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PIERRE MI GRAN AMIGO DE PARíS 

 

Aquel 20 de Julio de l.975, la Embajada de Colombia en Paris daba  la recepción tradicional por la fiesta nacional, y entre los invitados que me presentó Mademoiselle Gaillard -la eterna secretaria de la misión- estaba un elegante caballero, de rostro armonioso, ojos azules de porcelana, y cabellos claros algo grizosos, sonrisa tierna, que subrayaba con el arrugar gracioso de las esquinas de los ojos: Pierre Charles Manrique dijo con algo de reserva.

 

Desde aquel encuentro, en la misión diplomática en donde ocupaba el cargo de Primera Consejera, tejeríamos una amistad cómplice que pasó por los trabajos periodísticos que realizamos en compañía: Un libro sobre la piel que finalmente, después de largas investigaciones nunca se publicó y que estaba dirigido a su primo el médico Julio Manrique residente en Nueva York. Las traducciones al francés de las sinopsis de mis novelas La Rue des Autres y  Entre Dos Junglas, para presentarlas a la Maison des Ecrivains con miras a obtener una beca, propósito que logré en dos oportunidades.

 

Cuando lo conocí era ya jefe de redacción de Paris Match. En las pláticas semanales que sosteníamos mientras degustábamos los deliciosos platos del Taillevent, a la hora del almuerzo los miércoles, me fue contando su historia a retazos. En la misión diplomática lo conocían como el hijo de un colombiano de nombre Luis, quien habría llegado a Paris, con el propósito de estudiar medicina, y que moriría de tuberculosis.

 

Ese niño, hijo del colombiano  Luis Manrique y la francesa Margerite Epaguillieres, nacido el 19 de febrero de l929, en Paris, dejaría pronto de andar de la mano del padre, -quien lo lleva a los 3 años a conocer al expresidente Santos a su departamento en el 9 de la Avenue Foch- , para ingresar a un pensionado en Vecinet en donde pasaría su infancia y su adolescencia. De aquella época del orfelinato le quedaría una pequeña cicatriz en el pómulo derecho, llegando al párpado, por una caída en un sardinel, el recuerdo de una madrina que lo protegía y las ganas invencibles de estudiar y triunfar en la vida, así fuera sin la presencia de sus padres.

 

A los 18 años se enrolaría con los voluntarios franceses para ir a Vietnam y luego a Corea. De esa época de su vida poco hablaba, pues como dice  Patrick Mahé su colega, en la nota necrológica publicada en Match, él tenía el pudor de los héroes discretos. Nunca hizo alarde de haber batallado por la libertad, y tenía bien guardadas las diez medallas que ganó. De aquella época fogosa, le quedarían el gusto por la cocina coreana y vietnamita  y la posibilidad de estudiar por cuenta del gobierno francés. Escogió el periodismo y  pronto ejerció la profesión como corresponsal de guerra en Argelia, reportero sobre temas humanos en África, Europa y Asia. Había hecho anteriormente algunos ensayos escribiendo cuentos, y logró entrar al equipo de redactores de France Soir, luego a Auto Journal,  hasta llegar a la redacción de Paris Match.

 

El apuesto Charles Pierre Manrique se había casado con una jovencita de cabellos rubios y figura fina, Marianne Melin, a quien conocí como colaboradora en decoración de Marie Claire, y de esa unión hubo una niña, Sophie, también periodista, de Grands Reportages, en donde publicó crónicas sobre personajes internacionales. Recuerdo que allí estaban los nombres de Gabriel García Márquez, Fernando Botero, el mío  y el de algún ciclista estrella.

 

De su familia colombiana, Pierre apenas había escuchado el rumor. Por intermedio de la embajada de Colombia pidió información y localizó inicialmente a Helena, su prima (educadora), luego a Julio (médico), a  Diego (mayor del ejército). Y se enteró de que su abuelo Pedro Carlos Manrique había sido periodista en Colombia, fundador de la Revista Ilustrada de Bogotá y quien trajo al país el primer fotograbado.

 

En dos oportunidades visitó los lares paternos, para conocer la tierra de sus ancestros y dialogar con su parentela.. Lo abordó para El Tiempo  Alegre Levy. Le contó que había entrevistado al presidente De Gaulle, a Brigitte Bardot, a quien admiraba, a  Edith Piaff y a otros personajes franceses.

