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HOMENAJE A JUAN E. MANRIQUE Y JULIO MANRIQUE

POR LA ACADEMIA NACIONAL DE MEDICINA

Profesor Guillermo Uribe Cualla

 

            Señores Académicos, señoras, señores:

 

            El señor Presidente de la Academia de Medicina me ha honrado sobremanera al elegirme, por singular benevolencia, para llevar la palabra en nombre de la ilustre corporación  que tan dignamente preside, en un acto de tal solemnidad, que constituye una de las fechas mas salientes en sus anales de homenajes consagratorios a sus mas ilustres hijos ya desaparecidos.  Porque sin duda solo se trata de cumplir con un sentimiento de gratitude, exaltando la memoria de dos de sus mas excelsas figuras, que brillaron en el firmamento de la ciencia médica colombiana como dos constelaciones de primera magnitud, cuya luz cenital fue foco incandescente cuyos purísimos reflejos no se extinguieron, sino que através de los tiempos se relievan con recios caracteres ante las nuevas generaciones, que ellos enseñaron  con su ciencia, estimularon con su ejemplo y seguirán iluminando, porque fueron huellas imborrables las que dejaran en la páginas de la historia, de la medicina nacional, por su alta alcurnia, su sabiduria y erudición, elocuencia reconocida y por sobre todo por sus virtudes públicas y privadas y su exquisita sensibilidad social, que hicieron del ejercicio de su profesión un verdadero apostolado, vinculándose a obras gigantescas que representan algunos de los primeros jalones de la asistencia social y de la solución de los mas graves problemas para el pueblo que sufre, cuya salud se disminuye y carece de los recursos económicos para tener un tratamiento científico adecuado a sus apremiantes dolencias; porque tuvieron criterio de verdaderos visionarios al ser los iniciadores y mas entusiastas sostenedores de  la formidable construcción del Hospital de San José, que hace tantos años, casi sin ayuda del Estado, viene prestando un servicio no suficientemente apreciado todavía, a todos los desheredados de la fortuna  y que continuamente llegan a sus puertas.     Siempre he considerado que la construcción y sostenimiento del Hospital de la Misericordia, magnífica realización de ese apóstol de la niñez que se llamó Jose Ignacio Barberi, y la construcción y regular  funcionamiento del Hospital de San Jose, obra tambien colosal de la  Sociedad de Cirugía, bajo los auspicios de los hermanos Manriques y demas ilustres compañeros, constituyen los dos esfuerzos de trayectoria mas meritoria que se hayan realizado entre nosotros, si se tiene en cuenta la época en que se llevaron a cabo, la carencia de toda clase de recursos y la dedicación apostólica que tuvieron sus insignes fundadores.

 

            El ilustre professor Juan Evangelista Manrique no alcanzó a contemplar la coronación de su obra , porque el falleció en España en el año de 1914, y el Hospital de San José tan solo se inauguró en el año de 1925; por eso con cuánta elocuencia y toda justicia el Profesor Carlos Tirado Macías, en fecha inolvidable de su inauguración, en nombre de la Sociedad de Cirugía, terminó asi su magistral oración:  “Cuatro lustros van corridos desde la colocación de la primera piedra del Hospital de San José, que de seguro hubiera podido vivirlos Manrique si súbita dolencia no hubiera aquietado para siempre aquel corazón vinculado por una adhesion sin limites a esta obra de amor y piedad, de seguro la Sociedad de Cirugía hubiera reservado para él el honor insigne de entregarle este asilo suntuoso a la ciudad capital que él amaba con ternuras de niño de cabellos grises, porque  muchas veces lo ví, desde una dulce costa francesa, tender, húmedos de emoción los ojos aquilinos, en pos de las velas que se inflaban sobre la ruta azul del mar, con rumbo a las playas del rincón lejano que arrulló sus sueños de adolescente y coronó sus conquistas purísimas de apóstol.  Pero quizá la Sociedad de Cirugía, para dar una prueba mas elocuente de la alteza de miras que tántos le negaron, escogió la mas oscura, la mas insignificante personalidad de cuantos la integran para confiarle el hermoso mandato que hubiera guardado para el mas preclaro de sus hijos.  Y ésta y no otra es la explicación de por qué son mis manos las que, agitadas por el temblor de las grandes emociones, abren hoy de par en par las puertas del Hospital de San José a todos los que caen vencidos en esta pugna eternal que sostiene la humanidad contra el dolor.”

 

            El profesor Juan Evangelista Manrique nació el 6 de Marzo de 1861 en la Hacienda de la Herrera, en Bojacá, y fue su padre el doctor Carlos Manrique, insigne medico, y su madre la esclarecida dama doña Amelia Convers y Sánchez del Guijo; le venía por tradición la vocación médica, ya que su abuelo que llevara su mismo nombre tambien fue un ilustre discípulo de Hipocrátes.  Tuvo varios hermanos, que se distinguieron todos, como sobresalientes profesionales, ya en la medicina como en el derecho o en las ciencias exactas, y figuraron en la sociedad bogotana todos ellos como claros exponents de una raza privilegiada, por su estirpe y óptimas condiciones de inteligencia y magníficas  virtudes.   Las primeras letras las aprendió en su propia casa; estuvo como todos sus hermanos en la escuela pública en contacto con los hijos de los arrendatarios de sus haciendas, y fue asi como probablemente ese ambiente de democracia y de nivelación fue modelando su espíritu para conocer las necesidades del pueblo, sentir con él sus miseries, y formar una personalidad emotive y eminentemente generosa y altruista.

 

            Estuvo recibiendo las primeras lecciones en el Colegio de San José que regentaba en esa época en Bogotá el padre del doctor Luis Cuervo Márquez, quien fue compañero de su niñez y que, como él mismo lo relató en alguna occasion, <solían pasar los domingos en excursiones a los alrededores de Bogotá, trepando por los cerros para contemplar la belleza de la sabana en cuya lejanía occidental sobre fondo azul velado por sutil cortina de niebla, se levantaban los conos altísimos de los nevados, las mesas cortadas de los páramos que brillan con ese blanco deslumbrador de la nieve que solo se ve en las grandes Alturas andinas en las mañanas despejadas; y vagando al acaso por los senderos de la montaña, por entre los matorrales agrestes,  elegía un lugar sombreado en donde a medio día consumían el fiambre que manos cariñosas habían colocado en el maletín de los viajeros.   Y entonces venían las narraciones llenas de interés de las proezas de los mayores, de las pequeñas aventuras de los veraneos y de las pinturas de los abuelos que contaban sus recuerdos de los hombres de la guerra magna; así cruzando senderos, atraídos por esa naturaleza tranquila, aguardaban hasta que los arreboles rojos de la tarde los sorprendían para descender de las cumbres>.

