Pronunciado el 8 de Febrero de 1925 en el Hospital de San Jose de Bogota por

GUILLERMO VALENCIA

 

 

Señoras, señores:

 

            Un grupo de clarísimas damas y memoriosos caballeros nos han congregado hoy aquí para celebrar estos ritos de justicia y amor y vincular el nombre de quien fue todo corazón y ciencia a este magnífico templo de la piedad y la sabiduría.

 

            Asociado galantemente por ellos al homenaje, vengo a evocar entre vosotros el recuerdo de un gran hombre que ya no es: del sabio, del bueno, del insuperable Doctor Juan E. Manrique.

 

            Inclinado a las ciencias medicas por temperamento y por herencia, inicióse en ellas – Ganado ya victoriosamente el arduo campo de las humanidades – con decoro y brillo no superados antes en el aula universitaria.  Doctorase en el Instituto Nacional; cruza como un meteoro los brumosos horizontes escolares; ostenta en botón su genio naciente cargado de promesas y, urgido de su sed de ciencia, acorre presuroso a ungirse con el oleo de París, en donde, días mas tarde, discurre entre ilustres doctores y recoge, con una celebre tesis, un gajo de laurel academico discernido en plebiscito de selección no menos equivoco que severo.

 

            Reintegrado a sus lares hacia 1886, inicia aquella serie no interrumpida un solo día durante cuatro lustros, de trabajos admirables y fecundos que elevaron a su autor al mas envidiable grado de reputación y de aprecio.  Persuadido por Claudio Bernard a que la medicina es una ciencia inmensa, consagrósele con tesón y con metodo.  Hijo mental de las escuelas científicas modernas que arrancan de Bichat y del autor de la Introducción de la Medicina Experimental, de aquel hombre extraordinario de quien se dijo que no era un fisiólogo sino la misma fisiología, el doctor Juan E. Manrique fue un gran medico por haber sido un gran crítico.  Su inteligencia acogía provisionalmente una doctrina que, por extensa y original que fuese, no era al fin y al cabo para aquel cerebro poderoso sino grano sintetico que el egregio doctor sembraba en el fertile campo de su espíritu.  Meses despues , aquella diminuta semilla era árbol gigantesco lleno de todas las sorpresas de la gracia y de la fuerza.

 

            Desprendíanse del eje de diversos corolarios que, traídos al terreno experimental y sobre un caso dado, esclarecían el sintoma oscuro y precisaban por analogía o exclusión un difícil diagnóstico.  Conocer el organismo en su esencia íntima; penetrar en las reconditeces de aquel reino interior, discernir entre lo de permanentemente de la vida y la ondulante movilidad de los fenómenos; poder armar y desarmar idealmente –como si se tratase de un aparato de la propia invención – el complicado mecanismo de la existencia animal; llevar permanentemente trazada con línea de luz en el cerebro la carta fisiológica del hombre y poder confrontarla con un corazón que se fatiga, en el brevísimo instante que transcurre entre una palpitación, a traves del tubo del estetoscopio, y el vigilante oido que la recibe; ante el debil detalle de una pupila que no se contrae, predecir el ocaso de una existencia en flor; posar la blanda yema de un dedo gentil en busca de la cifra enigmática que illumine un misterio patológico y levantar la mano que señala el camino, porque la voz desconocida gritó en el fondo de una conciencia docta la divisa del Emperador Romano: “con este signo vencerás”, y ya hallaba la vía, decir la redentora formula que restablece el equilibrio, que restaura el quebranto dañino que ase por los cabellos a la caducidad desbocada hacia los abismos de la muerte, y por final compendio robustecer con el esfuerzo propio y en una serie de victories, este moderno axioma: “la medicina científica es la resultante de la union íntima entre la Filosofía y la Clínica; el criterio por excelencia de un sistema medico es la Terapeutica”, tal la misión científica del clínico moderno; esa labor de Manrique.

