CLINICA QUIRURGICA

JUAN E. MANRIQUE

 

DISCURSO DE APERTURA

 

 

DEL PRIMER CURSO DE CLINICA QUIRURGICA

DE LA FACULTAD DE MEDICINA

 

 

Al inagugurar la enseñanza official de Clínica Quirúrgica, que ha tenido a bien confiarme el Gobierno por el digno órgano del Ministro de Instrucción Pública, debo en primer lugar saludar a los que van a ser mis discipulos, con el acento de quien implora un beneficio, porque, tras veinte años de alejamiento del querido claustro, años que para mi han transcurrido velozmente en activa lucha por resolver los problemas clínicos que a cada paso se me han presentado en el ejercicio activo de la práctica civil,  tras veinte años de aislamiento científico y abandono de casi toda comunion  con la juventud; principio ya a resentirme de los malos efectos del anacoterismo cientifico a que las circunstancias me han obligado, y experimento ardiente deseo de buscar el roce con la juventud estudiosa, de aprovechar los destellos luminosos de generosidad y abnegación, que son el mas bello rasgo característico de vuestra edad,  para combatir asi el egoismo frío que poco a poco va sembrando el andar del tiempo, en los pechos de los luchadores por un gran bien o por un grande ideal.

 

Señores:  Al volver a recorrer estas salas, en las cuales pase los mejores años de mi vida, no puedo prescindir  de evocar el recuerdo querido de los maestros que aquí dirigieron mi enseñanza  y formaron mi criterio cientifico.  Como fiel discipulo de la Facultad de París, respeto los preceptos deontológicos  contenidos en el juramento  de Hipocrates, y por eso  venero la memoria de mis maestros como la de mis padres, y espero poder querer a mis discipulos como si fueran mis hijos.  Al presentaros en rápido esbozo a los dos profesores de clínica que honraron  estas salas allá por los años de 1878 a 1881, cumplo con un anhelo de mi alma y os dejo comprender tambien el porque de los metodos que me propongo seguir al trasmitiros el resultado de mi experiencia en el estudio de los enfermos de nuestras salas.

 

Los servicios en aquella epoca no estaban especializados, y los profesores Jose Vicente Uribe y Manuel Plata Azuero, enseñaban ambos la clínica medio-quirúrgica, realizando de esta manera el anhelo actual de nuestra ciencia, que quiere que dentro de cada medico haya un alma de cirujano, y dentro de cada cirujano un criterio de medico.  Era Jose Vicente Uribe un espíritu independiente, un filósofo determinista enamorado de las doctrinas proclamadas en el siglo XVII por Bacon  y Descartes, las cuales, indicando el metodo general que conduce al descubrimiento de la verdad, rompieron el yugo  de la teocracia  y de la metafisica bajo el cual estuvo anonadada la ciencia en la larga noche medioeval y abrieron el camino que  habían de recorrer Harvey, Spallanzani, Haller, Van-Swieten, Lavoisier, Fontana, Bichat Magendie, Claudio Bernard, Brown Sequard, y tras de ellos Pasteur con la incontable generación de sabios  que han llevado nuestra ciencia hasta el punto en donde la contemplamos hoy.  Empapado en las lecturas de los clásicos, luchaba siempre Uribe en sus conversaciones clínicas, por poner de acuerdo el hecho observado con la noción fisiológica adquirida por la experiencia, y con la lesion anatomo-patológica, que siempre nos hacia buscar en el anfiteatro, pues tenía la ventaja  de desempeñar tambien aquella cátedra.  Lleno de dulzura para con sus enfermos y sus discipulos, parecía siempre como abstraído en la contemplación de un ideal, y con mucha frecuencia le sucedía que al tartar del hecho en apariencia mas banal, lo traicionaba su imaginación de poeta-filósofo y se dejaba ir a la enunciación en diferentes idiomas de las doctrinas de Aristoteles, de Bacon, de Leibnitz, de Comte o de Claudio Bernard.  Para decirlo todo de una vez, Jose Vicente Uribe era un filósofo extraviado en una enfermeria; con mas elementos habría fundado la filosofía patológica, asi como Bernard fundó en el Colegio de Francia, la filosofía biológica, derribando las antiguas teorías sobre la espontaneidad de los seres vivientes y sobre las fuerzas vitales.  Era un esceptico en terapeutica y por eso dejaba a sus discipulos la mas amplia iniciativa en el cuidado de los enfermos.  Recuerdo que en una epidemia de fiebre tifoidea, de esas que con tanta frecuencia saturan las salas de este hospital, en la epoca en que cada autor proclamaba como el major el tratamiento que proponía, Uribe se propuso hacernos ver que no había tratamiento medicamentoso para esta enfermedad, y me hizo a mi, su interno, dividir  los enfermos en series, tratando a los unos  con la medicación evacuante sistemática de Grisolle y Moneret, a los otros con la quinina, como entonces aconsejaba Landouzy, a estos con el ácido salícilico, como lo indicaba Rabuteau, y a los demas con la simple dieta.  Los resultados fueron completamente favorables a la medicación expectante, lo cual acentuó mas el escepticismo del maestro y quiza lo hizo incurrir en algunos errors; mas como el error es un hecho positivo en la ciencia, aquellos en que pudo incurrir tuvieron tambien grande influencia en la educación de sus discípulos, cuya libertad de examen y de criterio era el el primero en respetar.    Siguiendo las doctrinas que reinaban entonces, practicó el primero en este país y en este Hospital, asociado con el Sr.Dr. Juan David Herrera, a quien le estare siempre agradecido por el honor que me hace, asistiendo a esta Conferencia, la transfusion  de la sangre, pensando que los globules rojos continuaban viviendo en el organismo del enfermo, y que así combatía la hipoglobulia tan frecuente en los enfermos que se observan en estas salas.  Entonces no se hablaba de antisepsia y mucho menos de asepsia.  Las septicemias medicas y quirúrgicas abundaban, y había una sala destinada para alojar a los atacados de lo que llamábamos podredumbre de Hospital.  No admireis, pues, solamente al maestro, sino a los discipulos que no vacilámos en ofrecerle nuestro brazo para que pusiera nuestra vena en comunicación con la del infeliz paciente!.