 

Con occasion de la guerra del año de 1875 se disolvió el colegio, y cuando ya vino la paz comenzó a cursar estudios en la Facultad de Medicina, viniendo a obtener su título de medico y cirujano en el año de 1882, a los veintiún años de edad.  Pero deseando adquirir mayores conocimientos, y en aquella época que era de suyo más dificil hacer un viaje al Exterior, se dirigió a París, la Ciudad Luz y que siempre ha conservado el cetro de las ciencias médicas, tuvo como profesores a Duplay, Sappey, Pean, y en el año de 1886 presentó una muy meritoria tesis para obtener el grado de medico en la Facultad de Medicina de París, y que se titulaba “Estudio de la operación de Alexander” (acortamiento de los ligamentos redondos).   Teniendo entonces como títulos los siguientes:  Doctor en Medicina y Cirugía de la Universidad de Colombia; antiguo Interno de la Clínica de Bogotá; miembro de la Sociedad Zoológica de Francia; doctor en Medicina de la Facultad de París.  Esta tésis la dedica a su padre, a la memoria de su madre y a los señores don Angel y don Rufino J. Cuervo, en testimonio de su sincero afecto.  A su Presidente de tésis el profesor Duplay, y Presidente de la Sociedad de Cirugía, miembro de la Academia de Medicina, cirujano del Hospital Larlboisiere.

 

            Y como discipulo agradecido, tambien la dedica especialmente a sus maestros en la Escuela de Medicina de la Universidad de Colombia, Rector doctor Liborio Zerda, e ilustres  Profesores doctores F.Bayón, Sáenz, F.Montoya, L.Zerda, P.Pizarro, Rocha Castilla, J.D. Herrera, A.Vargas-Vega, J.M.Buendía, G.Castañeda, Plata Azuero, L.Barreto, J.V.Uribe, D.Rodríguez, N.Osorio, M.A.Aparicio, Luis M.Herrera.

 

            Al final de su elegante introducción se leen las siguientes palabras:

“Seános permitido agradecer muy sinceramente al señor Profesor Duplay el honor que me ha discernido al aceptar la presidencia de la presente tésis.  Alumno extranjero, sería ingrate sino testimoniara mi profundo reconocimiento a la Facultad de Medicina de París por la liberal hospitalidad con la cual me permitió tomar parte en todos sus trabajos, al lado de los hijos de Francia.   Tambien debo agradecer al doctor William Alexander, de Liverpool, por la liberalidad e interés que ha tenido para suministrarnos sobre su operación todas las enseñanzas  que le solicitamos.   No terminaremos sin consignar aquí los nombres de  todos los maestros que me han honrado con su apoyo generoso en el curso de nuestros estudios medicos.  Sin embargo, no queremos cerrar estas líneas  sin testimoniar toda nuestra gratitud hacia Sir Joseph Lister Jr., todos los servicios cientificos y personales de los cuales le soy siempre deudor”.

 

Despues de haber representado tan brillantemente a Colombia como aventajado alumno de la Facultad de Medicina de París, y donde recibiera el Lauro y la Medalla de Bronce, altisimo honor que muy pocos han conseguido, regresó a Bogotá, donde principió con extraordinario exito el ejercicio de su profesión.  Ya desde su studio de tesis elaborado en París se destaca su decidida inclinación por la cirugía, en su especialización la ginecología; el 6 de Junio de 1887 practicó por primera vez en Bogotá con el profesor Juan David Herrera la primera laparotomía, siendo por este aspecto uno de los precursors de la alta cirugía abdominal entre nosotros.  Los que tuvieron el alto honor de conocerlo afirman que era un verdadero mago de la cirugía, y que en aquellos tiempos en que apenas hacia su progreso, era el verdadero clínico que hacia un diagnóstico, indicaba una intervención y la llevaba a cabo con toda la técnica que el caso requería, con plena serenidad; era una verdadera obra de arte que desarrollaban sus manos finas y delicadas, sabiamente dirigidas por un cerebro luminoso, y como pocos reflexivo y controlado.  En cuantas ocasiones escuchamos a su hermano directo el Profesor Julio Manrique, que se extasiaba transfigurándose repentinamente al recordar esas admirables intervenciones quirúrgicas que ejecutaba su ilustre familia, quien a la vez fue su maestro incomparable y fraternal consejero de todos sus instantes.

 

            En el año de 1902 se constituyó la Sociedad de Cirugía, siendo sus miembros fundadores los doctores Nicolás Buendía, Zoilo Cuellar Duran, Guillermo Gómez, Hipólito Machado, Juan Evangelista Manrique, Eliseo Montaña, Jose María Montoya, Isaac Rodriguez, Diego Sánchez y Julio Z. Torres, verdadera pleyade de hombres apostólicos y con  decidida inclinación por el progreso de la cirugía, y no teniendo ningún centro en donde poner en práctica sus habilidades, fundaron la hoy vetusca casa de El Campito, que fue sin duda la primera clínica quirúrgica de Bogota, donde se practicaron las mas delicadas intervenciones, salvando muchas vidas, y que fue la antesala del Hospital de San Jose, cuyo prestigio científico y adelantos están pregonando en todo momento la gloria inmarcesible del Profesor Juan Evangelista Manrique y la de sus ilustres compañeros.  Bien pronto el Profesor Manrique fue el medico y el consejero de las principales familias bogotanas; su fama de admirable clínico y cirujano fue creciendo en forma incontrastable; y era que no solamente actuaba el cientifico de Mirada escrutadora y de criterio clínico consumado y orientado certeramente en todas las reconditeces de la fisiología, sino que como verdadero apóstol de una ciencia que no solo es material y es síntoma, sondeaba las profundidades psicológicas del paciente, logrando el milagro del Consuelo; calmaba las angustias  del ser que se desesperaba en los espasmos del dolor, y por este aspecto transcendental fue tambien psicólogo que dio a la profesión su mas alta alcurnia y comprobó una vez mas como el medico no es el estoico personaje que el vulgo se imagina, sino que a traves de su aparente estoicismo y entereza palpita un corazón generoso y surge un sacerdote del alma, que no solamente alivia sino que conforta y consuela.  Ya lo había dicho en frases magistrales uno de nuestros Profesores insignes de Psiquiatría de la Facultad de Medicina, el doctor Edmundo Rico, en occasion solemne:  “El papel del medico no puede ni debe concretarse al círculo  concéntrico del diagnóstico o al escueto corolario de una ordenanza terapéutica.   Baldado de la mente resultaría el profesor que limite sus funciones al solo studio misérrimo de las vísceras enfermas.  Porque si hay alguien que tenga la obligación ética de velar por el espiritu conturbado de la humanidad, es el medico.  El clínico ha de ser, ante todo, clínico del cuerpo, y, por sobre todo, clínico del alma.  Ninguno como él está capacitado para buscar consoladoramente dentro de las sangrias morales de la afectividad; ninguno como él, merced a ese contacto intimo que se establece con el enfermo, posee el privilegio de abrir surcos espirituales ignorados por el paciente; de trazar itineraries de profilaxis fraternal; de lanzar, en una palabra, sugestiones que tengan por base  patria la formación estable de la personalidad adquirida.  La mas alta, la mas consoladora y noble terapéutica es la que se extrae de los resortes en que se destila el cordial munifico de la psicoterapia.  Saber decir una palabra a tiempo; saber levanter con el técnico de la comprensión discreta, la tension psicológica del enfermo; amortiguar en un moribundo la ansiedad paroxística de la agonía en ese gran sedante de la angustia humana que es el opio; no quitarles, so pretexto de rigidez estoica, y como si todavía se temiera una intoxicación póstuma, a quienes van a desaparecer, esa droga, este viático de la serenidad: he ahí, resumidas, algunas normas de la función social de la medicina.