 

            La excelencia del medico respaldaba tambien la calidad del cirujano.  La intervención  a que el concurriera fue siempre solidamente motivada, y en ese de combate en que, como en los belicos , la ciencia ordena y el hierro decide Manrique fue el experto que conjuró peligros, sorteó dificultades y transformó en provecho ingente lo imprevisto.  Sabios colegas tuvo, y aquí me estan oyendo,  próceres del cuchillo fecundo, que brillan con luz propia.  Ellos han dicho ya del aquel extinto compañero lo que yo debo callar en elogio del cirujano a quien, si eso es posible, superó casi al professor.

 

            Aquel cerebro, avaro de sabiduría, cuyo lecho oceánico recibió el tributo de innumerables ríos; que levantó de su fondo aluviones fecundos de vitalidad pasmosa, y para quien cada instante, cada hora y cada día trajeron el tributo de una verdad o de una idea, se dejó ver en su majestad atormentada, desde las blancas escolleras en que se sentaban sus discipulos.  Esa mentalidad grandiose, que era como el vapor en su tension máxima, presto a hacer saltar en pedazos la urna marmoreal de su enorme cabeza de león, dejaba derivar en vena incontenible los caudales de una elocuencia subyugadora.  !Cómo amaba la ciencia y cómo creía en ella!

 

            La historia de las enfermedades hace parte de la humanidad y el conocía ambas y le gustaba dilatar su mirada aquiline por el inmenso campo de las ciencias que hicieron su deleite y su Gloria.  Desde la medicina sacerdotal,  pasando por Egipto y Caldea, hasta la doctrina hipocrática; del griego hasta Alejandrino y desde Aristoteles a Galeno.  Ya en la noche medioeval, la escuela de Salerno y los autores árabes, las universidades de Montpellier y París, hasta los albores del renacimiento de la medicina  con los pristinos descubrimientos en anatomía patológica, con la invención del microscopio, con la invención de la química y los destellos vivos e intermitentes de la clínica; Bacon y Descartes; animismo y vitalismo; para entrar luego con Bichat y con Broussais por el divino politico  que nos conduce al vasto anfiteatro en que Claudio Bernard es profeta y vidente, y Pasteur, el gran sacerdote, y uno y otro, como Adán y como Noe, los vivificos troncos originales  de las generaciones cientificas que llenaran sin termino el campo que lleva a lo desconocido ; la era pastoriana; el laberinto de las enfermedades infecciosas y de las epidemicas; los problemas colaterales, (el terreno, las autointoxicaciones, la herencia patológica, la protección organica, la inmunidad); la moderna conquista terapeútica; las ciencias medicas y la higiene publica; en una palabra, todo aquel admirable conjunto de conocimientos actuales que constituyen el mas preciado gaje de la humanidad que medita, todo ese colosal proceso brotaba de los labios del professor Manrique con impetu luminoso y crepitante como las mangas atropelladas que vuelan sobre el Tequendama.  Los que le oyeron, contaban la fortuna de haber recogido maná para muy largos días.

 

            Inteligencia receptiva y de vitalidad transformante, limpió siempre de cadáveres el fondo de su lecho, por bríos de una virtualidad renovadora.  Las doctrinas muertas sacolas, a la orilla; no dejó nunca cristalizar sus preferencias, como no trajeses el signo visible de la consagración pertinente.  Muchas veces su revaluar implicaba la barbara mutilación propia; hipótesis queridas hechas pavesas por el microscopio; entusiasmos de juventud; sugestiones de un antiguo maestro a quien era muy duro ver arder en la pira su pasado glorioso, construido sobre un error ya disipado, y toda aquella ciencia y todo este denuedo intellectual, lejos de ensoberbecer a su dueño hasta querer arrebatarle a Dios el enigma de la vida, le hicieron recluirse dentro de una modestia encantadora; inclinar la cabeza ante la voluntad del Ministerio; proclamar la excelsitud de lo suprasensible y recostar, hoy hace un año, su cabeza de moribundo rendida de genio y de cansancio, sobre el divino pecho de Jesus de Nazareno,  cumpliendo así el consejo de Hipocrates: “Conviene asociar la medicina a la filosofía y la filosofía a la medicina, porque le medico filósofo es igual a los dioses”.

