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LA EXPOSICIÓN DE PINTURA

 

 

Papel Periodico Ilustrado No. 106 AÑO V Pg. 150

5.Dec 1886.

 

La Exposición de pintura, que tanto honor hace a su organizador el artista colombiano General Alberto Urddaneta es, sin duda, un importante acontecimiento en nuestra incipiente vida social.

 

A pesar de la rapidez con que ha sido organizada presenta un conjunto de cuadros, entre los cuales hay verdaderas obras maestras, y,—digámoslo con franqueza,—como no esperábamos encontrar en Bogotá.

 

Allí están expuestos los trabajos de los alumnos de Escuela de Bellas Artes, que dirige el senor Urdaneta en muchos de los cuales se revelan vocaciones artisticas. Las señoras han contribuido también con su precioso contingente, y los particulares se han apresurado á enviar sus colecciones. De los templos se han llevado varias de las obras del divino Vásquez, nuestra gloria nacional, y algunas de artistas extranjeros, con el bondadoso beneplácito del Ilustrísimo Señor Arzobispo.

 

El público, por su parte, se ha apresurado á acóger; con entusiasmo la obra civilizadora de Urdaneta, lo que demuestra que el gusto artístico comienza á germinar entre nosotros, y que este nuevo elemento contribuira y no poco, como nos enseña la historia ha contribuido en todas partes, á adamar, á dulcificar nuestras costumbres y, sobre todo, nuestro temperamento bélico.

 

Si es cierto que la industria es la unión de la ciencia y del arte; y si aspiramos a ocupar un puesto en el concierto de las naciones civilizadas, secundemos el esfuerzo de Urdaneta y no lo dejemos aislado; continuemos de tiempo en tiempo esta clase de torneos que produciran el mas brillante resultado en el porvenir de nustra industria nacional.

Cremos que la critica es uno de los elementos que más contribuye á los buenos resultados de esta clase de certámenes artísticos, y por eso hemos visto con agrado la disidencia que se ha suscitado entre Reg, cronista de El-Semanario, y el eminente literato señor D. Rafael Pombo.

 

Pombo es entusiasta admirador del pintor mexicano Gutiérrez, y lo juzga á la altura de los más grandes artistas contemporáneos; más aun, pretende establecer que alguno de sus retratos es digno de! pincel de Velásquez ó del Españólete.

 

Reg opina, entre otras cosas, que el mexicano "aun cuando rápido y feliz para concebir y pintar, es grosero si no vulgar en la elección de sus tonos y medias luces.”

 

No sin gran timidez nos atrevemos á dar brevemente nuestra franca opinión en el asunto, por la competencia de las personas con quienes estamos en desacuerdo, por la gran reputación artística que el señor Gutiérrez dejó sentada en esta ciudad, y, más aún, porque el arte que nos sirve de tema de discusión es, según el gran Leonardo de Vinci, "el que mayor suma de conocimientos humanos requiere."

 

Lejos de nosotros la idea de aminorar las cualidades artísticas del pintor mexicano, sería liasta una falta de gratitud. Gutiérrez fundó entre nosotros la Academia Vásquez, en ln cual enseñó por algún tiempo los sanos principios del arte, contribuyendo de esta manera á combatir el método empleado en nuestras escuelas y liceos en la enseñanza del dibujo. Perdía en ellos el estudiante tiempo precioso en la copia de estampas y grabados, ejercicio estéril que no deja ningún resultado sino es el de amanerar al principiante.  

   

Pero se pueden poseer los más puros principios artísticos, y sin embargo ser un mediocre ejecutante. Gustavo Doré, á quien con 'razón se lia llamado el " Miguel Angel del dibujo," nunca pudo pintar, y es fama que desesperado al no poder manejar el pincel con la misma valentía que el lápiz, una profunda tristeza se apoderó de su alma, tristeza que puso fintu á sus días. Cosa semejante sucedió al autor del « buen bock,” á Manct, jefe de la escuela impresionista francesa. Acarició su ;een su fantasía un ideal en materia de pintura que nunca pudo realizar. La concepción surgía en su mente luminosa, viviente, bella; pero al sentarse delante del caballete para darlo forma, un horroroso borrón salía de sus pinceles.  

Zola, en su última novela La Obra, ha sintetizado   magistralmente en Claudio, esa familia de desheredados del arte, víctimas de una aspiración ilimitada a un ideal '   irrealizable, y el protagonista de su obra no es otro sino ,el infortunado Manet, de quien acabamos de hablar.

 

Si en muchos artistas la sed de originalidad ó de perfeccionamiento ha producido,, por decirlo así, " la ipertrofia del yo, "según la expresión de M. Taine, no sucede  lo mismo al pintor mexicano, y, antes bien, peca por el extremo contrario. Su mayor defecto es la falta de sensibilidad; ninguna emoción se nota en sus cuadros ; el artista se conmovía tanto delante de la naturaleza comor  el objetivo de un fotógrafo. En su paleta no existe sino  un solo tono para las carnaciones: el rojo de ladrillo que  estéticamente hablando es vulgar y hasta grosero.