 

            Tal era Uribe en el Hospital.  Su cerebro poderoso encontraba esa órbita demasiado estrecha para ejercitar su actividad, y por eso su vida tiene otras fases que a mi no me es dado estudiar desde esta catedra, y solo os dire, para ser completo, que exploró nuestras selvas incultas, jugando la vida en compañía de su amigo el venerable y venerado por todos nosotros, Dr. Juan de Dios Carrasquilla; que demostró abnegación y caridad infinitas recogiendo y curando heridos en medio del fragor de las batallas de nuestras mil veces maldecidas guerras civiles; que fue Senador de la República y Ministro de Instrucción Pública.  Una fiebre tifoidea, contraida en el ejercicio profesional, lo arrebató al amor de su familia y al cariño y respeto de sus discipulos, ya va para doce años.

 

El profesor Manuel Plata Azuero fue uno de los mas perfectos modelos del medico de su epoca.  Espíritu a la vez ardiente y práctico, tuvo fe sincera en la eficacia de la terapeutica y en la potencia de la cirugía.  Era un professor admirable, atraía a sus discipulos con el calor de su dicción y con el entusiasmo con que contemplaba el problema, y la rapidez con la cual lo resolvía.  Doctor en medicina a los 19 años, rico, vigoroso, lleno de talento e irresistiblemente simpatico, Plata Azuero recorrió en los 50  años de vida profesional todas las fases prósperas o adversas que pueden presentarse en la peregrinación a traves de la vida humana.  Fue mimado de la suerte durante su juventud.  En el Departamento de Santander, su patria, los enfermos acudían a el como las legions de peregrinos que buscan la piscine milagrosa.  Dotado de portentosa actividad, a todos atendía, los consolaba, y a muchos curaba.  Despues de un activo ejercicio profesional, durante el cual aumentó su peculio y comprendió cuales eran los vacíos de sus conocimientos, se fue a París, en donde completó su educación medica bajo la dirección de Trousseaux, de Chassaignac, de Recamier, de Maissoneuve y de Nelaton.   De regreso a la patria, su fama creció de tal manera, que habiendo llegado por la vía de Maracaibo, empleó mas de dos años recorriendo las poblaciones del Norte de la República, en medio de multitud de enfermos que lo acompañaban, o que salían a recibirlo antes de llegar a las capitals.  Había adquirido al lado de Maissoneuve todos los conocimientos necesarios para ser un hábil cirujano, y no creo exagerar si os digo que pudo en muchos casos superar a su maestro, pues a la habilidad de manos, a la rapidez y precision de los cortes y de las maniobras que hacían admirar a Maissoneuve, unió Plata Azuero la imaginación tropical, la cultura latina, la prodigiosa memoria y el verbo facil que tanta falta le hicieron a su maestro.