 

            Para Manrique, el materialismo era absurdo, infecundo y nocivo. El habría podido firmar este aforismo de un sabio racionalista moderno: (El materialismo ha pretendido sustituirse a las religions, mas la material ha llegado a ser hoy tan misteriosa como los mismos dioses que se ha propuesto reemplazar.)

 

            Empero, no basta la ciencia por si sola para conseguir la fuerza decisiva del prestigio.  Existe una admiración teórica que indica el intercambio de valores mentales.  Se admira al autor sin conocerle, puede el influirle en nuestros actos a traves del espacio y el tiempo.  En este caso, queda la Gloria consignada en un libro  como la muda y helada cifra de un balance; mas cuando a la luz genial y a la riqueza del acervo cientifico se aunan la fuerza del amor, el fervor cordial traducido en acciones, la benevolencia disculpadora, la caridad, en una palabra, entonces, solo entonces, la humanidad ofrece a su benefactor el mas dificil para ella y por lo mismo, el mas preciado de sus dones; don que supera al oro y al incienso y a la mirra; que opaca el prestigio del mármol y la adustez consagradora del bronce; que marchita el panegírico como una flor caduca: el don de lágrimas.  Y como nó! si Juan Manrique, Evangelista por añadidura, supo ganar en vida y en muerte- de lo que somos testimonio palpitante aquí nosotros mismos- una adhesion cariñosa que no fenecerá ya nunca.  Porque aquel hombre, que era una gran cabeza, por voluntad divina supo ser al propio tiempo un grande corazón tambien, y realizó por ideal manera aquel admirable fenómeno que se advierte en los profundos silencios estelares de dos mundos gigantescos que, no obstante moverse en infinitas, separadas órbitas, se influyen mutuamente a la distancia.  Juan E.Manrique, si se me permite la frase, sentía a veces con la cabeza y pensaba con el corazón.

 

            Cierto día, siendo muy joven, se extinguía visiblemente como una lámpara, una existencia colocada bajo su cuidado.  Urgía ingertarle vida a aquel organismo ya exhausto, y el gallardo aristócrata se deja abrir la vena azul para que torne la vitalidad a aquel ser afligido, y una sonrisa cariñosa en el benefactor y una lágrima de gratitude en la resucitada, sellan para lo eterno aquel sublime canje de dolor y de piedad.

 

            Otra vez discurre el cirujano  por uno de los nuestros maldecidos estadios de combate.  En el hospital de sangre, entre consortes mutilados que aguardan la cuchilla reparadora, se yergue un mozo de veinte años, enloquecido por la fiebre, medrosamente abierto los ojos extraviados, alzando con la siniestra a guisa de abdominable olor su brazo derecho gangrenado y monstruoso, con el mas doliente gesto de desconsuelo y de demencia.  Al oír el herido, la dura frase que le condena a la mutilación, concentra en un esfuerzo viril y sublime todo su amor filial con este grito:

 

            “No me corte este brazo porque con el sustento a mi madre”.  Este clamor, que acaso habría llegado hasta otro oido como una frase vana, de aquellas que se desoyen cuando la convivencia con el dolor humano ha conseguido endurecernos, cayó sonoramente sobre el regazo de la ternura, y el buen Manrique dióse en ese mismo instante a salvar aquel brazo tan heroico y santo.

 

            Otra vez un leproso le tiende al Profesor la garra deforme que el oprime con su propia diestra, mientras que con la otra coloca amorosamente en la mochila del mendigo ingente suma de dinero, brindándole así con la limosna perfecta.  Ya es un amigo fulminado por terrible infección, que se debate en las angustias del postrer ataque de asfixia, y a quien Juan E. Manrique, en un rapto sublime de amistad y valor, pega sus propios labios a la boca escuálida de aquel tífico, a despertar con su soplo vivificante los ya vencidos pulmones del moribundo.

