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JUAN EVANGELISTA MANRIQUE

 

Por L.E. Nieto Caballero.

Publicado en el seminario

“Sábado” 27 Noviembre 1943

  

La figura- Curaciones por sugestión –Una familia de Doctores- El corazón De José Asunción Silva- Contra don

Carlos Holguín- Viva la República  -Con honra! Pacifista- Desacuerdo con Uribe Uribe- Primeras apendicitis –

Ministro de Francia-  El hogar mara-villoso- Desafió al Dr. Concha-el Centenario de la Independencia-

Defensa del Doctor Manrique- El Confidente- El amigo del corazón-La despedida con lagrimas- Muertes

Coincidenciales- Homenaje del bronce- La oración de Valencia.

 

  El rostro de era de Cristo, con ojos prodigiosos, afilada nariz, graciosa boca que enmarcaban los espesos bigotes y la barba nazarena. Grande era la cabeza, desproporcionada para el cuerpo mediano, con negros cabellos que le caían sobre la nuca. Le daba la melena un aire de profeta, tenia una gran movilidad. Era nervioso, elegante, de abundante conversación, con un tic al hablar en que de pronto se detenía como para aspirar el aire, acompañando la pausa con una involuntaria sonrisa. Escucharlo era un placer. El mismo se escuchaba. Lo que decía era siempre ameno, generoso, inteligente, cordial, salpicado de imágenes, de anécdotas, de recuerdos de su vida fecunda.

Era un medico de extraordinaria popularidad en Bogotá. Se respetaba su ciencia, que había perfeccionado en Paris, pero se afirmaba elogiándolo, que sus curaciones se debían mas a la conversación.

Era un gran sugestionador, un optimista, que hacia casi milagros con la simple imposición de las manos. En los primeros tiempos, hasta donde alcanzo a recordarlo, cabalgaba un hermoso caballo para hacer la Ciudad sus visitas de medico. Montaba muy bien, era airoso y dejaba al pasar un rumor de cariño porque su figura era singularmente atractiva y porque era muy extenso el círculo de sus amistades. Miembro de la alta sociedad , casado con una encantadora de rancios abolengos, solicitado en todas partes, con aficiones políticas, en relación estrecha con los intelectuales, amigo, y benefactor del pueblo, no había sector que escapara a su influencia y en el que no contara con admiradoras.

            Su padre, medico también, El Dr. Carlos Manrique, había dejado el recuerdo imborrable de un patriarca que ejercía la profesión gratuitamente, cuyo mayor goce era hacer el bien y que había educado a su familia tan esmeradamente que de ella habían salido, una gran dama, Doña Maria, casada con el doctor Jorge Boshell; dos médicos, Juan Evangelista y Julio; dos abogados, Lorenzo y Clímaco; un Ingeniero, Francisco y un artista de variadas disciplinas, filósofo a sus horas, Pedro Carlos. A este que era el mayor, lo reputaban los otros al mas inteligente, pero el de figura dominadora, a quien todos pedían consejo y de quien se sentían explicablemente orgullosos, era Juan Evangelista .

Entre muchos asuntos profesionales que se hicieron públicos, tuvo gran resonancia polémica que sostuvo con el doctor Juan David Herrera sobre el huesoides y el cartílago tiroides en un proceso celebre. Y de todos es sabido, porque el lo contó en las paginas de profunda emoción, que cuando su gran amigo Juan Asunción Silva, en el curso de un examen que le practicaba, le preguntó por el sitio preciso donde estaba situado el corazón, el doctor Manrique tomo un lápiz especial y se lo dibujo en la camisa, sin sospechar que la intención del poeta era la de atravesárselo con el plomo que salió disparado de un resolver.

Político entre otras actividades tuvo la de encabezar la manifestación hostil, con muchos de los manifestantes a caballo, que un día, al terminar las carreras, salió del hipódromo por las calles de la ciudad como una invasión de cosacos, a protestar contra don Carlos Holguín, presidente del  Senado, por asuntos relacionados con el tesoro publico. “ Tan fuertes son las pasiones políticas, me decían muchos anos después, el doctor Manrique, que yo iba resuelto a ahorcarlo con la jáquima”. Y me agregó, cosa que no he aclarado nunca, que el señor Caro, en la Presidencia de la República, simpatizaba, no con el ataque a su cuñado sino con los posibles protestantes había dado la de terminar un manifiesto, como lo hizo, con una frase le dió el doctor Manrique: “ Viva la República con honra”! Todo debió aclararse después, como debió la familia del doctor Holguín olvidar la actitud del doctor Manrique, porque a mi me consta que eran cordiales en Paris las relaciones de este con el doctor Holguín y Caro.

En los directorios liberales, en la prensa, en las diligencias para conseguir elementos bélicos en el exterior, tuvo actividades grandes el doctor Manrique. Sin ser de los partidarios decididos de la política de don Aquileo Parra, si estaba de acuerdo con este la guerra era aventura que no podía correrse sino cuando se hubieran conseguido elementos capaces de asegurar el triunfo. La que estalló el 18 de Octubre de 1999 le pareció festinada, inconveniente, destinada al fracaso, y por eso no vaciló en sumarse a quienes la desautorizaron y en aceptar con ellos el título de pacifista. Con el General Uribe, Uribe,  a quien siempre llamaba “ mi compadre”, había tenido un desacuerdo que estuvo a punto de ser llevado al campo de honor. La actitud resuelta del doctor Manrique y la intervención de amigos como D. Eustacio de LaTorre le varieron que el General Uribe le tendiera hidalgamente la mano diciéndole: “ Es Ud. todo un hombre”, y que la amistad entre ambos, no obstante desacuerdos transitorios, durara hasta la muerte.

Hasta mi primera infancia remontan mis recuerdos del doctor Manrique. Era medico a quien mi padre consultaba y a quien hacía ir a casa cuando alguno de sus hijos se encontraba enfermo. Lo veo llegar, “Esto no es nada, chino”, decía antes del examen, con una voz que ya iba curando. Una palmadita en la mejilla, unas cucharadas o unas píldoras, y se iban la pequeña cefalagiao lo que fuera. A el en cierto modo, le debí el viaje a Europa.

A los doce o catorce anos, empecé a sufrir de amigdalitis. Entonces no de empleaba esa expresión. Yo decía: “Me duele el ciego! Y la cama, con una palidez mortal, un agudo dolor, y la bolsa de hielo sobre la barriga!  Ocho días después ya estaba jugando gambetas. Iba a cumplir diez y seis anos cuando me sobrevino un ataque excepcionalmente fuerte “A este chico hay que operarlo, dijo el doctor Manrique, pero está muy débil. Tan pronto cuanto mejore, llévenlo a Cartagena o a Curazao a que se de unos baños de mar y se robustezca. Al regreso le echamos cuchillo”. Idéntica fue la opinión e idéntico el consejo del doctor Hipólito Machado. Y cuando Isidro Nieto, albacea nombrado por mi padre en su testamento, se puso a pensar en que seria mejor, si Curazao o Cartagena, Lucas Caballero dijo: “Europa! Y con Isidro Nieto nos fuimos los tres herederos para Europa.