“El medico que apenas limita sus actividades a la zona orgánica del cuerpo es un ser que se fosiliza espiritualmente, un profesional que por sólidos que fueren sus conocimientos sera incapaz de despertar las defensas espirituales del enfermo, defensas que son el venero precioso, algo así como las vitaminas psíquicas que ponen en marcha las defensas instintivas del organismo”.

 

            “Dentro del arsenal moderno de sus utensilios cientificos, el medico debe ser ducho en la aplicación delicada de vendajes morales; saber consolar, saber comprender, son las mejores armas terapéuticas del clínico.   Los triunfos inolvidables de Juan Evangelista Manrique, la gratitud con que todavía se le añora, debiéronse, en grandísima parte, a que poseía como pocos este don interpsicológico, este tacto intuitivo, verdadero esprit de finesse de que hablara Pascal”.

 

Y a fe que el Profesor Manrique llegó al pináculo de su indiscutible prestigio por esa fina sensibilidad de su espíritu refinado; por ese don único de una emotividad bien dirigida y de un altruísmo sin reparo, que con la misma asiduidad y ciencia atendía a un paciente de los altos círculos sociales como acudía a tratar al humilde paciente que se reclinaba en un pobre lecho en un infeliz tugurio o se alojaba en los salones colectivos de un destartalado hospital; él si que practicaba las máximas de una verdadera democracia, sentía los dolores del pueblo,  lo aliviaba en sus tremendous sufrimientos del cuerpo y exaltaba su espíritu con la consolación infinita de su palabra mágica, atractiva y especialmente sugestionadora; y cuántas veces tambien trataba de solucionarles su situación económica, dándoles el óbolo discreto del evangelio, que ignora la mano izquierda lo que hace la mano derecha.  Quiero citar una anécdota que revela de cuerpo entero los rasgos salientes de su personalidad bienhechora.   En alguna occasion enfermó gravemente un señor de nuestra alta sociedad que poseía muy ricos caudales;  el Profesor Manrique fue su medico solícito de cabecera; despues de una lucha tremenda y de un desplegar de todo el arsenal científico que en esa época se disponía, logra salvar la vida del paciente; y como sucede siempre que el medico trata a una persona pudiente, pasa una cuenta por honorarios proporcional a la gravedad del caso y a los recursos de que dispone su cliente, para en esta forma hacer una ligera compensación con aquellos casos que o no le pagan o le remuneran medianamente; esa cuenta, que entonces representaba una alta cantidad, le fue cancelada con un cheque y acompañando una carta en que de mala gana se pagaba esta deuda sagrada; ese mismo día llegan a su consultorio unas hermanitas de los pobres que iban a pedirle la limosna para sus pobres ancianos, y el Profesor Manrique, en un rasgo de generosidad sublime, endosa el famoso cheque de la cuenta que se le acababa de cancelar, a las propias hermanitas, para atender a las necesidades de sus  pobres, porque él no quería conservar ese dinero tan injustamente ganado, pero en forma tan despiadada y duramente desprendido de las manos avaras de su rico cliente.

 

            Así procedía el Profesor integérrimo; así daba una enorme lección de desprendimiento el varón insigne de la medicina y apóstol de la caridad y de la misericordia.  Felices tiempos aquellos en que la ética profesional era un culto y el apostolado de la justicia social una escuela.

 

            Y como lo dijo en frases lapidarias el maestro Valencia en ocasión solemne al hacer el elogio de su figura epónima:

 

            <Para Manrique el materialismo era absurdo, infecundo y nocivo.  El había podido firmar este aforismo de un sabio racionalista moderno:  

“El materialismo ha pretendido sustituirse a las religiones, mas la materia ha llegado a ser hoy tan misteriosa como los mismos dioses que se han propuesto reemplazar”.

            “Empero no basta la ciencia por sí sola para corregir la fuerza decisive del prestigio.  Existe una admiración teórica que indica el intercambio de valores mentales.  Se admira al autor sin conocerle, puede él influir en nuestros actos a través del espacio y del tiempo.   En este caso, queda la gloria consignada en un libro como la muda y helada cifra de un balance; mas cuando a la luz genial y a la riqueza del acervo científico se aúna la fuerza del amor, el fervor cordial traducido en acciones, la benevolencia disculpadora, la caridad, en una palabra, entonces, solo entonces, la humanidad ofrece a su benefactor el mas difícil para ella y  por lo  mismo el mas preciado de sus dones; don que supera al oro y al incienso y a la mirra; que opaca el prestigio del mármol y la adustez consagradora del bronce; que marchita el panegírico como a una flor caduca:  el don de lágrimas.  Y cómo no, si Juan Manrique, evangelista por añadidura, supo ganar en vida y en muerte – de lo que somos testimonio palpitante aquí nosotros mismos – una adhesion cariñosa que no fenecerá ya nunca.   Porque aquel hombre, que era una gran cabeza, por voluntad divina supo ser al propio tiempo un grande corazón tambien, y realizó por ideal manera aquel admirable fenómeno que se advierte en los profundos silencios estelares de dos mundos gigantescos que no obstante moverse en infinitas, separadas órbitas, se influyen mutuamente a la distancia.  Juan E..Manrique, si se me permite la frase, sentía a veces con la cabeza y pensaba con el corazón.

