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REVISTA DE LA FACULTAD DE MEDICINA

 

 

                                                VOL. XI  Bogotá, Julio de 1942          No. 1

 

 

DIRECTOR

Prof. JORGE E. CAVELIER

 

 

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN LOS FUNERALES DEL PROFESOR JULIO MANRIQUE

 

El doctor Jorge Bejarano, Profesor de Higiene y miembro de la Academia de Medicina, pronunció el siguiente discurso en nombre de la Facultad de Medicina y de la Academia de Medicina.

 

Señor Presidente de la Academia Nacional de Medicina, señor Decano de la Facultad de Medicina, señores Profesores, señoras, señores:

 

Los estudiantes de medicina que por el año 1903 dialogábamos en el patio colonial de Santa Ines, bajo las españolas arcadas que lo circundaban, entre la algarabía del agua que caía de la fuente que perforaba su claustro, recordamos con nitidez y como si fuera ayer, la arrogante figura del profesor Julio Manrique, que, regresado de Europa, hacía sus armas de profesor desde la cátedra filosófica de la patología general.

 

No hacía sino dos años que se le había llamado a regentarla y eran tales  su pericia, el brillo de su exposición, la concepción filosófica de la metafísica de nuestra medicina, la oratoria y la novedad del pensamiento, que los que iban apenas en los dos primeros años, hacían de su inteligencia un supremo esfuerzo, una especie de superación para llegar al fin a este oasis de la carrera donde se tenía la sensación  de estar ante un discípulo de Charcot o de algún otro mago de la medicina francesa, de esos que illuminaron la ciencia hacia mediados y fines del venturoso siglo XIX.

 

El desesperante anhelo era despues correspondido por la realidad.  De la Hermosa cabeza, grávida de ideas nuevas y que se sacudia sobre los hombros como al ritmo de la tesis que de ella brotaba, todos los discipulos de Julio Manrique conservamos la mas fiel de las imagines.  La conservamos tambien de su voz aterciopelada, salpicada de dejos y de énfasis cuando quería dar a su pensamiento la expresión realista de su espíritu.   Todos aquellos capítulos sobre la patogenia de la inflamación, del edema, la infección, los agentes físicos, la supuración, los tumores y mil mas que constituyen el pórtico de la patología, tenían en él su mas ameno comentador y su mas fino intérprete  Pero en los grandes capítulos de la interpretación de la vida y de la muerte, el maestro dejaba a un lado la medicina, para irse de brazo con la filosofía que en él era materialista, sin que por esto supiésemos sus discípulos dónde acababa Renán y donde principiaba Voltaire.  Líneas y fronteras invisibles de espíritus  selectos que no hieren con las ideas, sino que convencen y suavizan las contrarias!

 

Este capítulo, en el que surge en forma implacable el subconsciente -testigo y juez de brumosos recuerdos- no se cita en esta hora de angustia en que nos agobia el dolor ante el maestro desaparecido, tanto para elogio de esta vida y de aquella luminosa inteligencia, como por serle grato a quien habla ahora, abrumado por el insigne honor de llevar la palabra en nombre de los ilustres institutos, Academia Nacional de Medicina y Facultad de Medicina, rememorar cosas que sucedieron un ayer y que ya hoy se evocan como en la vieja leyenda de los campesinos de Bretaña,  que todavía creen oir en las noches las campanas de las torrecillas de la ciudad de Is, desaparecida con la Atlántida y entre el hueco de las olas creen ver asomar en los días de tempestad, la punta de las flechas de sus iglesias y en los días del calma, creen oir, subiendo desde el abismo, el sonido de sus campanas. 

 

En las proximidades de la vejez, es grato oir esos ruidos lejanos de una Atlántida desaparecida.  Hé aquí  por qué he evocado en esta ocasión las bellas palabras del insigne autor de “souvenirs d’enfance et de jeneusse”, y con las cuales inicia su maravilloso canto a la libertad y a la belleza.  Todos llevamos en el alma una Atlántida desaparecida, que es la juventud.

 

Pero la figura del profesor Manrique se hace todavía mas imborrable para los que tuvimos la rara fortuna de ser sus discípulos, se acrecienta aun mas cuando recordamos cómo él inició en Santa Inés una era nueva de penetración del maestro hacia sus discípulos, una camaradería que no se buscaba con el fin de cosechar futuros gajes, sino que era el resultado de una bizarra mezcla de su ciencia y de su corazón que en maravillosa  conjunción hacían la conquista del discípulo.  Cuántas veces,  asidos de su brazo, recorrimos largos trechos dialogando sobre intrincados problemas del protoplasma animal, o de la patología del hombre.  Cuántas veces en estas charlas intimas, nos comunicaba su amor a la medicina, su fe en los destinos de nuestra ciencia que constituye en estos momentos, la piedra angular de la civilización moderna y del bienestar de los pueblos.