Después de un año en Suiza y unos meses en Londres, por el consejo del mismo Lucas Caballero, deslumbrado con las universidades Americanas, nos vinimos para los Estados Unidos. En Nueva York estábamos, cuando nombrado por el Ministro en Francia por el General Reyes, paso el Doctor Manrique. En los diez o quince días que permaneció en la Ciudad, estuve muchas veces con el. Ya era yo una persona que opinaba en política y que estaba con el en desacuerdo. Pero también era yo una persona capaz de seguir un razonamiento, de interesarme por una tesis y de apreciar todo lo que tenia de fascinador el lenguaje de ese hombre, que en las sesiones de la asamblea nacional se acababa de mostrar como un orador de extraordinario brillo. Pero no era la política del doctor Manrique lo que me seducía. Era el HOMBRE. Yo sentía cuando con tanto calor hablaba de mi padre y de los míos, o cuando me daba consejos sobre lo que debía hacer como estudiante o cuando se expresaba de Colombia en términos de devoto, que una inmensa corriente de simpatía se establecía entre los dos y que el se iba instalando en mi corazón como en su casa. Después fuí yo a Paris. Todavía estaba de ministro. Lo conocí entonces en todo el esplendor de su naturaleza expansiva, hidalga, maravillosa de bondad, dispuesta en toda hora y en toda forma de aliviar, a ayudar, a servir, a exaltar con su conducta y con sus palabras el nombre de Colombia. Su hogar era como un nido. No tenía hijos. Pero la esposa doña Genoveva Lorenzana, era esposa, y era madre y era hija, y era novia. Gran señora en todo, de tan soberana distinción, de tan extraordinario atractivo, discreta, elegante, sentimental, caritativa, consagrada ante todo al hombre ilustre a quien le había dado la felicidad y a quien cuidaba como a un niño, para que  no fumara demasiado, ni comiera lo que podía hacerle daño, ni se exaltara en las discusiones, porque lo sabia enfermo del corazón. En las funciones que le correspondían en el campo de la diplomacia era perfecta de gracia, de señorío y de expedición, para que todas las ordenes, mas aun para que todos los deseos del Ministro se realizaran sin que se viera el esfuerzo, ni el cansancio, ni el afán, como si fuera hecho por los propios ángeles. Con la ayuda de Antera y de Graciosa, dos españolas magnificas, mujeres de corazón, activas, hacendosas, y siempre de buen humor, dona Genoveva mantenía el hogar para los banquetes, las recepciones, las frecuentes y abundantes vistitas como una taza de plata.

Cuantas veces almorcé; comí, fui a fiestas con la pareja cautivadora, atendido en su hogar como se atiende a un hijo! Cuatas veces estuvieron ellos solos o con otros amigos en los ágapes con que obsequiábamos mis hermanos y yo a los Colombianos, en nuestro departamento! Habíamos tenido la fortuna de encontrar a una cocinera de Bogota, una viejecita con manos de maravilla, que no quiso regresar con la familia que la llevo a Europa y que nos preparaba, como ninguna otra ha logrado hacerlo en mi casa, los mas suculentos platos nuestros, estos de todos los días, pero que allá eran un lujo y que hacían especialmente agradable nuestras invitaciones . Con decir que un día tuvimos a almorzar a don Rufino Cuervo, que no aceptaba la invitación de nadie, en compañía justamente del doctor Manrique y de su esposa, que da hecho el elógio de Mercedes, la viejecita cocinera a quien Dios tenga en su gloria.

El doctor Manrique era fascinador con todo el mundo. Se ponía a tono con el interlocutor. Así era festivo, chancero, juguetón, o grave, meditabundo, sentencioso, según fuera el amigo del momento. Gabriel Silva, este ingenioso conversador que administra eficazmente unas salinas, sin explotar sino derrochando las que en si mismo lleva, me contaba allá donde fuimos recíprocamente presentados por el Doctor Manrique, que este lo invitaba con frecuencia a jugar tresillo  y que a veces iba “ de pañolón y pelo suelto” a comprometerlo para que, una vez consumida la botella que el doctor sacaba de un estante secreto tan pronto como la señora había ido a acostarse, salieran a dar unas vueltas por los sitios de moda, en alguno la preciosa Lucienne de Tavernier, que era de gentileza adorable con los colombianos. En otras ocasiones los contertulios eran el doctor Quijano Wallis, el doctor Luis Martinez Silva, don Manuel Samper, don Eudoro Pedroza, y entonces los temas que se trataban era de alta política, de finanzas de comercio.

Caído el General Reyes, el doctor Manrique fue reemplazado en la Legación por el doctor José Vicente Concha. La colonia dio el honor del Ministro que tan gallardamente había servido a todos, un espléndido banquete, que debía ser presidido por don Rufino Cuervo. Como este no salía noche, envió una carta bellísima, que leyó el doctor Martinez Silva. Este me había pedido que yo hablara. Este fue mi primer discurso publico. A ultima hora se supo que iría de Londres Santiago Pérez Triana y que estaría presente también en el banquete el gran orador ciego doctor Manuel Maria Rodríguez. Que nobles y elevadas oraciones las de esos dos esclarecidísimos representantes de nuestros partidos tradicionales, representantes también de la elocuencia que ha dado a Colombia muestras tan arrobadoras y que ha dejado en la memoria de las generaciones tan armoniosos acentos!

El doctor Concha, tuvo necesidad de someter a una de sus hijas a una operacion quirurjica. El doctor Manrique le hablo al medico, uno de esos ases del bisturi y del diagnostico, que se desquitan con el extranjero, y mas si es diplomatico, de los servicios que gratuitamente prestan algunos de sus compatriotas. El medico le pidio al doctor Marique, que le ayudara, aplicandole a la nina el cloroformo.

Colega, le contesto este sonriendo, esos servicios no d\se le piden a un hombrre de mi posicion y de mis anos, sobretodo si ha ejercido el cargo diplomatico con que yo fui honrado por el gobierno de Colombia. Pero en fin: se trata del ministro de mi paisy de una nina amiga. Tengo mucho gusto.

La operacion se realizo con exito completo, pasada la cual, yde acuerdo con la formula de Manuel Antonio Cuellar Duran, que el doctor Lombana Barreneche encontraba, sabia, “ la operacion en frio y la cuenta en caliente” le paso un memorandum por una suma que el doctor concha con sidero excesivo. En ella figuraba una partida para el cloroformizador, que naturalmente no le habia sido consultada al Doctor Manrique.

Almorazaba este un dia en su casa con el doctor Luis Martines Silva cuando la sirviente, que acababa de abrir la puerta porque habia sonado el timbre, le entrgo una carta en ese instante llegada. Pidio el doctor Manrique permiso para leerla. Hizo inmediatamente un gesto de desagrado y ae puso intensamente palido.

