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Una Vida Ejemplar

 

Dr. Juan Evangelista Manrique

Por Luis E. Nieto Caballero

El Tiempo de Bogota

 

            Hoy hace cuarenta años, murió en San Sebastián, la linda ciudad de España, uno de los hombres de más dinámica, atractiva y útil personalidad que haya visto el país en toda su historia. El doctor Juan Evangelista Manrique, a quien me refiero, descolló como médico, como cirujano, como orador, como político, como diplomático, pero sobre todo como hombre, de un poder fascinador, por la inteligencia, por el corazón, por el desinterés, por la entrañable adhesión a la tierra y a la patria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                              Plumilla original de J.E. Manrique

 

 

         Genoveva Lorenzana de Manrique      

 

 

            Hijo del doctor Carlos Manrique, médico ilustre, profundamente amado por su espíritu caritativo y por la manera paternal como trataba a los humildes, Juan Evangelista fue miembro de una familia privilegiada. Todos sus hermanos sobresalieron: Pedro Carlos el mayor, en artes y filosofía Julio el menor en medicina,; Lorenzo y Clímaco, en abogacía; Francisco en ingeniería, y doña María, la única hermana, en la dirección de un hogar ejemplar, que formó con el doctor Jorge Boshell, cuyos hijos habrían de continuar la tradición gloriosa de los antepasados.

 

            En su reciente y admirable libro, “Precursores de la cirugía en Colombia” el profesor Alfonso Bonilla Nazar, que tanto se ha distinguido en la práctica y en publicaciones científicas, recuerda como el doctor Juan Evangelista Manrique fue laureado en la universidad de París y fue el iniciador de la cirugía ginecológica en Colombia. El doctor Eliseo Montaña, en su espléndida tesis de grado, había afirmado que el doctor Manrique fue quien primero práctico la laparotomía en Colombia. Fue el primero en Bogotá, porque según datos encontrados en otras obras por el doctor Bonilla Nazar, fue el doctor José Ignacio Quevedo a quien le correspondió tal honor en Medellín varios años antes. De todas maneras agrega el doctor Bonilla, “la operación de Manrique, practicada en asocio de Juan David Herrera, José Vicente Uribe y Carlos Manrique, fue la primera histerectomía practicada por nosotros vía abdominal.”

 

            El doctor Manrique tenía fama de arriesgado, mejor sería decir de seguro, de hombre con suficiente confianza en su ciencia y en su pulso. El doctor Abraham Salgar, tan noble como  acertado, había dicho del doctor Manrique: “Como cirujano poseía rara destreza y un sentido que podríamos llamar artístico”. Cada operación que realizaba era como un examen, como una suerte, como una obra de arte. Su reputación crecía con cada una de ellas. Llegó a adquirir categoría de mago. Reunido con otros profesores de su talla, fundó en 1902 la Sociedad de Cirugía, de donde salio el moderno hospital San José, uno de cuyos pabellones lleva actualmente el nombre del sabio y del maestro que tanto de su alma puso  en el empeño, de dotar a Bogotá de ese nuevo baluarte contra la enfermedad y contra la desgracia.

 

            Yo llegué a decir en alguna ocasión, fiel como he sido a esa memoria profundamente querida, que el doctor Manrique curaba, como los taumaturgos, con la simple imposición de las manos. Quizá más eficaces que sus remedios eran sus palabras, su sonrisa, su mirada de compresión y de fe, su optimismo, todo lo que sonrientemente le hacía creer al enfermo, a quien le ponía alas para que volara por los espacios de la imaginación y se diera por curado y por feliz, mientras las pócimas podrían quedarse en los frascos.

 

            El mismo entusiasmo, la misma confianza llevó a todo. Fue varias veces miembro del Director Liberal, espíritu revolucionario que un día encabezo un motín  a grito, repetido por el señor Caro, de “Viva la república con honra”, y a la salida de una fiesta de carreras, en compañía de un centenar de los entonces cachacos bogotanos, llegó a caballo hasta el palacio presidencial, resuelto hacer cambiar la situación que al liberalismo y a los conservadores históricos les parecía desesperante. Más tarde, en 1899 fue miembro del directorio enemigo de la guerra y afronto la impopularidad por sostener sus puntos de vista cuando ya en los campos de batalla estaban sonando los fusiles y las dianas.

 

            Al lado de los grandes jefes de la guerra, Uribe, Uribe y Herrera, al llegar la hora de la concordia, apoyó al gobierno del general Rafael Reyes y fue miembro de la Asamblea Nacional, donde pronunció grandes discursos, entre otros uno para oponerse en la forma más suave y caballerosa, pero más republicana, a la prolongación a diez años del mandato del presidente, que jamás debe estarse calculando con tanta anticipación, entre otras razones porque despierta la tentación ante el temor del abuso dictatorial, de tumbarlo.