 

Con el correr de los años, aquella brillante inteligencia, aquel gran señor, aquel inolvidable maestro que en Santa Inés había contribuido a plasmar y orientar mi espíritu, se hacía mi compañero en la enseñanza y en los sillones que honró con brillo y decoro excepcional en la Academia de Medicina y en la Sociedad de Cirugía.

 

Aquí tambien puede seguir disfrutando de su ciencia y su consejo.  Aquí tambien puede admirar múltiples veces el caudal de su ciencia y el brillo inextinguible de su inteligencia.  Presidió los destinos de una y otra y los anales de la Academia como los de la Sociedad de Cirugía, guardan como tesoros las páginas inolvidables de sus contribuciones a la medicina nacional,  sus intervenciones en los debates científicos o sus discursos de corte académico, profundos por el contenido, hermosos y deliciosos por la erudición.  Oyéndolos teníase la sensación de que la elocuencia fue atributo de la familia Manrique y que los médicos que la enaltecieron, al par de su bella estampa, gozaron el raro don de palabra fácil y armoniosa.

 

                Calcado sobre el tipo de los médicos franceses –había sido alumno de los mas ilustres profesores de fines del siglo XIX-, el profesor Manrique fue un verdadero dominador de la medicina.  Clínico consumado; cirujano empapado de los mas íntimos secretos de la antisepsia, cultivó casi todas las ramas de la medicina y todas las dominó.              Su inteligencia y si inquietud científica desbordaban del vaso y el espíritu que las contenían.  Sus fronteras no llegaron solamente hasta el conocimiento exacto del dolor y de la muerte.  Fueron hasta la biología y la antropología.  Sabía que la historia natural es la primera iniciación que debe recibir el médico y la poseía a perfección.  La tierra hace las plantas, la tierra y las plantas hacen los animales; la tierra, las plantas y los animales  hacen al hombre, dijo con voz de siglos el inmortal Buffón.

Un día se sintió atraído  hacia los problemas del alma.  La neuro-psiquiatría tenía que ser el último secreto de la medicina que él trataba de escudriñar.  La dominó tambien con la inteligencia y con la bondad que debe se cualidad inherente de quienes viven ese mundo de miserias y tragedias humanas.  Por años enteros le vimos como una luz entre las sombras humanas de un viejo manicomio.  Fue tambien el primero que introdujo a nosotros el precioso recurso del choque insulínico como remedio de tántos estados mentales.

 

                Múltiple y protéica la inteligencia del profesor Manrique, le permitió tambien tomar en veces otros rumbos distintos de los de la medicina, que amó tanto y que predicó con celo de apóstol.

Horas enteras podría citar aquí, sus vastas concepciones sobre temas médicos e higiénicos que tambien lo apasionaron.  Pero el hombre científico no puede existir si no está doblado de la personalidad del hombre humano.  La ciencia no es todo.  No lo es por lo menos, para muchos hombres.  Otras aspiraciones mas altas sirven de alas a nuestra ilusión del mas allá.  En el profesor Julio Manrique se conjugó con su espíritu científico, un alma plena de bondad, fue un hombre “bueno”.   Esta virtud de la bondad era innata en él.  Bueno, sin ser débil, pues la bondad puede muy bien conciliarse con la mas grande fuerza de ánimo, con el mas férreo cumplimiento del propio deber.  Su bondad se transparentó todavía mas en los años maduros de vida,  porque ella suele ser tambien el resultado de una visión del mundo, visión en la cual los elementos optimistas sobrepasan a los pesimistas, pues no bondad no puede ser escéptica, sino que debe ser creyente.  He aquí una cima de perfección moral, a la cual pocos llegan y en la que pocos perseveran.  El profesor Manrique fue por esto carne y sangre de la humanidad.

 

Un día sintió que la muerte rondaba a sus puertas.  Sus amigos y discípulos fuimos muchas veces a gozar de su exquisita compañía.  No se alteró su tranquilidad de hombre que sabía que tarde o temprano el fulminante ataque paralizaría su vigoroso corazón.  Con la misma bondad con que calmó los dolores humanos, esperó tambien el suyo.   Y fue tambien la muerte bondadosa con él.  Benigna, como la vida; lo tomó de improviso y se lo llevó al otro lado, en un instante supremo, sin hacerlo sufrir.