 

            “Inteligencia receptiva y de vitalidad transformante, limpió siempre de cadaveres el fondo de su lecho, por brios de una virtualidad renovadora.  Las doctrinas muertas sacólas a la orilla; no dejó nunca cristalizar sus preferencias como no trajesen el signo visible de la consagración persistente; muchas veces  su revaluar  implicaba la bárbara mutilación propia; hipótesis queridas hechas pavesas por el microscopio; entusiasmo de juventud;  sugestiones de un antiguo maestro a quien era muy duro ver arder en la pira su pasado glorioso construido sobre un error ya disipado, y toda aquella ciencia y todo este denuedo intelectual, lejos de ensoberbecer a su dueño hasta quererle arrebatar a Dios el enigma de la vida, le hicieron recluirse dentro de una modestia encantadora; inclinar la cabeza ante la voluntad del misterio; proclamar la excelsitud de lo suprasensible y recostar su cabeza de moribundo, rendida de genio y de cansancio, sobre el divino pecho de Jesús Nazareno, cumpliendo así el consejo de Hipocrátes:  “Conviene asociar la medicina a la filosofía, y la filosofía a la medicina, porque el medico filósofo es igual a los dioses”>.

 

            Fue un magnifico expositor y conferencista, de lo cual dio muestras muy visibles cuando desde su cátedra de clínica quirúrgica en el Hospital de San Juan de Dios formó discípulos que pregonaron mas tarde su inmensa preparación y dotes de maestro; hizo admirables exposiciones cientificas en la  Policlínica de Bogota y en el Club Medico de Bogota, que habia sido fundado en 1902, y fue precisamente en este centro donde relató su primera histerectomía por vía baja y hubo de terminar con un forceps de Recamier.

 

            Tambien poseyó en grado eminente el don de la elocuencia , y cuando espigó en los campos agitados de la políticas, asistió  a las asambleas y congresos, siendo un hábil parlamentario y un tribuno de alto vuelo; su bella cabeza de nazareno se movía acompasadamente, y mas de una vez su ondulante cabellera se vio dominada en actitud hierática , con sus manos pálidas y finas, tan aptas para las faenas de la artística cirugía  pero  tambien muy hábiles en los rápidos ademanes de la elocuencia parlamentaria.

 

            En varias audiencias judiciales de procesos resonantes tuvo actuaciones brillantes de medico legista; y entonces se puso siempre de manifiesto su extraordinaria capacidad dialéctica, su imparcialidad y su profundo amor a la justicia.

 

            En el año de 1906 fue llevado a la presidencia de esta ilustre corporación que entonces lo contaba entre sus miembros mas distinguidos, y <era bello ver el orgullo que los viejos maestros demostraban al sentirse presididos por el joven y glorioso discipulo>; mas desgraciadamente muy poco tiempo dirigió sus destinos porque sufriendo ya de la grave lesion cardíaca que mas tarde lo llevara a la tumba, en ese mismo año abandonó a la Patria, dirigiéndose a Europa con el puesto de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Colombia ante los Gobiernos de Francia y España; cargo que desempeñó por varios años con gran competencia, y siendo un representante de lujo, ante la República Francesa, que en años anteriores lo habia acogido entusiasta, concediéndole por segunda vez el título de medico y cirujano en su ilustre Facultad de Medicina de Paris, y ante la Madre Patria, adonde vino a exhalar su ultimo suspiro y guarda para siempre sus queridos restos.

 

            Y volvamos a citar a su mas ilustre pánegirista el inolvidable Guillermo Valencia:

“No vió nunca a la Patria como una convencional mentira sino cual una realidad viviente y adorable.  Amó sus glorias; compartió sus luchas; la honró sirviéndola.  El periodismo, la tribuna política, el salon diplomático, lo vieron tantas veces dando ejemplo de valor, de entusiasmo, de constancia.   Ninguno como él supo estimar en tal grado la gloria de nuestros padres de la Patria. Cuando tras una historia de punible desvío quiso Colombia perpetuar en bronce la gloria de sus grandes procures, acudió Juan Manrique a vivificar con sus consejos la obra de arte.  El inspiró a Fremiet; él ideó la concentración meditabunda de nuestro Caldas en la evocación de Verlet; ordenó él tambien al altivo gesto del Gran Mariscal cuando señala al invasor con la punta de su espada, donde comienzan las luchas de la Patria; él insinuó el reposo de nuestro ilustre Cuervo, en su fecunda gravedad silenciosa; él colocó en los brazos del nobilísimo Caicedo la amada enseña de Colombia; y a la postre, la romana cabeza de Camilo Torres cifraba en forma duradera todo cuanto Manrique pensó del gran tribuno y todo cuanto pudo hacer penetrar en el cerebro del escultor francés el verbo de nuestro compatriota, aquel verbo apasionado y vehemente.  Los que amaron el arte le abrieron su cenáculo;  Silva le admiraba y le amaba; y cuantos alimentamos todavía aquel fuego purificador, rememoramos su  acogida cariñosa a nuestros balbuceos de belleza.  Entre la colossal colmena de aquel  vastísimo intelecto, hubo mas de una celda que recogió el trabajo de las abejas de Atica”.

 

            Cuando abandonó la librea del diplomático se dedicó solícitamente a ejercer su noble profesión de medico en la ciudad de París, donde gozaba de singular prestigio, dio a Colombia mucha gloria y fue el dispensador de beneficios sin cuento para todos sus compatriotas, que entonces residían en Francia y acudían a él como si fuera una padre o un hermano.

 

            Mas en el año de 1914 la bestia apocalíptica de la guerra llegó a las fronteras de Francia;  las tropas del ejercito aleman invadieron a Bélgica, y él, que tenía a una hermana en grave peligro, emprendió en compañía de ella y de su esclarecida esposa su viaje a España, en la ciudad de San Sebastián, con el corazón profundamente adolorido al pensar en los desastres que se le esperaban a su segunda patria, la dulce Francia, y víctima de una bronconeumonía, con un corazón seriamente lesionado, exhaló el ultimo suspiro el día 13 de Octubre de 1914.  Su idolatrada esposa y su entrañable hermana cerraron amorosamente sus párpados y reclinaron suavemente su Hermosa cabeza dantoniana; mas en sus retinas, ya opacadas por los últimos estertores de la agonía, debieron de quedar retratadas para siempre las inmensas lejanías de la Patria ausente, con sus bellos paisajes, sus bosques, sus ríos y sus mares; y en la infinita desolación de su última despedida el inolvidable maestro debió pensar intensamente en su amada Colombia, a quien tanto quiso, y a quien tantos dias de gloria dio, con sus triunfos científicos y sus inmarcesibles virtudes.  Debió de recordar en esos momentos las inmortales estrofas de Caro:

 

                                    Patria:  te adoro en mi silencio mudo

                                                Y temo profanar tu nombre santo;

                                                Por ti he gozado y padecido tánto

                                                Como lengua mortal decir no pudo

 

                                                No te pido el amparo de tu escudo

                                                Sino la dulce sombra de tu manto;

                                                Quiero en tu seno derramar mi llanto,

                                                Vivir, morir en ti, pobre y desnudo.

