuna blanca; bajo el segundo fulge Elvira en la plenitud de su dulzura y su belleza; bajo el tercero lloran los cirios, destacando con el chisporroteo de su luz contra el fondo sombrío del aposento, los contornos de un féretro. Son sus temas, sus procedimientos, sus palabras, las palabras con que antes y después de ese día aciago tramó sus versos. Se diría, en prosa, alguno de sus poemas, valiendo simplemente por una estrofa cada parte del artículo. Siendo suyo ese artículo, como lo es, yo me pregunto una cosa: ¿Cómo pudo escribirlo Silva en los momentos en que su vida se derrumba, con el cuerpo de su hermana aún en la casa, en la planta alta de esa casa de la Calle 12 arriba de La Pequeña Cirugía donde unos muchachos ilusos, necios, estudiaban para luchar contra la segura bendición de la muerte? Tal vez para Silva la literatura era el último refugio en el desastre.

 

Infinidad de artículos y poemas compungidos van apareciendo entonces en los números sucesivos de El Telegrama y en El Correo Nacional, consagrados a la memoria de Elvira y a reseñar su sepelio: de Carlos Martínez Silva, de José María Quijano Wallis, José Lizardo Porras, José María Vergara, Agripina Montes del Valle, Carlos Argáez, Federico Rivas Frade, Adolfo Sáens, Enrique Alvarez, con firma o sin firma o firmados con iniciales hay dos sonetos, de “R.P.”, que El Telegrama han pasado a las antologías de la poesía colombiana: son de Rafael Pombo. Dice uno de ellos que cuando Elvira sale en la madrugada a ver a Venus, Venus envidiosa de su belleza la mata. Elvira Silva era la mujer más bella y la más dulce de Colombia. Y no sólo lo decían los hombres, que se entiende: las mujeres, que entre sí se detestan y se comportan como perras, confesaban su bondad y su belleza.

 

En su necrología de Elvira Silva en El Correo Nacional, el periódico que él dirige, escribe el doctor (o sea abogado) Carlos Martínez Silva: “Se explica el general duelo, la viva simpatía que semejante desgracia ha despertado. La muerte siempre sorprende; pero cuando ella hace presa alevosa en una criatura como Elvira Silva, que parecía la personificación de la vida, imposible es ahogar en el pecho un grito de amarga desolación. Y con todo, preciso es reconocer que la mano de la muerte es la misma mano de Dios”. ¿Oí bien ? ¿Leí bien? ¿No está como muy atrevido eso? A mí me suena como a blasfemia. Hay que pisar con prudencia, “doctor” Martínez Silva,  en tratándose de teologías no vaya a meter la mula la pata al pantano y sean arenas movedizas que se le traguen. Este doctor Martínez Silva, sin embargo, era de sólida mente teológica. Eduardo con jesuitas fue el abogado que saco absuelto al padre Escobar de los cargos vargasvilianos de paidofilia, o tierno amor por los niños. Absuelto lo sacó, reivindicado, libre, haciéndole de paso un señalado servicio al clero. El ilustrísimo jesuita y arzobispo de Bogotá José Telésforo Paul le mandó una cartica muy afectuosa dándole  las gracias a nombre de su grey “por las razonada, luminosa y elocuente defensa que hizo usted antes de ayer ante el jurado cuyo fallo, merced al estudio que usted hizo y presentó del proceso seguido al señor presbítero don Tomás Escobar, declaró a éste inocente, rechazando así la calumnia infame con que se intentó manchar su nombre para siempre”. No me gusta esta relación tortuosa, este discurrir farragoso de jesuita: en tan poco espacio hay dos “hizo”, dos “antes” y dos “usted; no es “del proceso” sino “en el proceso”; y “siempre” rima asonantemente con “inocente”, lo cual en prosa es detestable. Tan detestable casi como chantajear a un jurado haciéndole creer que si condenaban a un cure por pederasta, el orbe entero iba a penar que la sociedad colombiana era como él, por aquello de que nada sirve una aguja sin el hilo ni llave sin cerradura. ¿Cómo puede escribir todo un arzobispo de Bogotá tan fea prosa? ¡Qué van a pensar los protestantes!

 

Quijano Wallis, por su parte, dice de la muerte de Elvira con qué galicado: “Era por eso que hasta las personas que no estaban ligadas a ella por los vínculos de la sangre, o por los lazos de la amistad, del cariño y la ternura, confundían su dolor con los deudos, y experimentaban un sentimiento de luto nacional y de condolencia artística al ver apagarse el astro más radioso de nuestro patrio cielo. El sentimiento de nuestra sociedad en ese día, puede compararse al de una reina que viera despren…….

gratos como uno de sus amores, como si esta tragedia fuera una novelita rosa. El señor Kopp, ya lo dije, es el alemán millonario de la fiesta que relaté. O mejor dicho “baile”, pues a juzgar por la crónica de Lesamón había entonces una diferencia imposible de soslayar entre un baile y una fiesta. De los restantes de la crónica no sé nada ni me importa. Por mí pueden dormir su sueño eterno en paz.

 

            Más fantasmal, si cabe, que la crónica de Lesamón, es una fotografía que publicaron las Lecturas Dominicales de El Tiempo el 28 de noviembre de 1965 con el siguiente pie de foto: “Fotografía tomada por don Francisco Moya, el 1 de enero de 1894, en la casa La Rosita en Fusagasuga. Aparecen en ella – de derecha a izquierda, de pie y sentados -, doña Mercedes Largacha de Montoya, niño Bervelio Becerra, doña Carolina Ortiz de Largacha, el poeta José Asunción Silva, doña Elena Largacha, doña Vicenta Gómez de Silva, madre del poeta, doña Inés Largacha, don Pedro Trujillo, doña Dolores Carvajal de Trujillo, doña Conchita Trujillo, doña Elvira Largacha, doña Rebeca Araújo, doña Julia Silva, hermana del poeta (Elvira, la otra hermana de José Asunción Silva ya había muerto en aquella fecha). De pie, a la izquierda, aparecen don Rafael Largacha, don Ricardo Montoya y don Guillermo Márquez Largacha”. Es la foto de un día de campo, de uno de los “paseos” justamente de que habla Lesamón en su crónica. La crónica y la foto han quedado para iluminarse hoy mutuamente, como si hubieran aparecido juntas en su momento en El Telegrama. Sólo que el fotograbado, la reproducción de las fotografías en los periódicos, aún no existía en Colombia. El primer fotograbado de Colombia apareció en el número 1 de la Revista Ilustrada de Pedro Carlos Manrique el 18 de junio de 1898, o sea dos años después de la muerte de Silva, y es justamente una fotografía del poeta, la más conocida, en que está de negro con su negra barba. En la foto tomada en Fusagasuga Silva está de traje y chalecos blancos, de un blanco que contrasta con su barba negra y con la ropa oscura de la mayoría de las damas, incluyendo a su madre y a su hermana, y de los restantes caballeros, como si el grupo hubiera salido para un Te Deum y no para un día de campo. Silva y los caballeros están de pie con un árbol y vegetación al fondo, y las damas están sentadas en la grama en torno a un mantel. Parece una escena idílica de la película “Un Partie de Campagne” de Rendir. Julia, de 16 años, se ve muy bonita. El único de los ………..

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