Eran las 7 de la noche del 6 de Julio de  1942.   Vino por ultima vez a decir su palabra en la corporación que tanto había amado.  Estaba en la casa que él y su preclaro hermano habían contribuido a levantar.  Silencio y confusión reinan en la sala.  Los dos hermanos ilustres se abrazan ahí mismo en la eternidad.  Despues, sollozos en la sombra.  Se ha ido el amigo, el maestro cuya bondad fue tan grande, como fue grande tambien  su radiante inteligencia.

 

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El doctor Pedro Eliseo Cruz, Profesor de Clínica Quirúrgica de la Facultad,

Pronunció el siguiente discurso:

 

Señoras y señores:

 

Por una inmerecida distinción de las directivas del Club Médico de Bogotá, me corresponde el alto honor de rendir a los mortales restos del Profesor Julio Manrique, el homenaje de mi atribulado corazón, que no sabe encontrar palabras que den expresión adecuada al infinito pesar que embarga a todos los que fuimos sus discípulos en las arduas disciplinas del espíritu;  sus camaradas en las horas plácidas del descanso y del esparcimiento.

                El choque producido por su desaparición inesperada y súbita, conturba el ánimo e inhibe  la mente que, como en todos los grandes desquiciamientos, es incapaz de abarcar en el momento la magnitud de lo ocurrido y sólo puede vagar a la deriva en un mar de encontradas emociones, cual nave sin timón.  Una helada sensación de desamparo, de vacío incalmable, entumece la sensibilidad y embota los sentidos, impidiendo una exacta percepción, y se entabla una lucha tenaz entre la realidad implacable y despiadada,  y los anhelos que pugnan con ella vivamente, queriendo anonadarla.

 

                Sabia Providencia, que así permites a la humanidad soportar los mas tremendos golpes con el lenitivo de la ilusión y la esperanza!

Cuando sobreviene en el hombre el proceso natural que apellidamos muerte, por la ruptura del complejo de materia y energía que constituye los organismos vivos, el colapso definitivo del soporte material libera los atributos energéticos que forman el espíritu, aquilatándolos y emancipándolos de todo lo efímero y perecedero, de modo de conferirles una supervivencia a través del tiempo y la distancia, tanto mas duradera y definida, cuánto mas completo ha sido el desarrollo de los dones espirituales por el noble ejercicio de las facultades de la mente.

 

La vida entera del profesor Manrique fue de una perenne dedicación al cultivo de las mas elevadas facultades del alma.  Indagando en los libros de ciencia y en el libro abierto de la naturaleza, plasmó la reciedumbre de su preparación intelectual:  escrutando los datos patológicos del organismo de sus pacientes, a los que cuidaba con dulzura paternal, obtuvo el acopio de su dilatada experiencia médica;  aplicando el escalpelo de su gran conocimiento en las insanias psíquicas supo,  como pocos, procurar alivio a los enfermos mentales,  que fueron siempre su mas constante afán.

 

Mas no se contentó con adquirir para sí este perfeccionamiento, atesorándolo con egoísmo, sino que, cual labrador infatigable, sembró tesoneramente en el entendimiento de las generaciones médicas la fecunda simiente del saber.  Todos recordamos con gratitud y placer sus amenas enseñanzas, expuestas en forma fácil y asimilable por las juveniles y casi vírgenes inteligencias de sus alumnos del curso de Patología General.

En la Sociedad de Cirugía, de la cual fue uno de los fundadores; en el Hospital de San José, una de las realizaciones mas caras a su corazón;  en la Academia Nacional de Medicina, siempre alumbrada por sus luces; en el Asilo de Locas, que quiso con cariño verdadero y al cual logró imprimir nuevos rumbos, de acuerdo con las normas mas exigentes de la moderna psiquiatría; en el Club Médico, por último, como en su propio hogar, modelo de virtudes, su figura patricia y austera, será perdurable.

 

                Al terminar el cumplimiento de su misión sobre la tierra, su espíritu, desde las esferas superiores, continuará iluminando los senderos abiertos por su mano; su voz amiga habrá de alentarnos en los desfallecimientos y su mirada, augusta y serena, será faro que oriente nuestros pasos en este peregrinar de la existencia.

 

 

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El doctor Arístides Rodríguez Acevedo, dijo:

 

Señoras, señores:

 

No hace aún 24 horas el profesor Julio Manrique vivía entre nosotros ocupando un puesto de avanzada dentro del cuerpo médico colombiano, y uno de preferencia y de respeto en el seno de la Sociedad de Cirugía de Bogotá.  En nombre de esta Sociedad y del Hospital de San José, vengo, en forma modesta pero profundamente emocionada y sincera, a dar el último adiós a quien de manera tan cumplida reunió en su persona las cualidades mas sobresalientes del médico y del caballero.

 

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