 

            Su existencia profesional fue todo un caritativo apostolado.  Cariñoso y magnífico en la patria y fuera de ella, con el potentado y con el paria, con el extraño y con el amigo, nadie entendió mejor que el la parabola del Buen Samaritano.  En tierras extranjeras siempre de par en par, como la del bifronte Jano, la puerta de su casa supo acoger, hospitalaria y franca, la inacabable teoría de los ansiosos de consuelo.  Vaciábase una y otra vez su salon de consulta, en incesante turno, y mando, una ráfaga de ventura iluminaba el rostro del que acudía al examen.  Ya con el, y a solas, comenzaba el sortilegio:  la vision perspicaz, la compenetración con el espíritu del paciente, la suggestion irresistible, la traducción de reticencias, la inagotable espera, la cariñosa insinuación, y todo aquel ensalmo de sabiduria y de ternura, de gravedad tecnica y de delicadeza, de majestad y de blandura.

 

Pasaba el oro por sus manos como el  buscado anillo en un juego de prendas, a ocultarse al instante entre manos ajenas.  Fue un gran señor que solo conociera el placer de los grandes, que consiste en dar siempre.

 

            No vió nunca a la patria como una convencional mentira, sino cual una realidad viviente y adorable.  Amó a sus glories: compartió sus luchas; la honró sirviendola.  El periodismo, la tribuna pública, el salon diplomático, le vieron tantas veces dando ejemplo de valor, de entusiamo, de constancia!  Ninguno como el supo estimar en tal grado la gloria de nuestros padres en la patria.  Cuando, tras una centuria de punible desvío, quiso Colombia perpetuar  en bronce la gloria de sus grandes próceres, acudió Juan Manrique a vivificar con sus consejos la obra del Arte.  El inspiró a Fremiel; el ideó la contracción meditabunda de nuestro Caldas en la evocación de Verdel; ordenó el tambien el altivo gesto del Gran Mariscal cuando señala al invasor, con la punta de su espada, donde comienzan los lindes de la Patria; el insinuó el reposo de nuestro ilustre Cuervo, en su fecunda gravedad silenciosa; el colocó en los brazos del nobilísimo Caicedo la amada enseña de Colombia; y a la postre, la romana cabeza de don Camilo Torres cifraba en forma duradera todo cuanto Manrique pensó del gran tribuno, y todo cuanto pudo hacer penetrar en el cerebro del escultor frances el verbo de nuestro compatriota, aquel verbo apasionado y vehemente.

 

            Los que amaron el Arte le abrieron su cenáculo; Silva le admiraba y le amaba, y cuando alimentamos todavia aquel fuego purificador, rememoramos su acogida cariñosa a nuestros balbuceos de belleza.  Entre la colossal colmena de aquel vastísimo intelecto, hubo mas de una celda que recogió el trabajo de las abejas de Atica.

 

            Y para que nada faltase a tan cabal dechado de cultura y bondad sobre ningun hombro como sobre los suyos, luciera tanto, con sin rival decoro, el frac aristocrático.  Que tiene, pues, de extraño que esta memoria, suscite todavia tan perdurable afecto?