 

                                                Ni poder, ni esplendor, ni lozanía

                                                Son raones de amar.  Otro es el lazo

                                                Que nadie, nunca, desatar podría.

 

                                                Amo yo por instinto tu regazo;

                                                Madre eres tú de la familia mía;

                                                Patria, de tus entrañas soy pedazo.

                                               

La noticia de su muerte en San Sebastián fue conocida en Bogotá al día siguiente, es decir, el día 14 de Octubre de 1914, día de gran dolor para la Patria, pues la fecha de tragedia inenarrable cuando el ilustre Senador de la República, General y doctor Rafael Uribe Uribe, fue ultimado villanamente por dos oscuros asesinos que privaron a Colombia de uno de sus mas esclarecidos varones; es decir, fue doble el pesar de la ciudadanía ver desaparecer para siempre al ilustre General Uribe al pie de los cimientos del Capitolio, donde él agora multitudinaria le dio sus mejores triunfos parlamentarios, y recibió la infausta noticia de haber desaparecido para siempre en tierras  lejanas de la madre Patria ese otro eximio ciudadano, Juan Evangelista Manrique, que tanto prestigio le diera con su ciencia, patriotismo y máximas virtudes.   Muchas personas no se dieron cuenta de esta pérdida irreparable para la ciencia medica y la sociedad bogotana, ya que quedara como obnubilada ante el trágico fallecimiento del General Uribe, pero sin embargo toda la prensa del país registró en sus columnas sus mas sentidas notas necrológicas por su temprana muerte, las corporaciones cientificas manifestaron su justificado duelo;  el Congreso de la República aprobó la siguiente Ley:

 

 

LEY 81 DE 1914 (noviembre 18)

 

Por la cual se decretan honores a la memoria del señor doctor Juan Evangelista Manrique.

 

El Congreso de Colombia

 

DECRETA:

 

Artículo 1.  La República enaltece la memoria del señor doctor Juan Evangelista Manrique y recomienda a la imitación de los colombianos las virtudes del ilustre medico.

 

Artículo 2.   En la Academia Nacional de Medicina o en el salon rectoral de la misma Facultad se colocará un retrato al oleo del doctor Manrique, costeado con fondos del Tesoro Público.

 

Artículo 3.   La partida que ocasione el cumplimiento del artículo anterior se incluirá en el Presupuesto de la próxima vigencia.

 

Artículo 4.    Copia auténtica de la presente Ley sera enviada a la señora viuda y a la familia del doctor Manrique.

 

<Dada en Bogota  a 17 de Noviembre de 1914.

 

            El Presidente del Senado, MANUEL DAVILA FLOREZ – El Presidente de la Cámara de Representates, R.QUIJANO GOMEZ – El secretario del Senado, Carlos Tamayo – El Secretario de la Cámara de Representantes, Fernando Restrepo Briceño.

 

            “Poder Ejecutivo – Bogota, 18 de Noviembre de 1914.

 

Publíquese y ejecútese.

 

                                                                                    JOSE VICENTE CONCHA

 

            “El Ministro de Gobierno, MIGUEL ABADIA MENDEZ”.

                                    (Diario Oficial número 15350, de 23 de Noviembre de 1914)

La Sociedad de Cirugía quiso perpetuar su memoria erigiendo en el Hospital de San Jose, que fue una de las obras a que con mas celo se dedicó el ilustre desaparecido, uno de sus mas hermosos pabellones, que lleva su nombre; a su entrada fue colocada una placa de mármol que lleva la siguiente leyenda:

 

            “A la memoria del doctor Juan Evangelista Manrique, eminente medico e ilustre ciudadano.  Su amigo íntimo, Antonio Samper Brush.  La Junta de Homenaje, la Sociedad de Cirugía, los Departamentos de la República y la Sociedad de Bogota. Octubre 13 de 1919”.

 

            Tambien con un busto en bronce perpetuó su figura apolínea y preside por así decirlo esta sala, donde los enfermos pobres que allí acuden a curar sus dolencias bendicen eternamente al apóstol y al insigne benefactor.   Pero, como tántas veces sucede entre nosotros, las leyes de honores no se cumplen, y sea por este o por el otro motivo, es lo cierto que el retrato al oleo del Profesor Juan E. Manrique no fue colocado, ni en el salon rectoral de la Facultad de Medicina, ni en el recinto de la Academia Nacional de Medicina; pero como la gratitud es imperecedera y son figuras que no se extinguen sino que por el contrario se perfilan con mejores caracteres a través de los tiempos , esta noche la Academia recibe con júbilo indescriptible y sus vetustos muros se estremecen de sincera emoción al colocar en lugar prominente la efigie de su antiguo Presidente, que en días lejanos y en plena juventud, y cuando su prestigio cientifico era un axioma, supo dirigir con severo decoro las deliberaciones de esta augusta corporación.

 

            El distinguido artista ecuatoriano que dibujó su figura ha hecho una verdadera obra de arte;  desde luego los que tuvieron el sumo honor de conocerlo afirman que su parecido es impresionante; y allí se destaca al maestro con su tipo delgado, leptosomático, con la tez intensamente pálida, casi de marfil, su hermosa barba de estilo frances y su cabellera abundante, de Mirada ligeramente triste, brillante, y que revela una ponderosa inteligencia y un corazón nobilísimo; abierto a todas las desventuras de la humanidad y que siempre palpitó por las necesidades de la  Patria, y atento a los afectos de su incomparable hogar, que fue siempre el centro de sus mas caras predilecciones.

 

            Y en estos momentos de exaltación magnífica, su inconsolable viuda, la distinguida señora Genoveva Lorenzana de Manrique, vive en San Sebastian llenando de rosas fragantes y de lágrimas diamantinas la tumba que guarda sus queridos despojos.

 

            Oh incomparable apóstol de la caridad! Oh maestro veterano de la medicina y de la cirugía! Oh tribuno elocuente y experto diplomático!  Oh Profesor inolvidable del Hospital de San Juan de Dios!.    Toma posesión del puesto que te corresponde en este sagrado recinto de la ciencia, para prestigio de nuestra Academia, para ejemplo de las generaciones universitarias y como un homenaje merecido que hoy te rinden tus compañeros y díscipulos, en fecha que ha de ser ya transcendental e imperecedera.

