SEGUNDA VERSION:

 

LA VISITA

 

Por GERMAN ARCINIEGAS

 

 

 

Eran los Manrique, como por tradición, gentes de mucho ingenio.  Poetas, medicos, periodistas.  No había actividad de la inteligencia, del saber, en que no se encontrara un Manrique.  Lo mismo en España que en nuestra tierra.  Cuando Jose Asunción se encamina a su encuentro con Juan Evangelista, le asalta el recuerdo de unas coplas de Jorge Manrique, viejas ya de varios siglos, con una musica asordinada que ya había estado en la raíz de su propio nocturno:

 

            “Recuerde el alma dormida / Avive el seso y despierte / Contemplando / Cómo se pasa la vida, / Cómo se viene la muerte / Tan calando….”

 

En cada ventana arrodillada de las casas que bordean la calle que va recorriendo Jose Asunción, yendo de su casa a la de Juan Evangelista, se asoman cantidades de flores que forman un pequeño jardín vertical.  Como por ahí muestran su frescura, tras las rejas de Madera, las mozas codiciadas.  A las plantas de ese diminuto jardín, las llaman novios.  Jose Asunción no mira el jardín ni mira a las mozas.  Sus pasos son los del hombre que camina entre la vida y la muerte.  Vuelve otra vez a acordarse de Jorge Manrique:

 

            “Cuán presto se va el placer, / Cómo despues de acordado / Da dolor; / Cómo a nuestro parecer / Cualquiera tiempo pasado / Fue major, / Y pues vemos lo presente / Cómo en un punto se es ido / Y acabado, /  Si juzgamos sabiamente / Daremos lo no venido / Por pasado, / No se engañe nadie, no,  / Pensando que ha de durar / Lo que espera / Mas que duró lo que vió; / Porque todo a de pasar / Por tal manera, / Nuestras vidas son los rios / Que van a dar a la mar, / Que es el morir; / Allí van los señoríos / Derechos a acabar / Y consumer, / Allí los rios caudales, / allí los otros medianos / Y mas chicos, / Allegados, son iguales, / Los que viven por sus manos / Y los ricos”.

 

            Y así, entre copla y copla, Jose Asunción llega a tocar a la puerta del medico, entra, cuelga la capa, y comienza el coloquio con su amigo.  Se sienta y pone la mano sobre una calavera que Juan Evangelista tiene en el escritorio como acostumbran los medicos.   Como el principe, piensa: “Ser o no ser….” Jose Asunción regresa.  Al día siguiente Juan Evangelista recibe la noticia que sorprende a todo Bogotá.  A nadie como a el le llega tan directa.  Lo ve sentado frente a el, su larga mano fina de aristócrata  sobre el cráneo de su escritorio y recuerda, porque se lo sabe de memoria, el monólogo del Principe en la comida de Shakerpeare que Jose Asunción debía estar pensando mientras lo entrevistaba la víspera:

 

            “Ser o no ser: he aqui el problema!  Que es mas levantado para el espiritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un pielago de calamidades y, haciendolas frente, acabar con ellas?  Morir…. Dormir, no mas!  Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturals conflictos que constituyen la herencia de la carne!  He aqui un termino devotamente apetecible!  Morir… dormir!   Dormir!.... Tal vez sonar!

 

Si ahí esta el obstaculo!  Porque es forzoso que nos detenga el considerar que sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!  He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio! Porque quien aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la frente del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente merito recibe del hombre indigno,  cuando uno mismo podría procurer su reposo con un simple estilete?  Quien querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, sino fuera por el temor de un algo despues de la muerte –esa ignorada region cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno-, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos?

 

            Asi la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes; y asi, los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento,  y las empresas de mayores alientos e importancia, por esta consideración, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción.   Pero silencio!..... La Hermosa Ofelia! Ninfa, acuerdate en tus plegarias de mis pecados”.