Que es? Pregunto Martinez Silva. Un asunto sin importancia.

Digame lo que es, insistio Martines Silva porque yo reconoci en el sobre la letra de Concha.

Despues de otras cuantas frases. En que el doctor Manrique eludia la respuesta y el doctor Martinez Silva, luchaba por obtenerla, el primero mostro al fin la carta en que el doctor concha decia que “ en tierra extrana y por mano ajena” le habia iinferido el agravio de hacerle pasar una cuenta exorbitante. No le dijo el doctor Manrique al doctor Martinez Silva como persona obrar conta tamana injusticia, pero una vez ido el amigo de su casa, le envio al doctor Concha sus padrinos.

En ese momento llegue yo de visita. Con la absoluta confiaza que le inspiraba yo al amigo ilustre, me conto todo en detalle. Y agregó:

De todas maneras la llevo yo gananda: o no me acepta el duelo y que da como un cobrade, en un pais como este donde esa manera de resolver los problemas es casi una institucion de Estado, o me lo acepta y entonces queda descalificado para siempre ante los conservadores de Colombia.

Mientras hablabamos, el doctor Martinez Silva habia tomado un automovil para ir a casa del Doctor Concha. Le hizo ver como habia obrado ligeramente con un hombre que no habia hecho sino servirle con eficacia, desinters, abnegacion y buen amigo, agragando de su parte, cuanto habia mortificado al doctor Manrique la irregualridad del maedico frances que habia pasado uan cuenta en que cobraba los servicios de el sin consultarle. El doctor Concha no tuvo dificultad ninguna en aceptar que se habia precipitado y reconocer que le debia explicaciones al doctor Manrique. De esa suerte, se arreglo todo facilmente. Se restablecieron las relaciones de los dos grandes hombres,  pero en ambos quedo la quebradura en el vaso.

Dias despues, el 20 de Julio de1910, iba a cumplirse el primer centenario de nuestra independencia. El doctor Concha se ausento de Paris. Se fue para Suiza, disgustado decian algunos, por la noticia de que habia sido elegido presidente de Colombia el doctor Carlos E. Restrepo. Cuatro o cinco colombianos nosd reunimos para decir, mas o menos: Todo 20 de Julio hay que celebrarlo, pero este proximo de manera especial, porque se trata del centenario, es decir de lo que nunca volveremos a ver. Organizamos un banquete de doscientos cubiertos que, por multiples consideraciones, debia presidir el doctor Manrique. Lo presidio, y pronuncio en el un bellisimo discurso, como lo fue tambien el que pronuncio el doctor Maximiliano Grillo.

Guillermo Abello Salcedo, viejo amigo, de quien yo habia sido condiscipulo en el colegio de Araujo y que gozaba de todo el afecto y de toda la intimidad del doctor Concha, envio una correspondencia a Bogota para protestar por el hecho de que el doctor Manrique hubiera asistido a la inauguracion de la estatua del general Sanmarti en Boulogne Sur Mer, y se dio a decir que en el discurso del 20 de Julio habia atacado Manrique al Doctor Conha. Sa;te yo a ;a palestra para hacer la defensa contundente del doctor Manrique en el primer asunto y le escribi una carta a Abello para desmentir al segundo. Me hizo la atencion de ir a contestarmela verbalmente en mi casa, para aceptar con gallardia mis razones, pero encaprichandose, en cuanto a la celebracion del 20 de Julio, en la teoria, cierta en historia estricta, pero incompleta porque no sigue la marcha ni el destino de los hombres, y sobretodo rechazada por el pueblo Colombiano, que es intuitivo y acertado, de que en la fecha citada no hubo tal declaracion de independencia sino una protesta contra el mal gobierno, pero con renovacion de los vottos de fidelidad a ese pobre sujeto que era “ el amado Fernando”. Tesis de Academia, de divagacion historica, hasta de congreso, pero no tesis de ciudadano, que en el momento en que todos celebran el aniversaro fausto se abstiene de tomar parte en ello, para darlas de seguidor estricto de la historia. El 20 de Julio sera mientras Colombia viva, es decir hasta el fin de los siglos, la fiesta de Colombia. Y es justo, porque los principales signatatios del acta que decia una venia a Fernando VII, murieron en el cadalso o en los campamentos y fueron de consiguiente padres de la Patria.

Mi defensa del doctor Manrique, que aparecio en Bogota en la Gaceta Republicana del 16 de Junio de 1910, y mi posterior carta de Abello eran nuevos vinculos que se establecian entre aquel y yo, sumados a mil y mil detalles, a mil y mil pequenos incidentes de todos los dias, de esos que forman la trama de las amistades perdurables o que son la seda que sobre la trama del pasado va ricamente bordando sus motivos. Mi confianza con el doctor Manrique era infinita. Yo le daba cuenta de mis estudios, de mis paseos, de mis sensaciones. De un amor que me atormento, el fue el confidente. De una novela que escribi. “ Luchas Intensas”, que a el, a mi mtio Lucas Caballero y a mi hernano Agustin debo la felicidad de no haber publicado, porque era nada con gana, aunque tenia algunas descripciones pasables: el doctor Manrique fue, no die lector sino auditor conmovido. Me invitoa comer en complete intimidad, tan solo con el y su senora,. A la hora del café nos fuimos a la sala y alli empece yo mi relacion. Esto principia asi, y los personajes son tales. Luego leia un parrafo. Despues sucede tal cosa. Y leia otro parrafo. El enamorado hace un viaje por Escocia y siente de esta manera. Leia un capitulo y asi hasta el final, en que el nuevo Efrain que estaba enamorado del amor, pero no le decia nada a la muchacha, se volvia loco. Y leia, leia con el tono apagado que conviene al dolor que se acerca. Depronto me interrumpio el doctor Manrique:

Quiere una opinion de sintesis sobre tu novela? Mira  a la vieja!

Volvi a mirar a la nobilisima dama, a quien el llamaba siempre asi con un carino sin limites. Tenia banado el rostro eln lagrimas, y se guain saliendo.

-Ah! Si todos sintieran asi! Dije yo enternecido. Pero no me alcanzo a envejecer, porque es esa sensibilidad de azogue la que pone toda la belleza que hace falta en mis paginas.

Despues, a dondequiera que fuera lo llevaba en el recuerdo. Le escribia de todas partes. Entre la cartas mas hermosas, mas hondas, mas llenas de bondad y de carino que yo haya recibiado a traves de la existencia, estan las que llevan en hermosa letra esa firma amada: Juan E. Manrique. Y no es que siempre estuvieramos de acuerdo. En sus actividades politicas, yo veia grandes errores. La adhesiondel liberalismo a la dictadura era algo que no me cabia en el cerebro. Todos los jefes daban explicaciones que en realidad merecia figurar entre las cusas atenuantes. Pero no exculpativas. El doctor Manrique me decia, que en toda la Asamblea solamente el, en compania de los doctores Luis Martinez Silva, Rufino Gutierrez y Samuel Jorge Delgado, si mal no recuerdo, se habia opuesto a la prorroga da la presidencia por diez anos al general Reyes.