 

 

 

            Era el benjamín de la familia Manrique Convers el Profesor Julio Manrique; su hermano Juan Evangelista le llevaba doce años de edad; nació en la hacienda de La Yeguera, en el Municipio de Subachoque, el día 19 de Junio de 1873, y esta es la razón por la cual, en una fecha próxima a su onomástico, vamos a rendirle en estos momentos el homenaje  merecido a su vigorosa personalidad, hoy que juntamente con su ilustre hermano penetra bajo el arco de triunfo de nuestra Facultad de Medicina, a  los porticos mismos de nuestra Academia, no bajo el redouble de tambores ni al compass de músicas marciales, puesto que no se trata de un guerrero insigne sino de un cientifico integral, y un Académico que en fecha ya remota presidio dignamente esta ilustre corporación; y fueron muchas las intervenciones magistrales que tuvo occasion de pronunciar en este mismo sitio, y cuya robusta y erudita aún resuena con sus varias modulaciones y silogismos invulnerables, y fueron muchos los lauros y palmas académicos que conquistó a través de su dilatada existencia.  Aprendió las primeras letras en la escuela urbana del  Municipio de Subachoque y vino luego a Bogotá para seguir sus estudios de literatura en el Colegio  que entonces regentaba don Santiago Pérez, terminando sus estudios de literatura en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; pero como acabó muy precozmente su bachillerato, a los quince años de edad, hizo algunos estudios de química con don Jose María Vargas Vergara, antes de ingresar a la  Facultad de Medicina, cuyos estudios lo atraían por herencia y vocación irresistible; el nombre ilustre de su padre, la fama ya notable de su hermano, fueron las estrellas polares de su existencia, que había de dedicar toda ella a la ciencia y a las inquietudes y necesidades de su Patria.   Fue un magnífico estudiante en toda su carrera de universitario:  recibió el título de doctor en medicina y cirugía el día 5 de Julio de 1897; su tesis verso sobre un importante tema de obstetrician, siendo su presidente de tesis el doctor Jose María Buendía, y firma su diploma de doctor como Ministro de Instrucción Pública Monseñor Rafael María Carrasquilla, de imperecedero recuerdo por su ciencia y virtudes extraordinarias.

 

            Mas tarde perfeccionó sus estudios en la Universidad de París y en los Estados Unidos, donde hizo la especialización de órganos de los sentidos, trabajando por algún tiempo con el doctor Camacho, uno de los mejores oculistas que figuraron en ese tiempo en Bogotá.

 

            El Gobierno del General  Rafael Reyes lo envió a la Gran Bretaña y a Noruega, donde hizo completos estudios e investigaciones sobre la lepra, al lado de Hansen.  A su regreso fue nombrado por este motivo como Jefe de los Lazaretos de Colombia, cargo que no pudo aceptar; pero en cambio, en compañía del doctor Arturo Arboleda estuvo hacienda una labor abnegada  en el Lazareto de Agua de Dios, verificando exámenes y tratamientos en muchos casos de lesiones oculares de origen hanseniano.  Pero indudablemente el doctor Julio Manrique poseía dotes especiales para la enseñanza universitaria, por su bagaje cientifico extraordinario, su elocuencia reconocida, su amor a la juventud y su cáracter especialmente bondadoso y abnegado.   Fue así como el Rector de la Facultad de Medicina en ese entonces lo llamó para que reemplazara al Profesor en Obstetricia y Clínica Obstetricial doctor Leoncio Barreto, y desempeñó dicho cargo con brillo especial y perfilándose ya como un futuro profesor de altos quilates.

 

            En el año de 1907, por licencia concedida al doctor Luis Cuervo Márquez, profesor de Patología General, fue nombrado en interinidad, y luego en propiedad el 16 de Marzo de 1911, cátedra que desempeñó en forma por demas eficiente, hasta el año de 1938, época en que se retiró y fue nombrado Profesor honorario de la Facultad de Medicina; el Gobierno Nacional premió sus servicios prestados a la Universidad colocando sobre su noble pecho la condecoración de Boyacá, en el grado de Caballero.

 

            El que había tuvo la fortuna de haber sido su díscipulo en la cátedra de Patología General, y pudo apreciar muy de cerca cómo su método era esencialmente moderno y uno de los pocos profesores que en esa época dictaba conferencias magistrales, que ampliaban los conocimientos del texto, demostraba originalidad en sus conceptos, y ya desde entonces fue un propulsor de las medidas de eugenesia y de profilaxis sociales, porque le preocupaban hondamente las desgracias de la Patria.

 

Cuántas veces nos habló del problema del alcoholismo y de la herencia patológica y sus graves repercusiones en el aumento de la criminalidad; cómo hacía invocaciones para que el Estado no se convirtiera en un propagandista de las bebidas alcohólicas; y que otra sería la suerte de nuestro bajo pueblo si esas voces honradas y cientificas hubieran sido escuchadas a su debido tiempo; la sensible disminución de la criminalidad, que se ha anotado en estos primeros meses del año, coincide exactamente con la restricción de las bebidas fermentadas, en buena hora implantada por el Gobierno Nacional, y están  demostrando hasta la saciedad el fundamento cientifico de las exposiciones del Profesor Manrique en su cátedra.   Tambien desempeñó interinamente otras cátedras como la de  Organos de los Sentidos, de Fisiologia, de Higiene, Medicina Operatoria, y en todas las ocasiones las dictó con brillo y especial competencia.  Fue miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Medicina, quien en su historia lo cuenta como uno de sus mejores servidores y  Profesor benemérito.

 

            En el año de 1919 regentó la cátedra de Zoología y Entomología en la Escuela Superior de Agronomía y tambien fue su Rector magnífico, que dirigió sus actividades por los senderos de un evidente progreso.   Tambien dictó la cátedra de Patología en la Facultad de Odontología, y como sus aficiones eras grandes a las cosas atañederas al espíritu, por muchos años dictó la cátedra de Psicología en la Universidad Libre, con gran provecho para los alumnos que habían de aplicar sus conocimientos en el Derecho Penal.

 

            Uno de sus mas aventajados díscipulos en la Facultad de Medicina dijo de él lo siguiente:

 

            “Julio Manrique desempeñó por cerca de cinco lustros y con habilidad portentosa la regia cátedra de Patología General.  Esta rama fisiológica de la medicina ha menester de un profesor a la vez epicúreo y espiritualista, de un orador vibrante y ardiente, de un psicólogo y de un hombre de mundo.  Manrique reunía – en su eurítmica limpidez – estas excepcionales primicias.   En su cerebro musical encajaba esa sutil materia con la misma suavidad que el guante al dedo.   Por ello fue maestro consumado.  Con su elocuencia capitosa, con su bien hablar y mejor pensar, con sus imprecaciones a lo Píndaro, ungido entre necesarios desmayos de apóstol, secundado por pedagógicos ademanes y por unas manos en ocasiones crispadas, con la enorme cabezota siempre majestuosa y a menudo airada por el candente fuego de la exposición, el Profesor Julio Manrique manejó la filosofía de la medicina, sus innumerables teorías o su recia pirámide de enfermedades, con si par desparpajo, haciéndola brotar de sus labios tras el prestigio mitológico que obligatoriamente que obligatoriamente y en toda excelsa historia ha de encarnarse bajo fulguraciones de apoteosis y hasta vendavales de tragedia!.  Este admirable Profesor revelaba al cantero que a fuerza de sudores y piqueta terminaría por hallar entre las oquedades de la roca las transparencias del mármol o las invioladas aristas de alguna piedra preciosa.  Y esos perfiles y aquellos ángulos – que eran el alma toda del estudiante – dos años despues la modelaba y pulia el buril estoico de Jose María Lombana Barreneche”.

