La receta de Juan Evangelista

De Germán Arciniegas

(El Tiempo)

 

 

            Arreglando libros, que tuve entre cajas veinte años y que ahora redescubro, halle entre versos de Jose Asunción Silva una receta del Doctor Juan Evangelista Manrique.  Esta fechada el 11 de Mayo de 1896.  Manrique era, ademas de medico, un humanista.  Silva le visitaba con frecuencia.  En el espacio de dos semanas le vio, cuando menos, dos veces.  La primera vez, Silva le debió hablar de su depression nerviosa.  El doctor Manrique le entregó entonces la receta que guardó entre mis papeles.  La segunda vez, Manrique le dibujó sobre el pecho el lugar del corazón.  Esa noche el poeta apoyó la boca de su revolver sobre el dibujo y disparó.

 

            La receta de la primera visita dice así:

 

1.      Tintura de Ipeca.

Tintura de Colombo        8 gramos

Tintura de Genciana

Cloroformo puro KL goats

M. Fíltrese y R.  “Las Gotas”

Media hora despues del almuerzo y de la comida tomará diez gotas en un pocillo de agua caliente.

 

2.      Salol:  15 gramos

Polvo de Belladona 0,30 centigramos

M. y D. en 30 obleas

Al levantarse y al acostarse tomará una oblea.

 

3.      Puede alimentarse con sopas espesas, de consistencia de mazamorra, huevos tibios, y carnes blancas frescas y leche.

 

J.E.Manrique

 

 

            Cuenta Manrique en sus recuerdos íntimos que Silva leyó la receta y anotó:  “Ya la práctica te esta volviendo empírico…. Entonces me preguntó si era cierto que la percusión permitia establecer, con cierta exactitude, la forma y las dimensiones del corazón.  Me preste gustoso a satisfacerlo y con un lapis demográfico trace sobre el pecho del poeta toda la zona mate de la region precordial.  Le asegure que estaba normal ese órgano, y para dar mas seguridad a mi afirmación, le dije que la punta del corazón no estaba desviada.   Abrió fuertemente los ojos y me preguntó dónde estaba la punta del corazón.   Aquí- le dije trazándole en el sitio una cruz con el lapis que tenía en la mano. -  Muy bien- dijo tranquilamente el poeta- acabas de hacerme un gran favor”.

 

            Sin quererlo, el doctor Manrique facilitó a Silva el camino de la muerte.  Diez años mas tarde, en misión menos dramática, ayudó Manrique a Ruben Dario para que se iniciará en la vida diplomática en España.   El presidente Zelaya había designado a Dario para que llevara la representación diplomática de Nicaragua en España.  Dario llegó, así a una de las mas viejas Cortes de Europa.  Debía presentarse ante el rey, y no tenía uniforme.   Se hospedaba en el Hotel de París,  allí recibió la visita del instructor  de embajadores, conde Píe de la Concha, noble gentilisimo, y el aviso de que el rey quería recibirlo cuanto antes, pues debía partir de Madrid.  Escribe en sus memorias: “Todavía un día antes (de presentar credenciales) andaba yo en apuros, porque no había recibido de París mi flamante y dorado uniforme.  Felizmente me saco del paso mi buen amigo el doctor Manrique, ministro de Colombia: el hizo que me probara el suyo y me quedó a las mil maravillas; y he aquí como el antiguo consul general de Colombia en Buenos Aires fue recibido por el Rey de España, como ministro de Nicaragua.    Con uniforme  colombiano”.   En aquellos tiempos los latinoamericanos estaban muy bien integrados.   Torres complementa los recuerdos de Darío con esta información:  “Su secretario(el de Dario), el ineffable Sedano, revistió, para asistir a la misma ceremonia, otro uniforme prestado:  el que le facilitó, amablemente, nuestro Amado Nervo”.

 

            No se crea que el doctor Manrique era solo el hombre bueno que recetaba ipeca y belladonna, dibujaba el corazón y prestaba su uniforme> Laureado en la Escuela de Medicina de París fue uno de los grandes cirujanos de su tiempo, profesor eminente y conversador maravilloso.  De su vida de estudiante se recuerda esta anecdota.  Había una pobre enferma, anemica, cuya vida estaba a punto de extinguirse a causa de una serie de hemorragias.  Una transfusion de sangre podría salvarla.  Aquello ocurría en el hospital de San Juan de Dios.  Manrique no lo pensó dos veces.   Estaba de practicante del servicio, ofreció su sangre, y salvo a la enferma.   Esto ocurrió poco menos de un siglo.

 

                                                                                                GERMAN ARCINIEGAS