 

Esos "brochazos," esa "franqueza en la pincelada que tanto agrada al señor Pombo, es una cualidad relativa, una cualidad mecánica, si se quiere, que puede dar relieve á la obra del artista, si ella es el signo de raida inspiración, y si va acompañada de un delicado colorido y de una composición inteligente.

 

Oigamos cómo se expresa uno de los más eminentes artistas contemporáneos á este respecto:—" Una preocupación bastante general, aun entre los artistas, es el tiende á dejar creer que la pintura, groseramente ejecutada, es signo de energía en el arte ; es justamente que  lo contrario lo que es verdad. Una ejecución brutal denota casi siempre debilidad, entre tanto que una ejecucion llevada hasta lo último, es en el artista el signo de energía. El más poderoso de los maestros,—ese gigante que inventó un mundo sobrehumano- es, sin contradicion, Miguel Angel. Ahora bien este genio terrible pintaba con delicadeza, y en sus marmoles aparece el más exquisito pulimento. Y Rubens de distinta educación y temperamento, fogoso como el que más, es el autor de esa pintura ligera, sutil y hermosa que todo mundo conoce. Y ni Buonarotti ni Rubens tuvieron que recurrir á procedimientos de albañil que tan sólo atestiguan la impotencia del que los emplea. y que con una aparienria de valentía, hecha para de lumbrar á los inocentes, disimula una grande impericia de lo que en todo arte es más difícil: concluir.

 

Semejante descuido querido ó fingido cuando no impuesto por la ignorancia es pariente cercano de busca sistemática de lo vulgar y de lo trivial. Tales envelecimientos intencionales en el tema y en la composición no son en realidad sino el medio con que se difraza la debilidad para sustraerse al esfuerzo, porque—vosotros sabéis demasiado bien—es cien veces más difícil representar una diosa medianamente hermosa que pintar ni rústica Maritornes, y un buen desnudo no será interpretado ni siquiera á medias por muchos que copiarán maravilla las enaguas y los botines embarrados de ui vagabunda." Tal es la opinión de M. Boulangor, profesor de la Escuela do Bellas Artes de Francia, que citamos solamente para ilustrar el debate, porque creemos que en arte todos los sistemas son buenos—como lo prueba la diferente manera como están ejecutadas las obras de los grandes maestros—con tal que el artista posea esta misteriosa y rara cualidad, que se llama genio.

 

La obra de Gutiérrez, que se exhibe en los claustros de San Bartolomé, se compone en su mayor parte de retratos.  Aparece en ellos á la altura de los más eminentes artistas contemporaneos, como lo afirma el señor Pombo.  

 

El retrato es uno de los géneros más difíciles en el arte de la pintura. El artista, delante de su modelo, deja de ser un simple pintor tornándose sicólogo. El alma, el pensamiento, el interior invisible deben preocuparlo tanto como el cuerpo viviente, y aun más. Si no fuera así, el escultor tan sólo tendría necesidad de amoldar la cara de su modelo, y el pintor sería inútil desdo el día en que existiese la fotografía coloreada.

 

 

En el retrato, del señor Espinosa, que el señor Pombo juzga digno de Velásquez ó del Españólete, se entrevee acaso al hombre sensible y entusiasta que moría contento porque había visto pintar al autor del retrato. La posteridad podrá adivinar que ese bajo relieve al óleo representa al autor de las Memorias de un abanderado, artista y procer? Nada nos dice tampoco el del sentido compositor lírico Ponce de León. Y ese retrato de sucias tonalidades, que inmóvil en medio de la tela, como todos los demás que produjo su pincel, no parece ni triste ni risueño, ni humilde ni altivo, y en el cual no se entreveo pasión alguna,  es por ventura el autor de Hora de tinieblas, de Eda y de tantas otras maravillas literarias, que enaltecen la literatura castellana y que todo el mundo sabe de memoria, menos el autor del retrato? , !Qué pobreza de composición, qué falta de estilo en los dos retraticos, la pianista y la guitarrista! El primero carece completamente de perspectiva aérea; las tonalidades del fondo tienen el mismo valor que los del primer plano ocupado por la señorita que, vestida con un traje de latón, mira hacia el frente en la actitud de quien se encuentra delante de una máquina fotográfica. Y podrá estar á la altura de los más eminentes artistas contemporáneos el autor de ese medio tapete, medio sofá, media cortina, medio cuadro que sirven de fondo á una guitarra y á una guitarrista, que por encontrarse en el centro escaparon al pincel divisor del artista?  

 

Así no pintaba Velásquez, así no pintaban los grandes maestros; sus retratos vivirán a través de los tiempos, porque ellos son esencialmente sugestivos. Independientemente de sus cualidades técnicas, el detalle caracteristico, está tan bien expresado, que son verdaderas páginas de historia, como los de Carlos V, Felipe II, Lucrecia Borgia, el Ariosto, y en general todos los demás de Ticiano.

 

La Yocunda de Leonardo, "esfinge de belleza," como se le ha llamado, sonríe tan misteriosamente en su cuadro, que parece proponer á la admiración de los siglos un enigma que aun no ha sido resuelto.. Y como está do bien divinizada la melancolía, en la expresión de esa virgen parricida que inmortalizó el pincel de Guido Reni, de la cual hay varias copias en la Exposición.