 

            En el año de 1923 se encargó al Profesor Manrique de la Dirección del Manicomio de Mujeres, y aquí si que puede decirse que su labor fue apóstolica, cientifica y transcendental.  Debió encontrar allí un medio inadecuado y de rutina, desde luego que todavía entre nosotros no se cultivaba la psiquiatría como ciencia teórica y experimental; mas que todo este establecimiento se dedicaba a tener las enfermas con sus camisas de fuerza cuando estaban agitadas, y solamente se trataban los episodios de sus psicosi, sintomáticamente, sin que nada se investigara ni se aplicaran los tratamientos modernos en la patología mental.  Puede decirse que fue el restaurador de esa casa de orates, que recibió su golpe de timón y entró de lleno en el progreso material y cientifico, y que en  buena hora se ha superado en grado extraordinario por su ilustre sucesor el Profesor Rico, quien fue uno de sus mas aventajados discipulos y conserva por el Profesor Manrique un apasionado recuerdo y una veneración insomne; todavía surge evocative por los claustros antiguos del Manicomio la figura bondadosa e imponente del Profesor ilustre del “papa Manrique”, como agradecidamente lo llamaban los pobres enajenados, que recibían con cariño todos sus esfuerzos y preocupaciones.

 

            Fue el precursor entre nosotros de la insulinoterapia y de la convulseroterapia en el tratamiento de la esquizofrenia o esquizodemencia; y a este respecto el 6 de Junio de 1939, en asocio del doctor Luis Jaime Sánchez, presentó a la Academia de Medicina un magnífico trabajo sobre los Nuevos tratamientos de la esquizofrenia, refiriéndose especialmente a la aplicación de la insulina (método de Sakel) y del cardiazol (método de Meduna).  Fue elegido Presidente de la Academia en el período comprendido entre los años de 1924 a 1926; y fui testigo de sus magnificas intervenciones académicas, de la lectura de sus acabados informes, como tambien escuché con deleite y aprovechamiento sus importantes exposiciones en la Sociedad de Biología Criminal y de Neuro-Psiquiatría, en las cuales tuve el honor de ser compañero y colaborador.

 

            Tambien tuvo actividades en el ramo de la Medicina Legal, pues fue Médico Legista del Departamento de Cundinamarca hacia el año de 1914, y precisamente intervino en la necropsia del General Rafael Uribe Uribe, en asocio del doctor Ricardo Fajardo Vega; y en estos trágicos momentos recibió la triste y anonadadora noticia del fallecimiento de su hermano Juan Evangelista, en la ciudad de San Sebastian.

 

            Al ingresar a la Sociedad de Cirugía vino allí a ser un elemento especialmente dinámico, al lado de su hermano Juan Evangelista.  Siguió sus mismos pasos, ya que ambos tenían la misma sensibilidad social, y se constituyó para ellos como una obsesión admirable el propender a la pronta terminación del Hospital de San Jose, que venía a ser como su segundo hogar cientifico y que despues de la desaparición de su entrañable hermano  vino a constituir como un sagrado legado, como una herencia de caridad y amor a los pobres desgraciados, que encontró en el Profesor Julio Manrique un corazón de oro y una voluntad siempre lista a vencer todas las envidias, todas las maledicencias de un público a veces ingrate y morboso; saliendo siempre adelante y truinfando en franca lid  de todas las dificultades que se oponian al paso de una realizacion que no podia detenerse porque el poderoso mecanismo que la impulsaba no era simplemente humano sino que tenía proyecciones tan grandiosas que revelaba una causa providencial y una fe en los destinos eternos de la humanidad doliente, a quien asiste un Dios que es justicia y poder en sus inescrutables designios.

 

En el año de 1909  fundó en asocio de su colega y amigo de todos los momentos el Profesor José María Montoya, el Repertorio de Medicina y Cirugía, que fue el órgano de publicidad de la Sociedad de Cirugía por mas de cinco lustros, y que todos admirábamos y colaboramos en más de una occasion, porque allí encontramos estímulo y ejemplo, y por mucho tiempo fue casi el único exponente de la literatura médica colombiana; muchas revistas y publicaciones científicas que principiaban con entusiasmo, al fin periclitaban, y solo el Repertorio permanecía enhiesto y con savia nueva y vivificante que le transfundían sus directores; era el islote amurallado que resistía las tempestades y sabía mantener la unión entre todos los miembros del Cuerpo medico nacional. Veamos cómo se expresaba el Profesor Julio Manrique, del Hospital San José, en el discurso que dejó escrito y que no alcanzó a pronunciar en el homenaje que le fue rendido al Profesor Luis Cuervo Márquez en la Facultad de Medicina; fue lo ultimo que probablemente escribió antes de su muerte:

 

“Todos vosotros conocéis la magna obra de la Sociedad de Cirugía de Bogotá, el Hospital de San José, modelo de construcciones higiénicas, refugio de enfermos menesterosos y centro de difusión científica. Por decenas de miles se cuentan ya los enfermos que han sido protegidos bajo el techo del mango edificio, y muchos son los cirujanos que se han formado en sus salas y que son honra de la ciencia colombiana. Fruto es esta obra de la abnegación tesonera de un grupo de medicos filántropos que inspirados en el amor al desgraciado enfermo dieron y pidieron la limosna bendita en las chozas y en los palacios; contribuyeron ellos mismos con generosas dádivas y gerenciaron diestramente los abundosos frutos de la caridad bogotana. Eran de una misma edad y sus carreras fueron paralelas, Juan Evangelista Manrique y Julio Z. Torres, quienes fueron los mayores de ese grupo de medicos que fundaran la Sociedad de Cirugía en los calamitosos momentos en que la última de nuestras guerras civiles destrozaba las entrañas de la Patria; su compañero de infancia, su amigo y condiscípulo Cuervo Márquez, se hallaba ausente del país en la época de esos grandes acontecimientos, y por eso no estuvo con ellos en aquel acto cuya memoria perdurará mientras exista este hospital. Los nombres de estos fundadores están grabados en mármol, que recuerda a quien entre al grande hospital quienes fueron sus egregios iniciadores.

