Inauguración del Hospital de San José

 

 

            El Presidente de la Sociedad de Cirugía de Bogotá, Carlos Tirado Macías, pronunció el discurso de rigor frente al busto en bronce de Juan Evangelista Manrique, el 8 de febrero de 1925 en la inauguración del Hospital de San José, en Bogotá, D. E.

 

            “Señoras, señores, miembros de la Sociedad de Cirugía: Manos maestras, inspiradas en el afecto y la admiración que sabía despertar el primero de nuestros hombres de ciencia, permiten que podamos contemplar en ese instante, eternizada en la elocuencia severa del bronce, la figura dulce de Juan E. Manrique, que será de hoy en adelante como el numen tutelar cuyos ojos insomnes y amorosos vigilarán a toda hora este recinto augusto que el soñó para refugio de los que caen vencidos en esta pugna eterna que sostiene la humanidad con el dolor.  Sencillo en su forma, pero de importancia trascendental, es el homenaje que tributamos hoy a este reformador audaz, que fue uno de los primeros en enfrentarse recientemente contra los viejos y empíricos dogmas que señoreaban en su época las ciencias médicas nacionales. El método experimental tuvo en Manrique uno de sus apostolados más fervorosos y era de ver cómo aquel cerebro enriquecido con las más altas conquistas científicas de su tiempo trasladaba a nuestro medio incipiente haciéndelos triunfar con su pasmosa habilidad, los modernos sistemas del arte de curar, que hoy son verdades elementales para todos, pero que en aquella época demandaban una voluntad de acero para acallar los oráculos de los prejuicios, y un corazón puesto en la mitad del pecho para arrimarse piadosamente a todos los dolores. ¡Grande hombre Manrique! Apenas traspasados los umbrales de la adolescencia, dejó las universidades de París y Londres, trayendo de la primera de ellas el título laureado, para venir a ofrecerse todo entero a la patria, en cuyas aras colocaba diariamente a modo de ofrenda suprema esos gajos de flores, unas veces, de espinas otras, que recogen las manos de los que luchan contra las asechanzas del dolor. La patria, en cambio, fue pródiga con el hijo dilecto: rodeó su nombre de un prestigio científico que jamás se ha repetido entre nosotros, y entrególe a su ser moral, que solo era superior a su ser intelectual, los padecimientos de innúmeros hogares. Y allí, hasta las cunas y hasta los lechos, ya de los poderosos o ya de los humildes, supo llevar recursos triunfadores que desconcertaban siempre por la sutileza del análisis, o palabras encendidas en la resignación de su apostolado cuando, impotente para la lucha, las victimas rodaban de los brazos del sabio a los lobregueces de la muerte. Las intensas disciplinas científicas a que Manrique sometía diariamente a su inteligencia, hicieron de él, avezados a apreciar hasta los más mínimos detalles; y sus manos diminutas que, a manera de interrogantes inquietos, recorrían el cuerpo del enfermo en busca del secreto del síntoma; y sus oídos hechos para apreciar todas las tonalidades del sonido, fueron muníficos dones naturales que completaron en Manrique el artista supremo que debe ser el clínico. De allí que su diagnóstico tuviera ese algo esencialmente personal e intransmisible que caracteriza la obra de todo hombre superior. Tocóle a Manrique en su penúltima permanencia en Francia asistir al resurgimiento del arte quirúrgico que, apoyado en las doctrinas pasteurianas que enseñaban a dominar la infección, permiten a los cirujanos penetrar victoriosamente en cavidades orgánicas, en las cuales habían dejado casi siempre el germen de la muerte las manos atrevidas de nuestros abuelos. Al frente de esa revolución científica aparecían como figuras de primera magnitud  Doyen, amigo y condiscípulo de nuestro compatriota, y el gran Reclus, cuyo natural levantisco y duro tornábase suave para hablar del cariño y de la admiración que profesaba a su antiguo discípulo Manrique.  