La voto tu general Herrera, me decia, sabedor de mi admiracion por el heroe de la Amarilla y Aguadulce. Pues hizo mal, era mi respuesta como otros hicieron mal en cosas mas graves, como la ley de la alta Policia Nacional y como el entusiasmo por el confinamiento a climas malsanos de los conservadores.

Errores, grandds errores, si, alguanos de los del doctor Manrique. Pero todos tan desinteresados, de tan recta intencion, sin nad ainnoble. El tenia el entusiasmo pero no el sentido politico. Incapaz de una traicion, era tambiaen en politica, incapaz de constancia. Se contradecia. Yo no se cuanta razon se tenga en la afirmacion de que para lograr que Alfonzo Lopez acepte la opinion que uno tenga, en contra de la que el haya expuesto, no hay como aceptarle su razonamiento, y entonces por espiritu de contradiccion, defiende el y acepta lo que uno estaba pensando. Pero algo asi ocurria con el doctor Manrique.

Dejalo hablar, me decia Lucas Caballero, que le tenia el mas hondo carino, y vera s como el solo encuentra los argumentos para desbaratar lo que esta sosteniendo.

Pero en acuerdo, o en desacuerdo con el, no habia quie no sintiera su fascinacion, quien no quedara prendado, quien no sostuviera que era una de las mas brillantes inteligencias del pais y uno de sus corazones mas nobles. Y era del corazon de lo que estaba sufriendo. Y era por el corazon por lo que no podia volver a esta paria, a esta altura, que moraban en el, simbolicamene, como en un santuario. Todo lo recordaba, todo amaba y para todo tenia expresiones que mostraban como en su alma era alta la temperatura. Recuerdo esta sintesi, por ejemplo, del colegio de don Luis Cuervo que es el maximo elogio de un instituto:

Yo no se si el sabia o no sabia pedagogia. Pero don Luis Cuervo, nos enseno a todos sus discipulos a ser caballeros.

Ah! Si abundaran los caballeros en la politica, en la catedra, en las profesines, en el comercio, en la industria, en las artes, entrre los estudiantes, otra seria la suerte del mundo! Y si abundaran los hombres de caridad aridiente como el do0ctor Manrique, de sensibilidad social, de amplio espiritu publico, con el sentido de solidaridad, el sentido huamano, co el mismo que iun dia lo llevo a dar sangre de sus venas para salvar en el hospital la vida de una mujercita del pueblo, y otro dia a fundar con algunos companeros la sociedad de Cirugia y a echar la bases del hospital Sna Jose y a organizar bazares y dictar conferencias y hacer propaganda para convertir en realidad, como convertido esta lo que fue un sueno!

Maestro incomparable, expositor luminoso, de armoniosa voz, de elegantes ademanes, de subyugadora gracia, de informacion copiosa, de ciencia cierta, solo era superado, en la influencia que tenia sobre los seres, por su facilidad para conmoverse, su voluntad de ayudar, su generosidad sin medida, su espiritu limpio de rencor o de ambiciones y ese don de gentes en que se sumaban todos los atributos de la mente y del alma. Cuando me fui a despedir de el con la sensacion de que era para siempre, despues de haber recibido, con una carta hermosa, el regalo de una caja grande de plata cigarros, me apreto contra el corazon, nmientras sus ojos y mis ojos se llenaban de lagrimas. Eso fue a fine s del ano 13. A fines del 14 en Octubre, cuando toda la nacion estaba estremecida con el crimen sin nombre que habia segado la vida ardiente y fecunda de Rafael Uribe Uribe, llego la noticia de que en San Sebastian, (Espana) habia fallecido el dia anterior, victima del corazon, Juan Evangelista Manrique. No es hacer una frase, sino apuntar un hecho evidente es decir, que yo escribi llorando.

Hice entonces la afirmacion de que caso en uno de los aniversarios de la decalracion de la guerra de tres anos, habian muerto simultaneamente, o con un dide deferencia, el mas brillante de sus abanerados y el que mayores esfuerzos realpara tratar de impedirla. El general uribe Uribe habia hecho al doctor Manrique padrino de uno de sus hijos. Ahora por la senda del ministerio, se iban los compadres. Y yo pense en el dialogo de los dos grandes patriotas, de los dos grandes amigos, tan distanciados en los procedimientos para servir y hacer amar una misma doctrina. Me queje tambien que el doctor Concha, presidente de la Republica, no hubiera expedido un decreto de honores. Publicamente,  y recordando los merecimientos y servicios del doctor Manriqu. Lo invite a hacerlo. No fui atendido. Que obro en el doctor Concha para ese extrano silencio? El recuerdo de Paris y el de otra clase de padrinos? Lo ignoro. Pero en mi respeto por la memoria del doctor concha, en el reconocimiento de los grandes serviciosque le presto al pais, en la contemplcion de su altura patriotica y mora, veo esa sombra.

En el hospital San Jose se nconstruyo un pabellon que lleva el nombre del doctor Manrique. En el salon principal esta su busto de bronce. En el ano 18, es el quinto aniversario de su muerte, fui invitado a hablar en la capilla de l hospital, y lo hice con una incomparable emocion para revivir, ante las numerosas damas y los numerosos amigos congregados en una especie de ceremonia ritual, todo aquello que habia hecho del doctor Manrique una figura singularmente amada de la ciudad y de Colombia. Y audacia fue de mi parte, porque fresco estaba el recuerdode la oracion insuperable que, en el primer aniversario del tremendo adios sin palabras, habia pronunciado  con su maravillosa voz Guillermo Valencia, idolo nacional entonces, idolo hoy en que nos sigue iluminandosu nombre. No hubo quien no sintiera un estremecimiendocuando el maestro dijo: Mis palabras son al fin palabras, tributo efimero que se pierde al nacer. De muchisimos ojos estan brotando lagrimas, idioma divino que lo expresa todo bajo al gracia del silencio….. Cuando queda quien llore, no se debe hablar”.

La manana era tibia, de un sol esplendoroso. El auditorio selecto, de clarisimas damas y memoriosos caballeros, conmovidos todos por la elocuancia y por el recuerdo del medico insigne a quien no habia nadie alli que no le debiera un servicio, una atencion, un consejo, una palabra de carino, de compasion o de estimulo. El doctor Laureano Garcia Ortiz se acerco a Eduardo Santos y a mi, que estabamos electrizados, y con su caracteristica efusion, tan acertada para apreciar la belleza , nos dijo:

No es verdad que esta es una manna de Atenas?….