 

“Apenas libre de las obligaciones que por años le mantuvieron alejado de la capital, Cuervo advino a la gran Sociedad que lo recibió con los brazos abiertos, y con el empeño que él sabia poner en toda empresa noble abrazó la obra del Hospital de San José con mas amor, con mas cariño que si se tratara de cosa propia. En los anales de la institución se guarda la memoria que presentó a la Sociedad después de uno de sus viajes al Canadá sobre la manera como debía organizarse el futuro hospital, siguiendo las normas de la organización hospitalaria de aquel país, y aunque el edificio del Nuevo hospital apenas empezaba a techarse, se discutió sobre el tema propuesto por Cuervo, y mucha de la actual organización de San José surgió de aquella interesante exposición. Los servicios que van a prestarse en los pabellones destinados a los indigentes no son gratuitos sino nominalmente: alguien, entidad o persona, paga por el paciente. No sería mejor, decía el doctor Cuervo, que este pago se hiciera directamente? Aún está en pie este postulado, y de su implantación podrían las instituciones hospitalarias deriver grandes beneficios.

 

Una de las facetas más características de su temperamento fue la bondad y la modestia, que lo llevaban a tratar a sus numerosos  discípulos con la atención propia de un condiscípulo, pero con la severidad de un profesor o maestro; por esto con cuánta razón el Profesor Jorge Bejaro, ex-Ministro de Higiene, se expresaba asíen su elogio póstumo:

 

“Pero la figura del Profesor Manrique se hace todavía más imborrable para los que tuvimos la rara fortuna de sue sus discípulos; se acrecienta aún mas  cuando recordamos cómo inició él en Santa Inés una era nueva de penetración  del maestro hacia sus discípulos, una camaraderie que no se buscaba con el fin de conseguir futuros gajes, sino que era el resultado de una bizarre mezcla de su ciencia y de su corazón, que en maravillosa conjuncíon hacían la conquista del discípulo. Cuántas veces, asidos de su brazo, recorrimos largos trechos, dialogando sobre intrincados problemas del protoplasma animal o de la patología del hombre. Cuántas veces en estas charlas íntimas nos comunicaba su amor a la medicina, su fe en los destinos de nuestra ciencia, que constituye en estos momentos la piedra angular de la civilización moderna y del bienestar de los pueblos”.

 

Como habéis podido observarlo, la personalidad del Profesor Julio Manrique tuvo rasgos sobresalientes que lo hicieron destacar ante la  Sociedad donde sus actividades se agitaron como un digno descendiente de esa privilegiada familia que tuvo brillantes exponentes en todas las ramas de la ciencia y que constituyó una trilogía magnífica en la medicina con los nombres esclarecidos de Carlos, Juan Evangelista y Julio Manrique.

 

            En cierta tarde brumosa del día 6 de Julio de 1942, el Profesor Julio Manrique se dirigía a asistir a la session que se iba a verificar en la Sociedad de Cirugía,  que siempre se reúne en uno de los salones del Hospital de San José,  y precisamente se trataba de acordar el programa que se habría de ejecutarse para la solemne celebración de los cuarenta años de la fundación de la Sociedad.  Cómo bullirían en su mente los recuerdos de su hermano idolatrado que ya se habían vinculado hace tantos años a esa admirable Sociedad, que tan óptimos frutos había ya producido con la construcción de fábrica tan hermosa como era su hospital; subió lentamente las escaleras que conducían al lugar de la reunion; despues de leve discusión se propone a intervener con el entusiasmo que le es peculiar  para aclarar algún punto del cual él tenía la versación necesaria, cuando vieron sus compañeros que se había dormido aparentemente encima de su pupitre, y cuál no sería la sorpresa de todos sus colegas cuando pudieron darse cuenta de que ese corazón que había palpitado tántos años en pro de los intereses de la Sociedad y de su Hospital, se había paralizado para siempre.  La hermosa cabeza ya  encanecida por los años y por las vicissitudes cotidianas se desplomó trágicamente, y la expresión suave de su mirada decía a los circunstantes que su espiritu, aquilatado en la escuela del sacrificio y del cumplimiento del deber, desde allí mismo, desde su casa del dolor y de la misericordia, se había remontado en raudo vuelo a juntarse con ese otro espiritu de selección que fue el Profesor Juan Evangelista Manrique, en las regiones serenas de la inmortalidad.

 

            La noticia de su muerte súbita se propagó rápidamente en la ciudad; su cadaver fue colocado en cámara ardiente; fueron solemnes los funerales que se celebraron por su alma  en la hermosa capilla del Hospital de San José; las ofrendas florales testimoniaron el alto aprecio de la sociedad bogotana; todas las corporaciones científicas y los periódicos de la capital publicaron elogiosos artículos a su memoria, y al entregar sus restos a la madre tierra se pronunciaron muy sentidas oraciones por representantes de la Facultad de Medicina, de la Academia Nacional  de Medicina y de la Sociedad de Cirugía.  El día 20 de Agosto de 1942, la Academia celebró un solemne acto en su homenaje, haciendo su elogio en forma por demás elocuente uno de sus colegas, Académico de número y compañero de la Sociedad de Cirugía; y para perpetuar su nombre en el Hospital de San José, el pabellón de órganos de los sentidos se llama Julio Manrique.

 

            Y en estos momentos, merced a un rasgo sentimental y generoso de sus familiars, la distinguida dama la señora Belén Lorenzana de Manrique, su viuda, y su única hija la señorita Amelia Manrique Lorenzana, que han conservado religiosamente un culto sostenido a la memoria de quien fue un incomparable jefe de un hogar feliz y respetable por mil títulos, recibe la Academia con emoción sincera la efigie del Profesor querido, y en la cual el artista delicado nos presenta con una exacta expresión de rostro pentagonal y cráneo dolicocéfalo, tórax de tipo picnico, tez violácea, tostada por el sol de las mañanas campesinas, cabello y bigote encanecidos, labios gruesos que parecen musitar la oración académica, y que a través de sus gruesos lentes que acusan una miopia crónica se adivina una mirada penetrante, revelación segura de una vigorosa inteligencia y de una bondad que refleja raudales de austeridad y de justicia.

 

            Oh digno hermano y sucesor del Profesor Juan Evangelista Manrique! Oh Profesor de Patología General, que educastéis a tántas generaciones en las disciplinas de Esculapio!  Oh gran psiquiatra, organizador del Manicomio de Mujeres y precursor de los tratamientos modernos en las enfermedades de la psiquis!

 

            Oh apóstol de la caridad y fiel cumplidor de la ética y moral profesionales:  Entra a este augusto templo de la ciencia y ocupa el lugar de preeminencia que te corresponde, y acepta este merecido homenaje que hoy te ofrecen las generaciones que pasan y de las cuales fuisteis inolvidable maestro, y con fervor tambien de las generaciones presentes y futures, que encontrarán en ti un claro ejemplo de ciencia y de virtud.

 

            Salve, nombres inmortales de la familia Manrique!

 

            He dicho.                

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