 

            Que grande, que potente, que terrífica es la mission social del medico! Vosotros recordáis a Juan Manrique con un indescifrable sentimiento de pasmo, de gratitude y respeto.  Le visteis tantas veces representar en el perenne drama de los dolores humanos, el papel del destino en la tragedia griega; lo recordáis inclinado sobre la cabecita querida, espiando el mal oculto, como el suspirado taumaturgo, de quien se está esperando el divino: <Levanta!>; probasteis penetrar su mudez distanciadora; de sus labios risueños estuvo suspense tantas veces vuestra ventura o vuestra desgracia; su figura profetica, tan dulcemente recordó una y otra vez a aquellos varones milagrosos que sanaban por la unción y el consuelo, y tan a menudo cruzó el los áureos hilos de su sabiduría en el telar amado de vuestra propia vida, que habeis venido hoy mismo, recordándolo, a hacerle vivir a el, sintiendonos vivir vosotros mismos; a proyectar su sombra amiga, con vuestra luz espiritual, sobre el límpido muro de la memoria bogotana, y a decir en ofrenda suya: <Entre sus manos, por ser irremediable, pudiera perderse la vida, pero nunca la esperanza>.

 

            Vaso de selección, su gentil compañera dulcificó esta vida, arrulló a ese enorme niño, vistió de gracia y de dulzura aquel severo asilo de la ciencia humana!.

            He visto en una ilustre galleria un cuadro lleno de mas allá;  en un anfiteatro cercado de cristales y en las mesas de disección, yacen varios cadavers semivelados por grasientas mortajas, entre la silenciosa inmovilidad del recinto glacial y medroso.  Dijerase el mas típico grupo de vencidos en la contienda humana: ójeras fúnebremente pasionales que enmarcan ojos cansados ya de ver; narices afiladas, aptas para husmear el misterio; bocas de labios flácidos de donde parecen fluir, como las goats de agua que ruedan de flores medio muertas, las palabras fatigadas del tedio, de la inutilidad, de la amargura, del pasmo, del dolor y del desamparo, y sobre las mejillas mustias, y sobre las frentes heladas, y sobre los cabellos empapados como los de los náufragos un no se que de inconsolable y de irredento.  En tanto, a traves de la gasa diáfana de los cristales, filtran rayos de luz que se destrenzan al lado opuesto de los vidrios sobre la gracia fecunda de almendros florecidos, que dejan caer inagotablemente en la tierra sonreída y matinal, una lluvia de petalos blancos, alegres y perfumados…. Muertos en la vida, nombró al artista esa inspiración trágica.  Decidme ahora si quien dejó la primavera risueña por el caduco otoño; si quien troncó la cosecha de amor de los almendros floridos con los olores acres de la humana miseria; si quien huyó la juventud que canta para luchar brazo a brazo contra la lívida Taciturna; si quien buscó las fosas desdeñando los nidos, merece gratitude, merece amor, merece lágrimas!…..

 

            Si Dios es caridad, el, que fue todo en la tierra encendida chispa de la divina hoguera, fuerza es que torne al foco indeficiente y eterno; justo, que esa gota purísima se funda en el pielago infinito del amor inmortal.

 

            Hay títulos grandes en cuyo seguimiento corren desalados los hombre; insignias frágiles hay que aquellos se arrebatan ceñudos y violentos; hay laurels que gotean sangre humana, enloquecedora y bravía; huid, palabras!  Pasad, insignias!  Atrás laureles!  Solo existe para mi un título grande: el de consolador de los que lloran; una insignia gloriosa: la que signifique su aprecio, un lauro codiciable: el que  se conquiste aliviándolos.  Ante el Emperador Romano, erguido en su caballo de pelea y mostrando en la diestra, figurado en marfilino globo, todo el orbe de la tierra, yo os presento a Vicente de Paul alzando un niño expósito; ante el lujo asiático del multimillonario americano, levanto Yo al Padre Damián entre los leprosos de Haway; frente a los triunios equívocos de la humana bárbale, yo miro erguirse al sabio, al pacífico, al dulce, al caritativo Pasteur.  Ellos, los campeones; otros, sus continuadores afortunados.  Manrique perteneció a este grupo.  Bendito sea!

 

            Y…….

            Mis palabras son al fin palabras, tributo efímero que se pierde al nacer.  De muchísimos ojos están brotando lágrimas, idioma divino que lo expresa todo bajo la gracia del silencio…. Cuando queda quien llore, no se debe hablar.