                      L.E. Nieto Caballero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tios abuelosJUAN EVANGELISTA MANRIQUE

 

Por L.E. Nieto Caballero.

Publicado en el seminario

“Sábado” 27 Noviembre 1943

 

 

La figura- Curaciones por sugestión –

Una familia de Doctores- El corazón

De José Asunción Silva- Contra don

Carlos Holguín- Viva la República  -

Con honra! Pacifista- Desacuerdo con

Uribe Uribe- Primeras apendicitis –

Ministro de Francia-  El hogar mara-

villoso- Desafió al Dr. Concha-

el Centenario de la Independencia-

Defensa del Doctor Manrique- El

Confidente- El amigo del corazón-

La despedida con lagrimas- Muertes

Coincidenciales- Homenaje del bronce

- La oración de Valencia.

 

 

El rostro de era de Cristo, con ojos prodigiosos, afilada nariz, graciosa boca que enmarcaban los espesos bigotes y la barba nazarena. Grande era la cabeza, desproporcionada para el cuerpo mediano, con negros cabellos que le caían sobre la nuca. Le daba la melena un aire de profeta, tenia una gran movilidad. Era nervioso, elegante, de abundante conversación, con un tic al hablar en que de pronto se detenía como para aspirar el aire, acompañando la pausa con una involuntaria sonrisa. Escucharlo era un placer. El mismo se escuchaba. Lo que decía era siempre ameno, generoso, inteligente, cordial, salpicado de imágenes, de anécdotas, de recuerdos de su vida fecunda.

Era un medico de extraordinaria popularidad en Bogotá. Se respetaba su ciencia, que había perfeccionado en Paris, pero se afirmaba elogiándolo, que sus curaciones se debían mas a la conversación.

Era un gran sugestionador, un optimista, que hacia casi milagros con la simple imposición de las manos. En los primeros tiempos, hasta donde alcanzo a recordarlo, cabalgaba un hermoso caballo para hacer la Ciudad sus visitas de medico. Montaba muy bien, era airoso y dejaba al pasar un rumor de cariño porque su figura era singularmente atractiva y porque era muy extenso el círculo de sus amistades. Miembro de la alta sociedad , casado con una encantadora de rancios abolengos, solicitado en todas partes, con aficiones políticas, en relación estrecha con los intelectuales, amigo, y benefactor del pueblo, no había sector que escapara a su influencia y en el que no contara con admiradoras.

            Su padre, medico también, El Dr. Carlos Manrique, había dejado el recuerdo imborrable de un patriarca que ejercía la profesión gratuitamente, cuyo mayor goce era hacer el bien y que había educado a su familia tan esmeradamente que de ella habían salido, una gran dama, Doña Maria, casada con el doctor Jorge Boshell; dos médicos, Juan Evangelista y Julio; dos abogados, Lorenzo y Clímaco; un Ingeniero, Francisco y un artista de variadas disciplinas, filósofo a sus horas, Pedro Carlos. A este que era el mayor, lo reputaban los otros al mas inteligente, pero el de figura dominadora, a quien todos pedían consejo y de quien se sentían explicablemente orgullosos, era Juan Evangelista .

Entre muchos asuntos profesionales que se hicieron públicos, tuvo gran resonancia polémica que sostuvo con el doctor Juan David Herrera sobre el huesoides y el cartílago tiroides en un proceso celebre. Y de todos es sabido, porque el lo contó en las paginas de profunda emoción, que cuando su gran amigo Juan Asunción Silva, en el curso de un examen que le practicaba, le preguntó por el sitio preciso donde estaba situado el corazón, el doctor Manrique tomo un lápiz especial y se lo dibujo en la camisa, sin sospechar que la intención del poeta era la de atravesárselo con el plomo que salió disparado de un resolver.

Político entre otras actividades tuvo la de encabezar la manifestación hostil, con muchos de los manifestantes a caballo, que un día, al terminar las carreras, salió del hipódromo por las calles de la ciudad como una invasión de cosacos, a protestar contra don Carlos Holguín, presidente del  Senado, por asuntos relacionados con el tesoro publico. “ Tan fuertes son las pasiones políticas, me decían muchos anos después, el doctor Manrique, que yo iba resuelto a ahorcarlo con la jáquima”. Y me agregó, cosa que no he aclarado nunca, que el señor Caro, en la Presidencia de la República, simpatizaba, no con el ataque a su cuñado sino con los posibles protestantes había dado la de terminar un manifiesto, como lo hizo, con una frase le dió el doctor Manrique: “ Viva la República con honra”! Todo debió aclararse después, como debió la familia del doctor Holguín olvidar la actitud del doctor Manrique, porque a mi me consta que eran cordiales en Paris las relaciones de este con el doctor Holguín y Caro.

En los directorios liberales, en la prensa, en las diligencias para conseguir elementos bélicos en el exterior, tuvo actividades grandes el doctor Manrique. Sin ser de los partidarios decididos de la política de don Aquileo Parra, si estaba de acuerdo con este la guerra era aventura que no podía correrse sino cuando se hubieran conseguido elementos capaces de asegurar el triunfo. La que estalló el 18 de Octubre de 1999 le pareció festinada, inconveniente, destinada al fracaso, y por eso no vaciló en sumarse a quienes la desautorizaron y en aceptar con ellos el título de pacifista. Con el General Uribe, Uribe,  a quien siempre llamaba “ mi compadre”, había tenido un desacuerdo que estuvo a punto de ser llevado al campo de honor. La actitud resuelta del doctor Manrique y la intervención de amigos como D. Eustacio de LaTorre le varieron que el General Uribe le tendiera hidalgamente la mano diciéndole: “ Es Ud. todo un hombre”, y que la amistad entre ambos, no obstante desacuerdos transitorios, durara hasta la muerte.

Hasta mi primera infancia remontan mis recuerdos del doctor Manrique. Era medico a quien mi padre consultaba y a quien hacía ir a casa cuando alguno de sus hijos se encontraba enfermo. Lo veo llegar, “Esto no es nada, chino”, decía antes del examen, con una voz que ya iba curando. Una palmadita en la mejilla, unas cucharadas o unas píldoras, y se iban la pequeña cefalagiao lo que fuera. A el en cierto modo, le debí el viaje a Europa.

A los doce o catorce anos, empecé a sufrir de amigdalitis. Entonces no de empleaba esa expresión. Yo decía: “Me duele el ciego! Y la cama, con una palidez mortal, un agudo dolor, y la bolsa de hielo sobre la barriga!  Ocho días después ya estaba jugando gambetas. Iba a cumplir diez y seis anos cuando me sobrevino un ataque excepcionalmente fuerte “A este chico hay que operarlo, dijo el doctor Manrique, pero está muy débil. Tan pronto cuanto mejore, llévenlo a Cartagena o a Curazao a que se de unos baños de mar y se robustezca. Al regreso le echamos cuchillo”. Idéntica fue la opinión e idéntico el consejo del doctor Hipólito Machado. Y cuando Isidro Nieto, albacea nombrado por mi padre en su testamento, se puso a pensar en que seria mejor, si Curazao o Cartagena, Lucas Caballero dijo: “Europa! Y con Isidro Nieto nos fuimos los tres herederos para Europa.