 

            Más tarde, en París, a donde llegó con el carácter de ministro plenipotenciario de Colombia, en una carta trascendental que le dirigió al doctor Luis Martínez Silva y que éste publicó en su importante folleto “Contestación inevitable”, manifestó que no estaba arrepentido de su conducta porque, en compañía de quienes lo habían acompañado, se había situado entre las espaldas de las víctimas y el látigo de los verdugos, recordando siempre que ya en la agonía, el doctor Salvador Camacho Roldán le había dicho que era muy grande la responsabilidad, que ante el partido tenían los civilistas, obligando luego por su posición a ser el puente entre el pasado que se enterraba y el porvenir que nacía.

 

            Amigo de mis padres y médico de mi casa, desde la infancia conocía yo al doctor Manrique y recordaba cómo, en la guerra, había sido él, en compañía de otro sabio, médico también de mi casa y amigo queridísimo, el doctor Hipólito Machado, quién había encabezado al grupo de médicos que establecieron la Cruz Roja y fueron a los campos de batalla a llevar el consuelo, y en muchos casos el remedio eficaz, de sus auxilios, a los que caían de cara la ideal pero desangrándose, con el cuerpo perforado, con el cráneo roto. Inmenso cariño, pero algo instintivo, sin razones, que pocas son las que alega la infancia, me ligaban al doctor Manrique. Fue en París, ya hombrecito, cuando vine a sentir, a saber, lo que valía, para quedar prendido en ese muro como una enredadera.

 

            No había nada noble, cordial, patriótico, sentimental, artístico, intelectual, que no hiciera vibrar en él de modo intenso una cuerda. Al lado de la medicina, en la literatura, él había sido el confidente de José Asunción Silva, el que le había dibujado el corazón sobre el pecho cuando creía que se trataba de una curiosidad y era para que el adolorido consultante le incrustara al día siguiente una bala. Y había sido el amigo, el animador, de Guillermo, de Guillermo Valencia, a quien su sombra augusta habría de deberle uno de los más hermosos, de todos los discursos que pronunciara en su vida, cuando en esa mañana de sol, mañana de Atenas, como le dijo el doctor Laureano García Ortiz a Eduardo Santos, en el Hospital San José, un 13 de octubre, al terminar el elogio cabal  y las frases magnificas, exclamó el maestro:

 

            “Mis palabras, son al fin palabras, tributo efímero que se pierde al nacer. De muchísimos ojos están brotando lágrimas, idioma divino que lo expresa todo bajo la gracia del silencio. Cuando queda quien llore, no se debe hablar”… Ya había dicho que Manrique, a veces, pensaba con el corazón, y que había conocido abundantemente el placer de los grandes, que es dar siempre. Del propio modo, al advertir cómo la medicina no lo había llevado como a otros, a aquellos cuyo bisturí no ha encontrado el alma, al materialismo, remataba hermosamente un párrafo: “Recostó su cabeza de moribundo, rendido de genio y de cansancio, sobre el divino pecho de Jesús Nazareno”.

 

            Que debió recibirlo amorosamente, asistido por la compañía del doctor Manrique, esta inigualable Genoveva Lorenzana, que se ha quedado allá, en San Sebastián, para cuidar su tumba, y que en la vida fue para él único amor y consuelo supremo. Muy cerca de ellos vi. todo lo diáfano, musical y divino que tiene la existencia: el ritmo acompañado, lento o rápido, de dos corazones, y la bondad repartida como repartía Jesús los panes y los peces en la tarde en que asombró a los siglos con el Sermón del Monte.

 

            Cien veces estuvimos juntos, en su casa,  en el departamento que habitaba con mi hermano y mi hermana, en otras casas amigas, en múltiple fiestas, de las cuales las más impresionantes fueron la comida para celebrar el centenario de la Independencia y el almuerzo en que la colonia colombiana obsequió al sabio don Rufino Cuervo, en que los oferentes fuimos, el doctor Manrique, el ministro, y yo, el estudiante. Y en las separaciones transitorias, cuando nos íbamos a otro país de vacaciones, o en la definitiva, cuando en 1913 regresé a Colombia, las cartas iban y venían como una lanzadera. Yo había alcanzado a volver en 1911 y al regresar en 1912, casado, el doctor Manrique fue testigo de mi dicha. Había sido íntimo amigo también de la familia de mi esposa, condiscípulo de mi suegro, médico en casa de ellos. Todo nos vinculaba.

 

            Pero nada en la forma de los años pasados en París, como visitas semanales, al tanto permanentemente de lo que hacía, de lo que pensaba, de la manera como interpretaba las noticias que llegaban de Colombia. Tenía emoción, tenía gracia, evocaba viejos tiempos, analizaba a los hombres. Me tenía a mí confianza de que son testimonio sus cartas, que conservo como reliquias, por lo mucho que me dicen en cariño y por lo mucho que me honran. De lo que nació mi corazón, por él y por su esposa, arbustos que se convirtió en cedro del Líbano, es símbolo apenas esta emoción que siento al cumplirse cuarenta años de su muerte, que me golpea como si hubiera sido ayer, y que anhelo que llegue hasta la adorable mujer, hoy octogenaria, que custodia su tumba, como una demostración de que también hasta la propia tumba llevaré el recuerdo de su amistad entrañable y sus beneficios.

 

L.E. NIETO CABALLERO

 

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