Y estos dos maestros, desaparecidos también, pero cuyos nombres vivirán la vida de la inmortalidad, fueron como dos artífices supremos que adiestraron las alas del espíritu de Manrique para lanzarse al nuevo y dilatado campo, en el cual había que luchar, pero también había que vencer. Imbuido en estas ideas regreso Manrique, después de aquella gira fructuosa, y sin darse tregua ni reposo comenzó su labor evangelizadora, ya en propia casa, en donde reunía  a los adolescentes que empezábamos a frecuentar entonces los claustros de San Juan de Dios, para poner al alcance de nuestra inteligencia lo que en los libros hallábamos abstruso, pero de que sus labios fluía diáfano y sencillo; ya en “El Campito”, en donde, con la colaboración de jóvenes que regresaban también de Europa, logró, después de remover obstáculos sin cuento, organizar una incipiente Clínica Quirúrgica, que dio los primeros éxitos en altas intervenciones; ya en su basta clientela particular que, dominaba por su autoridad de médico eximio y de cirujano cuyo nombre crecía instante por instante, terminaba por aceptar la operación que, propuesta por otro, hubiera sido temida y rechazada. Pero comprendiendo que el nuevo arte, ya rico en prosélitos entusiastas, necesitaba para llegar a la altura alcanzada en medios menos hostiles, salir de los viejos edificios coloniales, en donde lo ha retenido la pobreza nuestra y aberraciones inexplicables, concibió con sus compañeros de labores la idea de construir un hospital moderno, cuyos planos y dirección suprema confiaron a Pietro Cantina. Y el genial arquitecto, en íntimo contacto con la Sociedad de Cirugía, fundada desde entonces, se puso al servicio de la empresa generosa con abnegación y desprendimiento tan grandes que, sólo cuando las nieves de la ancianidad soplaron sobre él, hubo de retirarse de esos muros sacros, que conservan en mármol su nombre inmaculado, dejando realizada la parte más importante y difícil de la obra, cuyo continuador ha sido José Mendoza, modesto hijo de nuestras clases trabajadoras, que, con las manos encallecidas por catorce años de labor incesante, acaba de dar los últimos retoques al edificio espléndido, que en un principio pareciera utópico a los que no supieron orientar sus ojos hacia los horizontes del futuro. Narrar la historia de la Sociedad de Cirugía es equivalente a poner de manifiesto cuánto hay de noble pero también cuanto hay de cruel en las luchas de los hombres. Al llamamiento de la benemérita institución acudió solícita la caridad bogotana bajo los nombres que se ostentan en lo alto de estas portadas, por donde entró silenciosamente el oro ávido de apagar gemidos y de aliviar miserias; acudieron con su óbolo nuestras mujeres, para la erección del pabellón que lleva el nombre de la hermana mayor de ellas, cuya sangre empapó el patíbulo, de donde brotó una herencia sublime de amor por los que sufren; y acudió también la dádiva oficial,  por que la obra se delineaba con perfiles patrióticos y grandes, pero como los años pasaban y la obra no finalizaba con la celeridad que deseaban los que no querían darse cuenta de la serie de obstáculos que a diario surgían ante el magno empeño, llegaron a ponerse en duda los móviles altruistas de la Sociedad de Cirugía que, con paciencia benedictina, esperó este instante para que el dolor no tenga categorías. Cuatro lustros van corridos desde la colocación de la primera piedra del Hospital de San José, que de seguro hubiera podido vivirlos Manrique si súbita dolencia no hubiera aquietado para siempre aquel corazón vinculado por una adhesión sin límites a esta obra de amor y de piedad. De seguro la Sociedad de Cirugía hubiera reservado para él el honor insigne de entregarle este asilo suntuoso a la ciudad capital que él amaba con ternura de niño de cabellos grises, porque mil veces lo vi, desde una dulce costa francesa tender, húmedos de emoción, los ojos aquilinos, en pos de las velas que inflaban sobre la ruta azul del mar, con rumbo a las playas del rincón lejano que arrullo sus sueños de adolescente y coronó sus conquistas purísimas de apóstol. Pero quizás la Sociedad de Cirugía, para dar una prueba más elocuente de la alteza de miras que tantos le negaron, escogió la más oscura, la más insignificante personalidad de cuantos la integran, para confiarle el hermoso mandato que hubiera guardado para el más preclaro de sus hijos. Y ésta y no otra es la explicación de por qué son mis manos las que, agitadas por el temblor de las grandes emociones, abren hoy de par en par las puertas del Hospital de San José a todos los que caen vencidos en esta pugna eterna que sostiene la humanidad contra el dolor”.