Después de un año en Suiza y unos meses en Londres, por el consejo del mismo Lucas Caballero, deslumbrado con las universidades Americanas, nos vinimos para los Estados Unidos. En Nueva York estábamos, cuando nombrado por el Ministro en Francia por el General Reyes, paso el Doctor Manrique. En los diez o quince días que permaneció en la Ciudad, estuve muchas veces con el. Ya era yo una persona que opinaba en política y que estaba con el en desacuerdo. Pero también era yo una persona capaz de seguir un razonamiento, de interesarme por una tesis y de apreciar todo lo que tenia de fascinador el lenguaje de ese hombre, que en las sesiones de la asamblea nacional se acababa de mostrar como un orador de extraordinario brillo. Pero no era la política del doctor Manrique lo que me seducía. Era el HOMBRE. Yo sentía cuando con tanto calor hablaba de mi padre y de los míos, o cuando me daba consejos sobre lo que debía hacer como estudiante o cuando se expresaba de Colombia en términos de devoto, que una inmensa corriente de simpatía se establecía entre los dos y que el se iba instalando en mi corazón como en su casa. Después fuí yo a Paris. Todavía estaba de ministro. Lo conocí entonces en todo el esplendor de su naturaleza expansiva, hidalga, maravillosa de bondad, dispuesta en toda hora y en toda forma de aliviar, a ayudar, a servir, a exaltar con su conducta y con sus palabras el nombre de Colombia. Su hogar era como un nido. No tenía hijos. Pero la esposa doña Genoveva Lorenzana, era esposa, y era madre y era hija, y era novia. Gran señora en todo, de tan soberana distinción, de tan extraordinario atractivo, discreta, elegante, sentimental, caritativa, consagrada ante todo al hombre ilustre a quien le había dado la felicidad y a quien cuidaba como a un niño, para que  no fumara demasiado, ni comiera lo que podía hacerle daño, ni se exaltara en las discusiones, porque lo sabia enfermo del corazón. En las funciones que le correspondían en el campo de la diplomacia era perfecta de gracia, de señorío y de expedición, para que todas las ordenes, mas aun para que todos los deseos del Ministro se realizaran sin que se viera el esfuerzo, ni el cansancio, ni el afán, como si fuera hecho por los propios ángeles. Con la ayuda de Antera y de Graciosa, dos españolas magnificas, mujeres de corazón, activas, hacendosas, y siempre de buen humor, dona Genoveva mantenía el hogar para los banquetes, las recepciones, las frecuentes y abundantes vistitas como una taza de plata.

Cuantas veces almorcé; comí, fui a fiestas con la pareja cautivadora, atendido en su hogar como se atiende a un hijo! Cuatas veces estuvieron ellos solos o con otros amigos en los ágapes con que obsequiábamos mis hermanos y yo a los Colombianos, en nuestro departamento! Habíamos tenido la fortuna de encontrar a una cocinera de Bogota, una viejecita con manos de maravilla, que no quiso regresar con la familia que la llevo a Europa y que nos preparaba, como ninguna otra ha logrado hacerlo en mi casa, los mas suculentos platos nuestros, estos de todos los días, pero que allá eran un lujo y que hacían especialmente agradable nuestras invitaciones . Con decir que un día tuvimos a almorzar a don Rufino Cuervo, que no aceptaba la invitación de nadie, en compañía justamente del doctor Manrique y de su esposa, que da hecho el elógio de Mercedes, la viejecita cocinera a quien Dios tenga en su gloria.

El doctor Manrique era fascinador con todo el mundo. Se ponía a tono con el interlocutor. Así era festivo, chancero, juguetón, o grave, meditabundo, sentencioso, según fuera el amigo del momento. Gabriel Silva, este ingenioso conversador que administra eficazmente unas salinas, sin explotar sino derrochando las que en si mismo lleva, me contaba allá donde fuimos recíprocamente presentados por el Doctor Manrique, que este lo invitaba con frecuencia a jugar tresillo  y que a veces iba “ de pañolón y pelo suelto” a comprometerlo para que, una vez consumida la botella que el doctor sacaba de un estante secreto tan pronto como la señora había ido a acostarse, salieran a dar unas vueltas por los sitios de moda, en alguno la preciosa Lucienne de Tavernier, que era de gentileza adorable con los colombianos. En otras ocasiones los contertulios eran el doctor Quijano Wallis, el doctor Luis Martinez Silva, don Manuel Samper, don Eudoro Pedroza, y entonces los temas que se trataban era de alta política, de finanzas de comercio.

Caído el General Reyes, el doctor Manrique fue reemplazado en la Legación por el doctor José Vicente Concha. La colonia dio el honor del Ministro que tan gallardamente había servido a todos, un espléndido banquete, que debía ser presidido por don Rufino Cuervo. Como este no salía noche, envió una carta bellísima, que leyó el doctor Martinez Silva. Este me había pedido que yo hablara. Este fue mi primer discurso publico. A ultima hora se supo que iría de Londres Santiago Pérez Triana y que estaría presente también en el banquete el gran orador ciego doctor Manuel Maria Rodríguez. Que nobles y elevadas oraciones las de esos dos esclarecidísimos representantes de nuestros partidos tradicionales, representantes también de la elocuencia que ha dado a Colombia muestras tan arrobadoras y que ha dejado en la memoria de las generaciones tan armoniosos acentos!

El doctor Concha, tuvo necesidad de someter a una de sus hijas a una operacion quirurjica. El doctor Manrique le hablo al medico, uno de esos ases del bisturi y del diagnostico, que se desquitan con el extranjero, y mas si es diplomatico, de los servicios que gratuitamente prestan algunos de sus compatriotas. El medico le pidio al doctor Marique, que le ayudara, aplicandole a la nina el cloroformo.

Colega, le contesto este sonriendo, esos servicios no d\se le piden a un hombrre de mi posicion y de mis anos, sobretodo si ha ejercido el cargo diplomatico con que yo fui honrado por el gobierno de Colombia. Pero en fin: se trata del ministro de mi paisy de una nina amiga. Tengo mucho gusto.

La operacion se realizo con exito completo, pasada la cual, yde acuerdo con la formula de Manuel Antonio Cuellar Duran, que el doctor Lombana Barreneche encontraba, sabia, “ la operacion en frio y la cuenta en caliente” le paso un memorandum por una suma que el doctor concha con sidero excesivo. En ella figuraba una partida para el cloroformizador, que naturalmente no le habia sido consultada al Doctor Manrique.