 

Yo pensaba que el acercamiento de Pierre a mí –mientras lo veía comer ensalada con cepas de sol, degustando  viandas agridulces y gozando con  las raíces de jengibre confitadas-, pasaba por la necesidad de recobrar sus raíces, por saber algo de la tierra de sus mayores, por estar cerca de alguien que le patentizaba la colombianidad. En las mañanas lo veía pasear un par de perros, Bull y Fleur que lo acompañaban  desde el Boulevard Flandrin hasta la Avenue Foch. Cuando llegaba alguna personalidad colombiana, amiga de su familia, se preocupaba por atenderla. Por eso estuvimos en Le Pre-Catelan del Bois de Boulogne en un almuerzo pantagruélico con el ex ministro Jaime García Parra. Tratábamos en vano de reconstruir el rompecabezas de su vida.

 

-         Cuando llegues a la retraite (el retiro) –le dije un día- ¿por qué no te instalas en Colombia, compras una pequeña finca y pasas con tu familia días maravillosos en ese trópico embrujador?.

-         No. Pienso comprar un departamento en Deauville y dedicarme a la cría de perros, a leer y a ver televisión.

 

Ya me había dicho en otra oportunidad Me siento tan bien aquí como en Colombia. Lo mismo que me sentí bien en Vietnam a donde decidí ir como una opción de vida. Esa es la ventaja de ser uno criado por todos y por nadie. No añoro ninguna comida, ningún tipo especial de mujeres. Las tonadas regionales no me dicen nada y en todas partes estoy bien. Yo no soy como mi mujer que cuando viaja, quisiera llevarse en las botas su tierra francesa.

 

Cuando los aviones pasaban surcando el cielo parisiense, lo veía agachar la cabeza, como escampando bombas. Era muy apreciado por sus compañeros periodistas. Lo calificaban de generoso, puntual en sus cosas, discreto.

 

Aquel viernes, el teléfono repicó en mi oficina de la Embajada de Colombia. Era Pierre:

-Tendremos que vernos hoy. Tengo alfo importante para comentarte.

- ¿No podría ser mañana?. Tengo que firmar un documento muy importante.¿Qué paso? Empeoró la rodilla de tu mujer?

-         Tu sabes que fue la cadera la que sufrió y se repone. No es eso.

-         Bueno, quedamos a la caída de la tarde.

- Te recojo a la salida de la embajada.

 

Fuimos al Taillevent, el exclusivo restaurante en donde encontrábamos con frecuencia personajes del jet set europeo como Carolina y Stephanie de Mónaco. Pedimos una copa de vino rosado frío.

 

La dueña del establecimiento una coreana cincuentona se acercó a la mesa haciendo venias.

 

-         Les tengo mangostinos y café colombiano.

-         Muchas gracias.

 

Se alejó entre sonrisas como era su costumbre.

 

-         ¿Ahora si dime qué me ibas a contar con tanta urgencia?

-          Ocurre que apareció mi madre. Marguerite; me llamó después de más de cincuenta años de permanecer muda. Llegó con su compañero, un ga (un tipo) español, hasta simpático. Me quería entregar algunas herencias de mi padre que ella guardaba en un baulito. Hablamos, y me dio este libro de Historia de América, que quiero regalarte.. Creo que ella está al   borde de la muerte, pues padece de cáncer.

 

Era un tomo empastado de Carlos Pereyra titulado Breve Historia de América de la Editorial Aguilar, publicado en l.930, que conservo en la repisa de madera tallada a la entrada de mi casa.

 

Quedé perpleja. Lo miré a lo profundo de sus ojos azules de porcelana. Le di un apretón de manos. Creo que tenía la mirada húmeda.

 

Pierre la visitó en el hospital, la asistió hasta los último instantes de su vida. .

 

Después de 18 años de permanencia en París, yo regresaría a reinstalarme en Bogotá. No tuve más noticias del periodista brillante, del hombre  íntegro, tierno, bien plantado. Mi gran amigo de Paris, Pierre Manrique desapareció del mapa de las vivencias, pero no del mar de los recuerdos, pues con frecuencia me preguntaba si estaría criando perros en Deauville en vez de estar sentado en una mecedora en Colombia viendo atardeceres de ensueño como yo le había recomendado.

 

De pronto, el correo  trajo la triste noticia: Pierre había partido hacia la eternidad, el  17 de febrero del 2.001, después de batallar durante 3 años contra un cáncer feroz. Lo enterraron en Méru.

 

Estoy escribiendo este perfil del colega entrañable con el corazón apretado. Lo he hecho para atender la solicitud de su primo Julio Manrique. Resulta difícil aceptar la ausencia de seres tan excepcionales como Pierre Charles Manrique, mi gran amigo de París. 

 

Flor Romero.

Bogotá, era 23 de Septiembre del 2.003.

 

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