 

"El retrato de Juana de Aragón, que se encuentra en el Museo de Louvre, ejerce una verdadera fascinación sobre el espectador; imposible olvidarlo cuando se ha visto una vez; Juana es uno de esos tipos de perfección ¡menina que uno ve á veces en ensueños y que desespera de encontrar sobre la tierra."

 

Juzgar digno del pincel de Velásquez alguno de los retratos de Gutiérrez es una verdadera herejía artística; tan grande, que entre los mismos maestros hay muy pocos que se atreviesen á semejante pretensión.

 

“ Velásquez, dice Teófilo Gautier, se coloca naturamente entre el Ticiano y Van-Dyck como pintor de retratos; su color es de una armonía profunda y sólida, de na riqueza sin falso lujo y que no tiene necesidad de deslumbrar. Su magnificencia es la de las viejas fortunas hereditarias : callada y apacible. Nada de rojos escandalosos, ni de verdes ó azules deslumbrantes ; nada de centelleos; nada de detalles inútiles.Todo es graduado,anortiguado, pero de un tono caliente como el del oro antiguo, ó de un tono gris como el de la plata mate de una vagilla de familia. Las cosas vistosas y chillonas son buenas para los PARVENUS, y D. Diego Velásquez de Silva, es demasiado gentil-hombre para  hacerse notable de esta manera.  

 

" Su exactitud en la mirada era tal, que aun cuando sólo pretendiera copiar, penetraba en el alma del modelo y pintaba al mismo tiempo al hombro interior y al hombre exterior. Sus retratos nos cuentan mejor que todos los cronistas las memorias secretas de la Corte de España. Ya los represente en traje de gala, á caballo ó en vestido de caza, ó con el arcabuz en la mano y el lebrel a los pies, siempre se reconoce en esos Reyes, Reinas o infantas de faz pálida, labio rojo y recia barba, la degeneración de la raza de Carlos V y el avillanamiento de las dinastías agotadas. Aun cuando pintor de la Corte, él nunca supo adular sus reales modelos; y á pesar de  lo gastado del tipo, la calidad de estos altos personajes no puede ponerse en duda. Y no es que no supiera pintar al genio : el retrato del Conde-Duque de Olivares, noble, imperioso, lleno de autoridad lo prueba de una manera irrecusable. Cuando no podía prestar fuego á estos tristes Sires, les daba la majestad fría, la dignidad aburrida, el gesto y actitud de etiqueta, y envolvía el conjunto en su magnífico colorido; dejando así pagada la alta protección do su amigo coronado."

 

P. do San-Víctor llamó alguna vez á Víctor Hugo, el grande de España de la poesía ; que se nos permita, parodiando su idea, llamar á Velásquez " el grande de España de la pintura." Ninguna otra calificación podrá convenirle mejor.

 

El pintor no debe ser un simple copista; él inventa aun cuando se limite á traducir, porque lo que la naturaleza ejecuta por un sistema de medios y valores, él está obligado á ejecutarlo por otro sistema diferente de valores y medios. El artista es, pues, un intérprete ; el arte es la naturaleza vista al través de un temperamento; cuando ese temperamento no existe, la obra de arte no puede existir tampoco. Aforismos son estos conocidos de todos los que se ocupen do esta clase de estudios, y que el señor Gutiérrez hacía olvidar cuando empuñaba sus pinceles.  

 

Y no se nos diga que la luz del claustro de San Bartolomé es desfavorable á la obra del mexicano. En cualquier parte, y con la luz más propicia, las carnaciones del señor Gutiérrez no dejarán de ser exageradamente rojas, las medias tintas aparecerán siempre sucias, las sombras carecerán de trasparencia, y sus modelos permanecerán mudos. En resumen, alumbrados con la mejorr luz perpendicular, y aun cuando el espectador haga uso do la escala do tijera que le aconseja el señor Pombo, ni aquellos retratos allí reunidos no dejarán de parecemos los miembros de una misma familia alemana de bebedores de cerveza.

 

A la misma luz están expuestos los cuadros del divino Vásquez, y no por oso dejan de producir en nosotros la más pura emoción estética : era que Vásquez amaba, era que Vásquez creía, y en ese amor  y en esa fe ardía cuando liacía surgir de sus lienzos la madre del divino Dios, o uno do osos Evangelistas en actitud de meditar, á cuya  mirada se ve levantar un nuevo mundo moral!

 

Quien quiera darse cuenta exacta de la diferencia que existe entro el genio y la habilidad, entre la obra de un artista y la de un prestidigitador, comparo la Concepción de Gutiérrez, pobremente concebida, mal dibujada y peor pintada, con cualquiera de las vírgenes de nuestro Vásquez, que se ven allí mismo; compárese el San Francisco en éxtasis, propiedad del señor Urdaneta, con  esos San Jerónimos, mendigos sin santidad, que tanto agradaba pintar á Gutiérrez, y cuya viste nos produce la más desagradable impresión.

 

 

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