Almorazaba este un dia en su casa con el doctor Luis Martines Silva cuando la sirviente, que acababa de abrir la puerta porque habia sonado el timbre, le entrgo una carta en ese instante llegada. Pidio el doctor Manrique permiso para leerla. Hizo inmediatamente un gesto de desagrado y ae puso intensamente palido.

Que es? Pregunto Martinez Silva. Un asunto sin importancia.

Digame lo que es, insistio Martines Silva porque yo reconoci en el sobre la letra de Concha.

Despues de otras cuantas frases. En que el doctor Manrique eludia la respuesta y el doctor Martinez Silva, luchaba por obtenerla, el primero mostro al fin la carta en que el doctor concha decia que “ en tierra extrana y por mano ajena” le habia iinferido el agravio de hacerle pasar una cuenta exorbitante. No le dijo el doctor Manrique al doctor Martinez Silva como persona obrar conta tamana injusticia, pero una vez ido el amigo de su casa, le envio al doctor Concha sus padrinos.

En ese momento llegue yo de visita. Con la absoluta confiaza que le inspiraba yo al amigo ilustre, me conto todo en detalle. Y agregó:

De todas maneras la llevo yo gananda: o no me acepta el duelo y que da como un cobrade, en un pais como este donde esa manera de resolver los problemas es casi una institucion de Estado, o me lo acepta y entonces queda descalificado para siempre ante los conservadores de Colombia.

Mientras hablabamos, el doctor Martinez Silva habia tomado un automovil para ir a casa del Doctor Concha. Le hizo ver como habia obrado ligeramente con un hombre que no habia hecho sino servirle con eficacia, desinters, abnegacion y buen amigo, agragando de su parte, cuanto habia mortificado al doctor Manrique la irregualridad del maedico frances que habia pasado uan cuenta en que cobraba los servicios de el sin consultarle. El doctor Concha no tuvo dificultad ninguna en aceptar que se habia precipitado y reconocer que le debia explicaciones al doctor Manrique. De esa suerte, se arreglo todo facilmente. Se restablecieron las relaciones de los dos grandes hombres,  pero en ambos quedo la quebradura en el vaso.

Dias despues, el 20 de Julio de1910, iba a cumplirse el primer centenario de nuestra independencia. El doctor Concha se ausento de Paris. Se fue para Suiza, disgustado decian algunos, por la noticia de que habia sido elegido presidente de Colombia el doctor Carlos E. Restrepo. Cuatro o cinco colombianos nosd reunimos para decir, mas o menos: Todo 20 de Julio hay que celebrarlo, pero este proximo de manera especial, porque se trata del centenario, es decir de lo que nunca volveremos a ver. Organizamos un banquete de doscientos cubiertos que, por multiples consideraciones, debia presidir el doctor Manrique. Lo presidio, y pronuncio en el un bellisimo discurso, como lo fue tambien el que pronuncio el doctor Maximiliano Grillo.

Guillermo Abello Salcedo, viejo amigo, de quien yo habia sido condiscipulo en el colegio de Araujo y que gozaba de todo el afecto y de toda la intimidad del doctor Concha, envio una correspondencia a Bogota para protestar por el hecho de que el doctor Manrique hubiera asistido a la inauguracion de la estatua del general Sanmarti en Boulogne Sur Mer, y se dio a decir que en el discurso del 20 de Julio habia atacado Manrique al Doctor Conha. Sa;te yo a ;a palestra para hacer la defensa contundente del doctor Manrique en el primer asunto y le escribi una carta a Abello para desmentir al segundo. Me hizo la atencion de ir a contestarmela verbalmente en mi casa, para aceptar con gallardia mis razones, pero encaprichandose, en cuanto a la celebracion del 20 de Julio, en la teoria, cierta en historia estricta, pero incompleta porque no sigue la marcha ni el destino de los hombres, y sobretodo rechazada por el pueblo Colombiano, que es intuitivo y acertado, de que en la fecha citada no hubo tal declaracion de independencia sino una protesta contra el mal gobierno, pero con renovacion de los vottos de fidelidad a ese pobre sujeto que era “ el amado Fernando”. Tesis de Academia, de divagacion historica, hasta de congreso, pero no tesis de ciudadano, que en el momento en que todos celebran el aniversaro fausto se abstiene de tomar parte en ello, para darlas de seguidor estricto de la historia. El 20 de Julio sera mientras Colombia viva, es decir hasta el fin de los siglos, la fiesta de Colombia. Y es justo, porque los principales signatatios del acta que decia una venia a Fernando VII, murieron en el cadalso o en los campamentos y fueron de consiguiente padres de la Patria.

Mi defensa del doctor Manrique, que aparecio en Bogota en la Gaceta Republicana del 16 de Junio de 1910, y mi posterior carta de Abello eran nuevos vinculos que se establecian entre aquel y yo, sumados a mil y mil detalles, a mil y mil pequenos incidentes de todos los dias, de esos que forman la trama de las amistades perdurables o que son la seda que sobre la trama del pasado va ricamente bordando sus motivos. Mi confianza con el doctor Manrique era infinita. Yo le daba cuenta de mis estudios, de mis paseos, de mis sensaciones. De un amor que me atormento, el fue el confidente. De una novela que escribi. “ Luchas Intensas”, que a el, a mi mtio Lucas Caballero y a mi hernano Agustin debo la felicidad de no haber publicado, porque era nada con gana, aunque tenia algunas descripciones pasables: el doctor Manrique fue, no die lector sino auditor conmovido. Me invitoa comer en complete intimidad, tan solo con el y su senora,. A la hora del café nos fuimos a la sala y alli empece yo mi relacion. Esto principia asi, y los personajes son tales. Luego leia un parrafo. Despues sucede tal cosa. Y leia otro parrafo. El enamorado hace un viaje por Escocia y siente de esta manera. Leia un capitulo y asi hasta el final, en que el nuevo Efrain que estaba enamorado del amor, pero no le decia nada a la muchacha, se volvia loco. Y leia, leia con el tono apagado que conviene al dolor que se acerca. Depronto me interrumpio el doctor Manrique:

Quiere una opinion de sintesis sobre tu novela? Mira  a la vieja!

Volvi a mirar a la nobilisima dama, a quien el llamaba siempre asi con un carino sin limites. Tenia banado el rostro eln lagrimas, y se guain saliendo.

-Ah! Si todos sintieran asi! Dije yo enternecido. Pero no me alcanzo a envejecer, porque es esa sensibilidad de azogue la que pone toda la belleza que hace falta en mis paginas.

Despues, a dondequiera que fuera lo llevaba en el recuerdo. Le escribia de todas partes. Entre la cartas mas hermosas, mas hondas, mas llenas de bondad y de carino que yo haya recibiado a traves de la existencia, estan las que llevan en hermosa letra esa firma amada: Juan E. Manrique. Y no es que siempre estuvieramos de acuerdo. En sus actividades politicas, yo veia grandes errores. La adhesiondel liberalismo a la dictadura era algo que no me cabia en el cerebro. Todos los jefes daban explicaciones que en realidad merecia figurar entre las cusas atenuantes. Pero no exculpativas. El doctor Manrique me decia, que en toda la Asamblea solamente el, en compania de los doctores Luis Martinez Silva, Rufino Gutierrez y Samuel Jorge Delgado, si mal no recuerdo, se habia opuesto a la prorroga da la presidencia por diez anos al general Reyes.

La voto tu general Herrera, me decia, sabedor de mi admiracion por el heroe de la Amarilla y Aguadulce. Pues hizo mal, era mi respuesta como otros hicieron mal en cosas mas graves, como la ley de la alta Policia Nacional y como el entusiasmo por el confinamiento a climas malsanos de los conservadores.

Errores, grandds errores, si, alguanos de los del doctor Manrique. Pero todos tan desinteresados, de tan recta intencion, sin nad ainnoble. El tenia el entusiasmo pero no el sentido politico. Incapaz de una traicion, era tambiaen en politica, incapaz de constancia. Se contradecia. Yo no se cuanta razon se tenga en la afirmacion de que para lograr que Alfonzo Lopez acepte la opinion que uno tenga, en contra de la que el haya expuesto, no hay como aceptarle su razonamiento, y entonces por espiritu de contradiccion, defiende el y acepta lo que uno estaba pensando. Pero algo asi ocurria con el doctor Manrique.

Dejalo hablar, me decia Lucas Caballero, que le tenia el mas hondo carino, y vera s como el solo encuentra los argumentos para desbaratar lo que esta sosteniendo.

Pero en acuerdo, o en desacuerdo con el, no habia quie no sintiera su fascinacion, quien no quedara prendado, quien no sostuviera que era una de las mas brillantes inteligencias del pais y uno de sus corazones mas nobles. Y era del corazon de lo que estaba sufriendo. Y era por el corazon por lo que no podia volver a esta paria, a esta altura, que moraban en el, simbolicamene, como en un santuario. Todo lo recordaba, todo amaba y para todo tenia expresiones que mostraban como en su alma era alta la temperatura. Recuerdo esta sintesi, por ejemplo, del colegio de don Luis Cuervo que es el maximo elogio de un instituto:

Yo no se si el sabia o no sabia pedagogia. Pero don Luis Cuervo, nos enseno a todos sus discipulos a ser caballeros.

Ah! Si abundaran los caballeros en la politica, en la catedra, en las profesines, en el comercio, en la industria, en las artes, entrre los estudiantes, otra seria la suerte del mundo! Y si abundaran los hombres de caridad aridiente como el do0ctor Manrique, de sensibilidad social, de amplio espiritu publico, con el sentido de solidaridad, el sentido huamano, co el mismo que iun dia lo llevo a dar sangre de sus venas para salvar en el hospital la vida de una mujercita del pueblo, y otro dia a fundar con algunos companeros la sociedad de Cirugia y a echar la bases del hospital Sna Jose y a organizar bazares y dictar conferencias y hacer propaganda para convertir en realidad, como convertido esta lo que fue un sueno!

Maestro incomparable, expositor luminoso, de armoniosa voz, de elegantes ademanes, de subyugadora gracia, de informacion copiosa, de ciencia cierta, solo era superado, en la influencia que tenia sobre los seres, por su facilidad para conmoverse, su voluntad de ayudar, su generosidad sin medida, su espiritu limpio de rencor o de ambiciones y ese don de gentes en que se sumaban todos los atributos de la mente y del alma. Cuando me fui a despedir de el con la sensacion de que era para siempre, despues de haber recibido, con una carta hermosa, el regalo de una caja grande de plata cigarros, me apreto contra el corazon, nmientras sus ojos y mis ojos se llenaban de lagrimas. Eso fue a fine s del ano 13. A fines del 14 en Octubre, cuando toda la nacion estaba estremecida con el crimen sin nombre que habia segado la vida ardiente y fecunda de Rafael Uribe Uribe, llego la noticia de que en San Sebastian, (Espana) habia fallecido el dia anterior, victima del corazon, Juan Evangelista Manrique. No es hacer una frase, sino apuntar un hecho evidente es decir, que yo escribi llorando.

Hice entonces la afirmacion de que caso en uno de los aniversarios de la decalracion de la guerra de tres anos, habian muerto simultaneamente, o con un dide deferencia, el mas brillante de sus abanerados y el que mayores esfuerzos realpara tratar de impedirla. El general uribe Uribe habia hecho al doctor Manrique padrino de uno de sus hijos. Ahora por la senda del ministerio, se iban los compadres. Y yo pense en el dialogo de los dos grandes patriotas, de los dos grandes amigos, tan distanciados en los procedimientos para servir y hacer amar una misma doctrina. Me queje tambien que el doctor Concha, presidente de la Republica, no hubiera expedido un decreto de honores. Publicamente,  y recordando los merecimientos y servicios del doctor Manriqu. Lo invite a hacerlo. No fui atendido. Que obro en el doctor Concha para ese extrano silencio? El recuerdo de Paris y el de otra clase de padrinos? Lo ignoro. Pero en mi respeto por la memoria del doctor concha, en el reconocimiento de los grandes serviciosque le presto al pais, en la contemplcion de su altura patriotica y mora, veo esa sombra.

En el hospital San Jose se nconstruyo un pabellon que lleva el nombre del doctor Manrique. En el salon principal esta su busto de bronce. En el ano 18, es el quinto aniversario de su muerte, fui invitado a hablar en la capilla de l hospital, y lo hice con una incomparable emocion para revivir, ante las numerosas damas y los numerosos amigos congregados en una especie de ceremonia ritual, todo aquello que habia hecho del doctor Manrique una figura singularmente amada de la ciudad y de Colombia. Y audacia fue de mi parte, porque fresco estaba el recuerdode la oracion insuperable que, en el primer aniversario del tremendo adios sin palabras, habia pronunciado  con su maravillosa voz Guillermo Valencia, idolo nacional entonces, idolo hoy en que nos sigue iluminandosu nombre. No hubo quien no sintiera un estremecimiendocuando el maestro dijo: Mis palabras son al fin palabras, tributo efimero que se pierde al nacer. De muchisimos ojos estan brotando lagrimas, idioma divino que lo expresa todo bajo al gracia del silencio….. Cuando queda quien llore, no se debe hablar”.

La manana era tibia, de un sol esplendoroso. El auditorio selecto, de clarisimas damas y memoriosos caballeros, conmovidos todos por la elocuancia y por el recuerdo del medico insigne a quien no habia nadie alli que no le debiera un servicio, una atencion, un consejo, una palabra de carino, de compasion o de estimulo. El doctor Laureano Garcia Ortiz se acerco a Eduardo Santos y a mi, que estabamos electrizados, y con su caracteristica efusion, tan acertada para apreciar la belleza , nos dijo:

No es verdad que esta es una manna de Atenas?….

                      L.E. Nieto Caballero

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